Director: Karel Kachyña
Duración: 94 minutos
País: Checoslovaquia
Elenco: Jirina Bohdalová, Radoslav Brzobohatý, Gustav Opocenský, Miroslav Holub, Lubor Tokos, Borivoj Navrátil, Jiri Cisler, Jaroslav Moucka, Karel Vasicek, Ladislav Krivácek, Frantisek Némec, Jan Teplý, Josef Sulc, Bronislav Poloczek, Alois Mottl, Ladislav Krecmer, Jindrich Narenta, Karel Vlcek, entre otros.
Ludvik, un funcionario del ministerio regresa a casa con su esposa después de pasar la noche en un evento oficial del gobierno, donde se entera de que varios de sus colegas han sido destituidos de sus cargos. Una vez dentro, descubre que su casa está intervenida y que El Oído del gobierno lo ha estado escuchando. Cuando se va la luz en su casa y ve a un grupo de hombres sospechosos esperando afuera, teme ser el próximo en caer.
Por su casa en la noche el marido y la mujer caminan tambaleándose, cansados y un poco achispados, sosteniendo candelabros. Algo no está del todo bien: la puerta del sótano estaba entreabierta, hay llaves donde no deberían estar, y ni la luz ni el teléfono funcionan.
Un poco antes, la película comienza con la pareja de regreso a su casa después de una fiesta de gala. Discuten y se pelean en la acera al salir del auto, y luego dentro de la casa, como si estuviéramos detrás de una puerta cerrada escuchando ecos de ¿Quién le teme a Virginia Woolf?
Los flashbacks de la fiesta ocurrida esa misma noche, haciendo uso de tomas subjetivas desde el punto de vista del personaje, nos llevan a través de un salón lleno de gente vestida de traje que sostiene copas de coctel listas para brindar por figuras prominentes del Partido; rostros que miran fijamente a la cámara, apiñándose para ocultar susurros conspirativos o tal vez simples chismes ociosos.
Cuando el esposo va al baño a refrescarse, aparece una anciana para ofrecerle una toalla; al hacerlo, desaparece en el fondo y se queda ahí, como si la hubieran colocado allí para observar.
Esta es una gran película sobre la paranoia, el miedo a ser observado y a que se hable de uno, y se vuelve una cinta de cierto interés cuando deja de tratar sobre la paranoia, porque en algún momento sabemos que la pareja está siendo vigilada por el Partido y que han tenido que vivir con micrófonos ocultos en su sala durante años.
Pero veamos, en el famoso final de La conversación (la distinguida obra de Coppola) un enloquecido Gene Hackman recorre de manera frenética su departamento en busca de micrófonos ocultos. Su pesadilla resuena a través de los años del cine porque es una zozobra que queda inconclusa, una condenación eterna. En esta historia las cosas se aclaran en el acto final.
Se trata de un psicodrama ambiguo mientras le conviene a la narrativa, luego se convierte en la denuncia política que en realidad pretende ser. Me sorprende que se permitiera filmar una cinta como esta en el Bloque del Este de la década de los setenta.
Por los general, los cineastas que trabajaban en las repúblicas satélites de la Unión Soviética se referían a la tiranía soviética de manera indirecta. Es decir, utilizaban a los nazis para contarnos cómo era vivir bajo la opresión de un régimen totalitario.
En cambio, en este filme se menciona al camarada Stalin por su nombre. Por eso, esta es una creación valiente que aborda temas actuales de una sociedad contemporánea.
Para mí, lo más escalofriante de este thriller político se refleja en una escena en particular: en ella el esposo le pide a su mujer que recuerde si, más temprano en la fiesta un invitado en especifico se mostró amable con ella y la llamó por su nombre de pila. Su razonamiento es que si lo hizo (si la reconoció en público de manera amistosa), significa que él no está bajo escrutinio político por parte de sus superiores, de ser así, todos se mantendrían alejados incluso de su esposa.
En otras palabras, la vida social en La oreja (o el Oído, todo depende del país) no es tiempo de ocio ni intercambio de ideas, es un escenario de sospechas y conspiraciones, una partida de ajedrez de comportamientos ritualizados y jugadas predecibles.
En casa, a puerta cerrada El Oído nunca duerme. Bajo su mirada escrutadora, la vida matrimonial se convierte en un escenario donde se desahogan la ira y la frustración.
Mientras la pareja se desplaza a trompicones por la casa en la oscuridad, sosteniendo candelabros como si exploraran las catacumbas de una película de terror gótica, sus conversaciones se vuelven cada vez más desagradables y hostiles.
Hay una escena muy angustiante en el baño donde la esposa reprende a su esposo por las decisiones que ha tomado a lo largo de su vida. Sin embargo, en los momentos cruciales de vida o muerte, cuando un hombre está a punto de quitarse la vida o cuando vienen a buscarlo, se mantienen unidos desafiando todo lo demás.
En suma, El Oído es una especie de novela de suspenso que hierve a fuego lento, pero que no deja de estar ardiente. No se trata tanto del símbolo de las ranas que se cocina de manera lenta, sino de dos ranas que saben perfectamente de qué se trata la olla, pero que no pueden salir de ella. Puede que haya una teoría de la conspiración en marcha o un matrimonio que se desmorona bajo el peso de un trabajo insostenible, y la combinación de ambos elementos da lugar una experiencia visual intensa.
Es fácil entender por qué se prohibió en su momento (quizá sea un pequeño milagro que los rollos de la película no fueran confiscados o destruidos antes de salir del laboratorio tras su revelado) ya que es una obra que cuestiona al poder, y además cuestiona los roles que asumen las personas cuando se te enfrentan cara a cara, como por ejemplo puede suceder en una fiesta, y te lanzan preguntas de tono pasivo-agresivo.
Si esto lo hubiera visto en ese entonces un público al que siempre se le decía qué hacer, tengan por seguro que todos habrían empezado también a revisar sus casas en busca de orejas.
Pero el mayor punto fuerte de la historia no radica en un solo mensaje político, sino en la representación del desgaste emocional y mental que sufre esta pareja. En particular la señora Bohdalová ofrece una actuación que al igual que en una película de Cassavetes o incluso de Bergman, parece que en cualquier momento va a reventar las costuras de la pantalla, y te va a sacudir en tu asiento.
Esta mujer acusa, espera, llora, abraza, exige, está perdiendo la cabeza (su contraparte masculina también está bastante bien, pero tiene que ser el más tranquilo y pedirle que se calme muchas veces). Y además es una actuación física impresionante, entregándose en cuerpo y alma en cada momento, como cuando pasa de gritarle al esposo a través de la puerta cerrada, a saltar a la cama para esconderse de las consecuencias.
La dirección y el trabajo de cámara poseen una gran intensidad, pero ella entra en escena y aporta una especie de fuego que a pesar de todo, no es más que una expresión del amor. Y no hay mayor amenaza para un estado autoritario basado en la vigilancia que el amor.
Para mí, solo hay una falla: el final me parece bastante peculiar e incluso hasta anticlimático. Aun así, es una joya cinematográfica que merece ser vista.

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