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Wanda (1970)


 

Dirección: Barbara Loden

Duración: 103 minutos

País: Estados Unidos

Elenco: Barbara Loden, Michael Higgins, Dorothy Shupenes, Peter Shupenes, Jerome Thier, Marian Thier, anthony Rotell, M.L. Kennedy, Gerald Grippo, Milton Gittleman, Lila Gittleman, Arnold Kanig, Joe Dennis, Charles Dosinan, Jack Ford, Rozamond Peck, Susan Clark, Linda Clark, entre otros.

En la región minera del carbón de Pensilvania, Wanda Goronski bebe constantemente para evitar los problemas de su vida. Después de haber abandonado a su marido y a sus hijos pequeños, Wanda duerme en el sofá de su hermana (cuando no se acuesta con el último hombre que le compró una bebida) y está desempleada sin perspectivas de trabajo a largo plazo. La bebida y su vida en combinación la han convertido en una mujer sin emociones. Su vida cambia cuando conoce a Norman Dennis en un bar. En un inicio ella cree que él es el cantinero, pero en realidad es un delincuente que acaba de robar en lugar en cuestión. Incluso después de que ella se entera de la ocupación del señor Dennis y a pesar de que él la trata mal, de forma voluntaria se une con él y sus delitos menores como una forma de salir adelante por la vida.


Cuando una obra de bajo presupuesto realmente funciona, no se limita a parecer autentica. Se cuela entre tus facultades críticas como si fuese un carterista con buena postura: se vuelve hipnótica, íntima y ligeramente acusatoria. 

Según veo Wanda es esa rara joya del cine independiente gringo que no simula el realismo, sino que lo habita. Verla ahora se siente menos como si se estuviera viendo cine y más como si se fuese arrastrado (en silencio, casi con cortesía) hacia el clima interior magullado de otra persona.

Wanda dirigida y protagonizada por Barbara Loden es una cautivadora obra, devastadora en términos silenciosos que merece ser reconocida como un hito del cine independiente. Para ello Loden creó un retrato crudo e intimo de una mujer a la deriva, perdida en el inhóspito paisaje de la Pensilvania rural, que busca consuelo pero solo encuentra vínculos fugaces.

El estilo minimalista de la película, caracterizado por la iluminación natural y el uso de la cámara en mano, genera una autenticidad de estilo documental que da vida al viaje sin rumbo de Wanda de una manera que se siente la profundidad a nivel personal y real a grados altos de incomodidad. 

A mi entender lo que causa que Wanda sea tan cautivadora es la intrépida personificación que hizo Loden de una mujer imperfecta y pasiva. Se resiste al arco narrativo tradicional de la redención, y en su lugar ofrece el retrato de una mujer resignada a su destino, que toma malas decisiones pero sigue siendo tan humana que consigue conmover. 

Para resaltar la falta de autonomía y autoestima de Wanda que dibuja un poderoso cuadro de alienación y soledad existencial, temas que resuenan a un nivel muy profundo.

Barbara Loden su colocó a si misma en el papel protagonista, y esa doble función es importante. La cámara no trata a Wanda como un personaje que deba ser explicado, redimido o explicado en el ámbito de lo psicológico para complacer a un publico educado; la observa como se observa a un hecho: se trata de una presencia humana sin adornos que se mueve por un mundo que ya ha decidido cuánto vale.

Para mi, lo sugerente (y lo punzante) radica en que la cinta niega al espectador los consuelos habituales: no nos ofrece la historia de fondo que explique sus motivaciones, el giro heroico ni el diagnóstico ordenado. En cambio, nos presenta a una mujer cuya pasividad no es linda, ni peculiar, ni con la que uno pueda identificarse (por lo menos en mi casi no del todo), y desde luego no es instructiva de manera inofensiva. Es tan verosímil que produce terror.

La protagonista es en teoría terriblemente imperfecta, y la película te reta a reflexionar sobre lo que esa frase suele significar. 

Por citar algunos ejemplos de ello: no se opone al divorcio que le solicita el esposo, apenas se plantea la cuestión de la custodia de sus hijos, se deja llevar en lugar de elegir, se somete en lugar de imponerse. Y sin embargo, Loden interpreta esta pasividad con tal crudeza y precisión que el publico desarrolla un apego incomodo; no es exactamente admiración, sino una especie de ternura forzada.

Quiero decir, terminas como espectador preocupándote a pesar de ti mismo, en una especie de forma estética del síndrome de Estocolmo, salvo que el secuestrador en este caso es la honestidad de la película y el rescate es tu presunción al respecto.

Antes bien, hay un trasfondo extraño y surrealista en esta historia, esa forma en que la realidad misma puede volverse onírica cuando estás agotado, sin un peso y emocionalmente hundido. Incluso la atmósfera de la película me hizo pensar en obras posteriores (cosas como Eraserhead, Stroszek, Grey Gardens) no porque este filme se parezca a ellas en cuestiones de estilo, sino porque prefigura una cierta libertad creativa: el derecho a hacer que lo mundano se sienta embrujado, el derecho a poner en el centro a lo que no tiene importancia y permitir que resuene como una campana que suena en una habitación vacía.

En otras palabras, la miras y empiezas a preguntarte, con la curiosidad de un académico y la sonrisa de un poeta callejero, cuántos cineastas posteriores tomaron prestada esta gramática de la desesperación y la llamaron innovación.

Visualmente, captaron mi atención los fragmentos reducidos en primer plano durante los robos de autos y allanamientos de Mr. Dennis, con esos detalles precisos y texturizados que convierten los delitos menores en una especie de trance mecánico. 

Es como si el mundo se redujera a un caleidoscopio con vidrio, metal, dedos, cerraduras, movimiento e intención. Cabe aclarar que es hipnótico no porque lo idealice, sino porque rechaza el espectáculo y te muestra el proceso: la coreografía banal de la transgresión.

Y luego está el humor: silencioso, involuntario, casi grosero. No son chistes, sino ese tipo de Schadenfreude que se escapa en el momento menos oportuno porque los seres humanos somos criaturas absurdas incluso cuando sufrimos. 

Loden tiene estos destellos de vulnerabilidad (comer con hambre de verdad, mostrar la decepción sin artificios teatrales) que pueden resultar en una punzada de humor negro. Ella sigue pretendiendo tener buenas intenciones y sigue siendo humillada por la indiferencia del mundo, y la cinta permite que esa humillación permanezca en el mismo sitio, sin edulcorar, como una verdad que nadie pidió.

El final es inquietante, de la misma manera que una canción de cuna puede serlo: suave, repetitiva y con un ligero aire apocalíptico. Sin embargo, también transmite una paz peculiar; mas una redención que una resignación, menos una catarsis que una aceptación silenciosa y constante del destino. Wanda no triunfa, simplemente sigue adelante. Y en la economía de este filme, esa continuación es en sí misma, un milagro sombrío.

Este es el tipo de película que se puede ver una y otra vez, no para captar detalles, sino para volver a sumergirte en su encanto y poner a prueba tus propias reacciones. Cada vez que se vea, es posible que se sienta como si fuera un nuevo encuentro con lo que el cine es capaz de hacer cuando deja de halagarnos y empieza a decirnos la verdad en un susurro.

Una película pequeña que deja una huella duradera.

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