Dirección: Robert Altman
Duración: 121 minutos
País: Estados Unidos
Elenco: Warren Beatty, Julie Christie, Rene Auberjonois, William Devane, John Schuck, Corey Fischer, Bert Remsen, Shelley Duvall, Keith Carradine, Michael Murphy, Antony Holland, Hugh Millais, Mandred Schulz, Jace Van Der Veen, Jackie Crossland, Elizabeth Murphy, Carey Lee McKenzie, Thomas Hill, entre otros.
Ambientada en invierno en el Viejo Oeste. El carismático pero necio John McCabe llega a un joven pueblo del noroeste del Pacifico para montar un burdel con funciones de taberna. La astuta señora Miller, una señora profesional llega poco después de que comience la construcción. Ella se ofrece a usar su experiencia para ayudar a McCabe a dirigir su negocio, mientras comparte las ganancias. El lupanar prospera y McCabe y la señora Miller se acerca, a pesar de sus inteligencias y filosofías conflictivas. Sin embargo, pronto los yacimientos mineros en la localidad atraen la atención de una importante corporación, que quiere comprar el negocio de McCabe junto con el resto de terreno. El hombre se niega, y su decisión tiene repercusiones importantes para el, la señora Miller y el pueblo.
Al igual que la mayoría de las películas con temática del viejo oeste, esta creación dirigida por Robert Altman, comienza con la llega de un solitario y misterioso personaje a un pueblo remoto. Se llama John McCabe, y el pueblo en cuestión es Presbyterian Church, un pequeño asentamiento en los limites del estado de Washington.
De inmediato, los habitantes del pueblo miran a McCabe con recelo. El asegura ser un simple apostador, pero se rumorea que le disparó y acabó con la vida de un pistolero llamado Billy Roundtree.
Los cineastas (lo más capaces e inteligentes de ellos) tienen que decidir dónde situar la acción en una película. Los más ordinarios se ciñen a la narrativa, por lo general la narrativa hablada, por lo que vemos rostros y un diálogo claro y ordenado que nos explica lo que está pasando.
Es evidente que estas suelen ser las películas más predecibles porque al fin y al cabo, hay un número limitado de historias que se pueden contar de esta forma en la pantalla.
Algunos de ellos se identifican con los personajes, se sumergen en ellos y permiten que sean ellos quienes cuenten la historia y transmitan la situación. Y luego están los pocos que se aferran a una sensación, un tono, un espacio.
Esa situación posee ideas, historias y diálogos, pero solo están ahí como reflejos de las facetas del lugar. De las tres, esta es más complicada de hacer de forma adecuada; por ese motivo son tan pocos los que lo intentan. Y de quienes lo hace, la mayoría solo transmite estilo, no un lugar, ni una presentación completa de cómo funciona el mundo.
Esta película es el mejor ejemplo que conozco en el que el mundo presentado es más cercano a lo real, es decir la situación lo rige todo y la esencia principal es la presentación de una cosmología del destino con un carácter digno de Shakespeare.
La cámara no se mueve tanto al ritmo de la historia, sino que entra y sale. Y no hay solo una historia, sino muchas que se captan de reojo. Después las palabras simplemente aparecen desordenadas, tal como ocurre en la vida. No todo se nos presenta de manera estructurada.
Como película del oeste, esta es fascinante por lo que no contiene. No hay vistas panorámicas de las Grandes Llanuras, ni indios, ni cactus, ni sombreros de vaquero. No hay sheriff, ni sol abrasador, ni música cursi. Y a diferencia de la mayoría de las películas del género, que se centran en la trama Del mismo barro (uno de sus títulos en nuestro idioma) se centra menos en ella y más en el tono o la atmósfera del entorno fronterizo.
La historia se desarrolla en el noroeste del Pacifico. El clima es frio, nublado y adverso. Se puede escuchar el viento aullando entre los altos arboles de hoja perenne. Y la música suave y poética de Leonard Cohen acentúa las imágenes que son precisamente tan lúgubres como corresponde.
Al romper con la tradición cinematográfica, por lo tanto esta cinta merece respeto, porque es como mínimo inusual, y tal vez incluso más cercana, en algunos aspectos, al ambiente de la vida en la frontera estadounidense que nuestras nociones estereotipadas, tal como se representan en las típicas obras de John Wayne.
Pero no se confundan, no es que la trama no sea importante. Veamos, como ya contaba un poco sobre la narrativa en el inicio, en ella Warren Beatty interpreta a John McCabe un apostador de poca monta que trae a varias prostitutas a un pueblito con la esperanza de ganar dinero. Por el otro lado Julie Christie le da vida a la señora Miller, una prostituta con olfato para los negocios.
Más adelante la mujer se entera del plan de McCabe y se le acerca con una oferta qué no puede rechazar. Pronto, los dos se asocian, pero surgen complicaciones cuando se corre la voz de que McCabe podría ser un pistolero que ha matado a alguien importante.
A propósito de situaciones inusuales, la señora Miller como personaje es claramente un símbolo del movimiento de liberación de la mujer, y el final de la cinta resulta interesante en ese contexto.
Los vividores (como también se le conoce en castellano) es un filme clásico de Altman, en el que se pueden escuchar conversaciones de fondo, además de las palabras del personaje principal. Este es el sello distintivo de Altman: los diálogos superpuestos.
Por completo atípica para el género del western, la cinta ofrece un cambio agradable respecto a los estereotipos cinematográficos y transmite una perspectiva diferente de la vida en el Viejo Oeste.
El publico no supo qué pensar de esta obra cuando se estrenó. Altman fue un director que se nutria de la indefinición y la confusión. Sus producciones rebosan el elemento de la peligrosa emoción que es la colaboración. Además de los zooms improvisados, los actores que improvisan, el diseño de sonido arremolinado, lo que como un todo resulta, al principio muy desconcertante.
Se trata de una producción de calidad que lleva el sello distintivo de su director. En ese sentido, se asemeja más a un cuadro cinematográfico que a una narrativa convencional. Y ese cuadro transmite al espectador que la vida en aquella frontera era, al menos en algunos lugares fría y lúgubre, y que guardaba un carácter silencioso y poético.
Una y otra vez, Altman muestra el precio de la ingenuidad y del idealismo, construyendo la trama hasta ese momento final en el que todas las esperanzas de una posible unión entre ambos protagonistas se hacen añicos.
Con la muerte tanto de McCabe como de un vaquero joven e inocente en un puente, el director demuestra que la muerte al pie de la letra del bien y la inocencia se consuma con la muerte metafórica del idealismo romántico.

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