Dirección: Werner Herzog
Duración: 94 minutos
País: Alemania Occidental / México / Perú
Elenco: Klaus Kinski, Ruy Guerra, Helena Rojo, Del Negro, Peter Berling, Cecilia Rivera, Daniel Ades, Edward Roland, Alexandra Cheves, Armando Polanah, Daniel Farfán, Julio E. Martínez, Alejandro Repullés, Indianern der Kooperative Lauramarca, Claus Biederstaedt, Lothar Blumhagen, Heinz Theo Branding, Christian Brückner, entre otros.
Unas décadas después de la destrucción del Imperio Inca, una expedición española abandona las montañas del Perú y desciende por el río Amazonas en busca de oro y riqueza. Pronto, se encuentran con grandes dificultades y Don Lope de Aguirre, un hombre despiadado al que solo le importan las riquezas, se convierte en su líder. Es entonces cuando sabremos si finalmente los llevará a El Dorado o a una destrucción segura.
Esta no es simplemente una película sobre la conquista. Es una autopsia espiritual del impulso humano por dominar lo indomable.
Si te parece que una película en la que un tipo está de pie sobre una balsa (mientras la cámara gira y gira a su alrededor en un movimiento de 180 grados) y sostiene a un mono que parece tan aturdido y confundido como podríamos estarlo nosotros, mientras habla de ideas de dominación mundial y de cómo se enfrentarán a las naciones sin ayuda de nadie, es el tipo de película que te gustaría, entonces te encantará este filme conocido en nuestro idioma como Aguirre, la ira de Dios.
Pero no permitas que la naturaleza puramente vanguardista de esa escena te engañe haciéndote creer que es algo que suena bastante ingenuo, porque la película es todo lo contrario. Se trata de una obra peculiar, y sin embargo cautivadora a niveles extraños, que se balance en el limite entre el cine de ficción y el documental, pero que sin duda traspasa la barrera etiquetada como arte.
Entonces, ¿por dónde empezar con una película tan singular como Aguirre? La cinta es como un docudrama, una biografía de absolutamente nadie en particular, y no obstante uno siente que gira en torno a algo o alguien de todos modos.
¿Qué podría ser? ¿un hombre que se vuelve loco? ¿una cinta sobre el legado de los conquistadores españoles realizada por alemanes? ¿Un experimento cinematográfico rodado en la selva con el único fin de hacerla más agotadora para el elenco y el equipo? Bueno, es probable que sea todo eso y mucho más.
En este filme, el Don Lope de Aguirre encarnado por Klaus Kinski lidera finalmente a muchos soldados españoles a través de la selva en busca de El Dorado, la ciudad del oro. De inmediato, este hecho establece un sentido de codicia entre los personajes que se ve reforzado por la ubicación de la acción. La selva es densa e intensa, con varias tomas dedicadas a mostrar a los soldados abriéndose paso a machetazos para que los cañones y los palanquines puedan avanzar.
Uno de los momentos más destacados de esta película es su magnifica introducción. En ella vemos un paisaje nublado de los Andes, mientras escuchamos el canto inquietante de un coro celestial.
A medida que la cámara se desplaza, distinguimos pequeños puntos que descienden por la montaña, como si se tratara de hormigas, pero al acercarnos aun más nos damos cuenta de que en realidad son seres humanos que en su mayoría son indígenas de origen inca.
Ese comienzo tan directo y la elección del plano, la composición y el tema son realmente brillantes: nos sitúan de inmediato en el centro de la acción y nos muestran exactamente a qué se enfrentan. En ese sentido, podríamos pensar que se trata de una historia acerca de el hombre contra la naturaleza, pero el tercer elemento que son los nativos de la tribu es una adición importante a la ecuación, y en cierto modo entretenida para la trama.
Sin embargo, Herzog parece sugerir que, cuando el superhombre se enfrenta a la naturaleza real (es decir los ríos, los insectos, el hambre, la fiebre), su grandeza se revela como una patética ilusión. Porque la selva en esta historia no es un decorado. Es un personaje silencioso. No ruge ni amenaza de forma abierta. Simplemente existe, indiferente. Y esa indiferencia destruye de modo lento a los conquistadores.
Entre los indígenas también vemos a algunos europeos vestidos con trajes propios del siglo XVI. Se trata de españoles que se dirigen a conquistar el Nuevo Mundo. De tal forma que un caballero toma de la mano a una dama de aspecto noble para ayudarla en este vertiginoso descenso. Otra joven rubia es llevada en una silla de manos. Un monje también forma parte del viaje. Justo la historia se basada en el diario de ese monje de nombre Gaspar de Carvajal, y por lo tanto está inspirada en hechos reales.
La expedición estaba dirigida por Gonzalo Pizarro el conquistador del Perú, en busca de El Dorado, la llamada tierra del oro. Al llegar al pie de la montaña, la tropa se adentra en una selva impenetrable y llega a la orilla de un ancho rio fangoso. Al no poder seguir adelante Pizarro encarga a una parte del grupo que explore el río en balsas.
Dicho grupo estará liderado por Don Pedro de Ursúa y por Don Lope de Aguirre. La esposa de Ursúa, la hija de Aguirre y el monje también se embarcarán en el viaje.
A partir de ahí, la película se convierte en un lento y sinuoso recorrido por un río salvaje e interminable. No se descubre gran cosa, salvo a unos hostiles autóctonos caníbales que se esconden en la selva tropical. Pero el rapaz de Aguirre conspira con algunos de sus secuaces para ocupar el lugar de Ursúa al frente de esta expedición sin esperanza.
Se aprovecha de que la tripulación está cada vez más hambrienta, desesperada y asustada. Los engaña con promesas de riquezas infinitas. Para ello nombra rey de El Dorado a un estúpido caballero obeso, pero el monarca no será más que una marioneta en manos de Aguirre, ya que morirá poco después de su coronación, posiblemente envenenado. Después de ello, Aguirre podrá tomar el control total de la expedición.
Luego Ursúa es eliminado y su esposa desaparece en el bosque. El monje, único representante de la Iglesia, se pone del lado de Aguirre sin dudarlo. A medida que el viaje se convierte en un desastre, Aguirre se vuelve cada vez más megalómano.
Mientras su tripulación muerte lentamente de sed y hambre, el aventurero delirante se ve a sí mismo gobernando el reino más grande de la tierra y planea casar a su propia hija para engendrar una nueva dinastía pura.
Desde el bosque se lanzan flechas envenenadas que diezman a los pocos sobrevivientes, entre ellos la hija de Aguirre, quien muere en sus brazos. El reino de Aguirre no es más que un páramo infinito de agua y árboles, y sus únicos súbditos restantes son enjambres de pequeños monos verdes que invaden las balsas como ratas, pero el conquistador enloquecido ya ha perdido el contacto con la realidad.
Como escenario y como planteamiento, la película cumple con muchos requisitos, pero como estudio de personaje el Aguirre encarnado por Kinski es a la vez extraño, y sin embargo atrayente. Al personaje central se le da una especie de rostro característico gracias a la elección de Kinski para el papel, además sus acciones y su lenguaje corporal en general desde el principio le confieren cierto grado de asombro o excentricidad.
Por eso, resulta sugerente que un filme logre definir tanto el escenario como la caracterización del personaje principal de esta manera; es decir ningún otro personaje está realmente desarrollado ni recibe tanta atención porque sencillamente no son tan importantes.
La narrativa de la cinta puede parecer deficiente en esta obra desorientadora y surrealista, y sin embargo todo ello suma a la peculiaridad de la película.
Quizás se puedan ver ejemplos más contemporáneos de esto en otras creaciones extravagantes que giran en torno a protagonistas trastornados como Taxi Driver o American Psycho, pero Aguirre es más bien una versión rural de ese tipo de enfoques.
El director evita de manera deliberada los artificios del cine épico. No hay grandes batallas ni melodías triunfales. La cámara observa con serenidad cómo se desmorona la expedición: hombres enfermos, cadáveres a la deriva en el río, animales que parecen totalmente fuera de lugar en una balsa que se dirige hacia ninguna parte.
Ahora bien, el realismo de la película merece ser destacado. Herzog rodó en condiciones verdaderamente precarias, arrastrando al equipo y a los actores a través de ríos reales, selvas reales y climas que parecían casi hostiles para la propia producción. Ese esfuerzo es visible en cada fotograma: el sudor, el lodo y el agotamiento en los rostros de los actores se perciben menos como una actuación y más como un desgaste genuino.
Nada se asemeja a la seguridad de un set de estudio, todo huele a humedad, madera mojada y fiebre tropical. Esta crudeza en el aspecto físico convierte la obra en algo casi tangible, el espectador no solo observa la expedición, la soporta.
Este peculiar realismo, a medio camino entre el documental y un sueño febril, provoca que la cinta se sienta espiritualmente más cercana a Apocalypse Now que a cualquier narrativa histórica convencional. De hecho, casi puede considerarse su antecesora: otro viaje rio arriba hacia el corazón de la obsesión humana.
La imagen final lo resume todo: Aguirre rodeado de monos, delirando sobre imperios imaginarios mientras el río sigue su curso. La naturaleza sigue adelante. La historia humana se revela como un episodio pequeño y absurdo.
Y uno deja la historia con una sospecha incómoda: tal vez la locura de Aguirre no sea tan diferente de la ambición que construyó todas las civilizaciones. Al final de cuentas, todo imperio comenzó con alguien tan delirante como para creer que estaba destinado a gobernar el mundo.
No se puede concluir esta reseña sin mencionar la aclamada banda sonora compuesta por el grupo vanguardista alemán Popol Vuh; un trabajo sobrenatural, pero no intrusivo, una música de fondo hecha a medida para que deje su huella mucho después de que la película haya llegado a su fin.

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