Dirección: Ingmar Bergman
Duración: 91 minutos
País: Suecia
Elenco: Harriet Andersson, Liv Ullmann, Kari Sylwan, Ingrid Thulin, Anders Ek, Inga Gill, Erland Josephson, Henning Moritzen, Georg Ârlin, Ingmar Bergman, Ingrid Bergman, Lena Bergman, Lars-Owe Carlberg, Malin Gjörup, Greta Johansson, Karin Johansson, Ann-Christin Lobråten, Börje Lundh, entre otros.
En la Suecia de principios de siglo XX, Agnes una mujer enferma de cáncer y moribunda, recibe la visita de sus hermanas Karin y María en su aislada mansión rural. A medida que el estado de Agnes se deteriora y el control del dolor se hace cada vez más difícil, el miedo y la repulsión se apoderan de las hermanas, que parecen incapaces de sentir empatía y el único consuelo de Agne proviene de su criada Anna. A medida que se acerca el final, los sentimientos reprimidos durante mucho tiempo de resentimiento y desconfianza a regañadientes hacen aflorar los celos, el egoismo y la amargura entre las hermanas.
Gritos y susurros como se le conoce en nuestro idioma, marca el final de la mejor etapa de Bergman, la más experimental e imaginativa con una película que parece volver a formas narrativas más tradicionales (en este caso, herederas del teatro realista nórdico).
A partir de entonces, sus obras sufrirían un cambio notable, característico de la década de los setenta, más centrado en exploraciones psicoanalíticas y en una estética más actual y realista, la época de sus proyectos televisivos.
Se trata de una película muy sofisticada desde el punto de vista formal. El material y la puesta en escena tienen un carácter a la vez muy concreto y abstracto. Los personajes (las tres hermanas y la fiel criada) no solo están individualizados, sino que también son arquetipos: tenemos a la hermana sensible (con una sensibilidad acentuada por la enfermedad); la hermana intelectual con un trauma sexual; la hermana sensual, voluble y superficial en sus emociones; y la bondadosa criada que representa lo mejor de la sencillez y la religiosidad de la gente.
Los elementos también se reducen a lo esencial y adquieren un claro valor simbólico: los relojes al comienzo, por supuesto, pero también los objetos que sirven para caracterizan de manera sintética a los personajes (por ejemplo aparecen una cuna, la casa de muñecas, la flor blanca y un vidrio roto).
Dicho lo anterior el uso del color siempre ha sido uno de los aspectos más elogiados de la película, y es realmente fascinante. Al igual que en los cuadros de Matisse, los elementos monocromáticos en relieve contrastan y casi flotan sobre un fondo rojo intenso que los envuelve.
Es cierto: la fotografía de Sven Nykvist es una de las más bellas de la historia del cine.
Luego, el efecto de las primeras escenas es inolvidable: la quietud, el silencio y la niebla que envuelve los árboles del jardín al amanecer; la transición visual y sonora hacia el tictac, los dorados y las esferas blancas de los relojes en primerísimo primer plano; y después, hacia el interior de un rojo intenso y el despertar de las tres hermanas vestidas de un blanco inmaculado.
En paralelo las escenas una tras otra, son de una belleza que el director rara vez ha logrado, desde ese doloroso despertar de Agnes que se levanta de la cama para escribir unas líneas en su diario, esas hermanas que asean y visten a su hermana convaleciente, con una ternura indeleble y una delicadeza digna de un relieve griego; pero también está la abrumadora escena que muestra el sufrimiento y la muerte de Agnes, y el meticuloso ritual de arreglar el cadáver y la cama.
Por supuesto, hay escenas de brillante interpretación psicológica en torno a cada una de las hermanas, sus recuerdos, los desacuerdos y acercamientos absolutamente conmovedores entre María y Karin, escenas de carácter onírico que reflejan la parálisis emocional y el rechazo a la muerte de las dos hermanas sobrevivientes, en contraste con la dignidad y la bondad desinteresada de la criada, y terminando con uno de los finales más conmovedores de la historia del cine.
Como suele ocurrir con Bergman, hay escenas impactantes y espeluznantes, muy explícitas y con un contenido muy incómodo para la época, lo que garantizaría su clasificación como película para adultos.
La película se proyectaría con cierto número de cortes en diversos países, en especial la impactante toma de la mutilación de Karin (una que he de confesar ha permanecido en mi inconsciente durante mucho tiempo).
Hecha esta salvedad, la quinta protagonista, incluso la protagonista absoluta del relato es la casa. Todas las escenas tienen lugar en esa hermosa casa familiar, llena de recuerdos, de pequeñas anécdotas que han dejado su huella de generación en generación, esa casa que aun evoca el recuerdo de la madre ausente.
De tal forma que los fñashbacks son introducidos por una voz en off muy neutral y concisa (que resulta ser el propio Bergman), puramente informativa, o por el contrario con los rostros de las actrices en la sombra y cargados de emoción, que siempre se refieren a estancias anteriores de las protagonistas y sus respectivos maridos en la mansión.
Para Gritos y susurros, Bergman volvió a contar con tres de sus mejores actrices: recuperó a la maravillosa Harriet Andersson, despojada de la exuberancia y el erotismo de su joven Mónica para interpretar a la moribunda Agnes, posiblemente el papel más apreciado (por su humanidad y moderación), y quien ofrece quizá la interpretación más hermosa de la cinta.
En lo que respecta a Liv Ullman encarna a la dulce, superficial y sensual María, magnifica en su mezcla de cinismo y volubilidad. En ese sentido, el papel más problemático es el de Ingrid Thulin como siempre una enorme actriz, pero que tiene que lidiar con los excesos de los habituales personajes atormentados de Bergman y contorsionar su rostro en una mueca enfermiza (aun así, nos conmueve como la en apariencia dura pero atormentada Karin, aunque tenga que lamentar en voz alta su sentido de culpa)
Además Kari Sylwan en el papel de la criada Anna también está magnifica, pero lógicamente permanece en un discreto segundo plano, al igual que los personajes masculinos, los maridos y el sacerdote que son en cierto modo como extras pero interpretados de forma más que conveniente, en especial lo realizado por Anders Ek que representa al típico personaje bergmaniano del sacerdote que se tortura a sí mismo tratando de mantener su fe, y Erland Josephson como el médico de Agnes y amante de María.
Como sugiere el título del filme, el sonido es muy importante en la película. Además de los gritos y los susurros, el ya mencionado tictac de los relojes, el roce del bolígrafo sobre el papel en el diario de Karin, el estruendo de una copa de cristal al romperse y el movimiento de una persiana cobran un protagonismo extraordinario en contraste con la atmósfera silenciosa de la habitación.
También llaman la atención los valores expresivos del silencio absoluto en las escenas oníricas y el uso más exquisito que nunca de la música clásica: aquí tenemos la melancólica mazurca de Chopin para los recuerdos de infancia de Karin, el vals El emperador presente en la caja de música para reflejar la dulce nostalgia de María, y la sarabanda de Bach para el emotivo reencuentro de las dos hermanas.
En resumen, una obra madura del director sueco, un compendio de los temas y talentos representativos de sus películas, que tal vez sea la mejor manera de explorar la obra de este brillante director.

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