Dirección: Peter Fonda
Duración: 93 minutos
País: Estados Unidos
Elenco: Peter Fonda, Warren Oates, Verna Bloom, Robert Pratt, Severn Darden, Rita Rogers, Ann Doran, Ted Markland, Owen Orr, Al Hopson, Megan Denver, Michael McClure, Gray Johnson, Len Marsal, Larry Hagman, entre otros.
Vagando de pueblo en pueblo, Harry Collings y su mejor amigo Arch Harris, son dos cansados errantes agotados de andar a la deriva hacia una vida sin sentido, después de siete años en el desierto del Salvaje Oeste. De manera inevitable, sabiendo que no le queda nada más que regresar a casa, Harry siente la urgente necesidad de reconectarse con su esposa alienada a la que abandonó cuando aun era un joven. Su esposa que había renunciado a él, a regañadientes le permite quedarse, y pronto cree que todo volverá a estar bien. Pero entonces Harry tiene que tomar una decisión complicada con respecto a sus lealtades y prioridades.
Hay películas que caen en el olvido, solo para ser descubiertas por una generación diferente o redescubiertas por las pocas personas que las vieron cuando se estrenaron. Estas películas no encajan del todo en la categoría de películas de culto, sino que forman parte de una categoría propia.
Son películas que deberían haber tenido mejor recepción al estrenarse, y sin embargo por alguna razón el momento no fue el adecuado, la promoción de la película fue insuficiente o el estudio simplemente no se preocupó lo suficiente como para impulsarla. Pistolero sin destino (uno de los títulos que tiene en nuestro idioma) entra en esa categoría.
Un western peculiar y conmovedor, a medio camino entre distintos estilos y épocas. Está muy lejos del estilo de los westerns de John Wayne o John Ford. Hay muchos interludios con música de guitarra de fondo y secuencias superpuestas que crean un efecto poético de doble imagen.
Por supuesto, el escenario es el Oeste, y es hermoso tanto bajo el solo como bajo la lluvia. Si bien Peter Fonda domina la película como protagonista (y director, una de las tres que dirigió), lo que realmente le da su sabor es la sensación de cabalgar por el territorio y trabajar la tierra.
El director Peter Fonda interpreta a Harry Collings, un vaquero errante que recorre el oeste junto a su mejor amigo, Arch Harris, y su joven compañero, Dan Griffen. Hacen una parada en el pequeño pueblo conocido como Del Norte, gobernado por el corrupto McVey.
Mientras Harry y Arch discuten qué planean hacer a continuación, se preguntan si vale la pena el sueño de Dan de ir a California. Luego, Harry le dice a Arch que planea regresar a casa con la esposa que dejó hace años. Se escuchan disparos y Dan entra el salón, ya muerto a balazos. El tal McVey afirma que Dan estaba acosando a su esposa, pero antes lo habíamos visto echándole un ojo al caballo de Dan.
Harry y Arch insisten en enterrar a su amigo esa misma noche. A la mañana siguiente, antes de partir se cuelan en la casa de McVey. Al asomarse por la ventana, los dos disparan contra los que están dentro, hieren a McVey en ambos pies y luego salen pitando del pueblo.
El dúo se dirige a la casa que Harry había dejado atrás para encontrar a su esposa Hannah y a su hija Janey que ahora es una niña. Sin saber qué esperar, Hannah le da la espalda a Harry, quien le pregunta si puede quedarse un rato como jornalero y ver cómo se desarrollan las cosas. Ella acepta, y él y Arch se quedan para ayudar en la granja.
Mientras tanto, los fantasmas del pasado están resurgiendo. Parece que hay rencillas en la ciudad natal de Harry y (por usar otra metáfora más) ahora se están cosechando las consecuencias de los actos del pasado.
Si parece que estoy siendo impreciso, es porque la trama de esta cinta es más floja que un lazo a medio atar. Hay que recordar que esta película salió poco después de otra obra muy celebrada también protagonizada por Fonda (me refiero a Easy Rider) y por eso su ritmo relajado y su montaje rebuscado pueden parecerle a cualquier espectador o bien una obra con muchas capas o un montón de tonterías hippies.
En lo personal, la mezcla de la música inquietante compuesta por Bruce Langhorne y el ritmo melancólico me pareció bastante hipnótica. Y en realidad, todo esto no es suficiente; la fotografía y la atmosfera son potentes, pero también se hacen un poco fatigosas. Se que en las películas no siempre tiene que pasar algo, pero o bien deben ser tan impresionantes visualmente que triunfen por ese elemento, o bien deben tener otro tipo de intensidad actoral y psicológica que esta película simplemente no tiene.
Se trata de un western de ritmo lento y atmosférico, en el que los momentos dramáticos surgen de los diálogos entre los personajes más que de los tiroteos. En lo que concierne a Verna Bloom se encuentra excepcional en el papel de Hannah, una mujer a quien primero se le reprocha haber compartido su cama con otros hombres en ausencia de Harry, pero que luego con un discurso fulminante, justifica por completo su comportamiento.
Su presencia, como un personaje femenino plenamente desarrollado en un género dominado por los hombres, es muy bienvenida. Estoy seguro que a las feministas rabiosas de estos tiempos les encantaría esta interpretación.
Desde el punto de vista temático, resulta tentador (al igual que con todo el cine de la Nueva Ola Estadounidense de esa década) situar este filme en el contexto de la Guerra de Vietnam.
Es decir, es un vinculo que puede exagerarse, pero sin duda hay paralelismos: el pistolero que anhela regresar a casa tras un largo viaje; su lucha por adaptarse a la vida civil en un lugar donde la vida ha seguido sin él; la ruptura de la hermandad en favor de la paternidad, y la violencia de su pasado que regresa para atormentarlo.
Así pues, una profunda tristeza se cierne sobre la película. Fonda tenia solo 31 años cuando la rodó, y cabe preguntarse si, con su complexión delgada y sus ojos jóvenes, es capaz de dejarse crecer la barba lo suficiente como para transmitir el cansancio de la vida que la escena requiere.
Sin embargo, Oates lo clava con esa mueca permanente que es a la vez cálida y desgastada en igual medida. Quien los captura de manera exquisita es el incomparable Vilmos Zsigmond, quien prácticamente nos transporta al pasado con la precisión y la profundidad de sus encuadres.
Solo la toma final, triste en niveles que alcanzan la desesperación, ya vale la pena el (relativamente breve) tiempo de duración de la película.
Desde mi perspectiva, una de las razones por las que Pistolero sin destino no es más recordada es porque por su propia naturaleza, es discreta, tranquila y sombría.
Hay que tener en cuenta también que en esa época el genero del western estaba en declive: el verdadero clásico McCabe & Mrs. Miller también se estrenó en 1971, y la película de Robert Altman (también fotografiada por Zsigmond) es la mejor de las dos.
Aun así, hay mucho que admirar en esta película, y uso ese verbo con cuidado porque es una cinta en la que hay que sumergirse por su atmosfera tanto como para disfrutarla de manera convencional.
En realidad, en general me gustó porque me gusta las sensaciones y emociones que transmite, pero estoy consciente que en mi mente la recordaré por su lentitud.
Si alguien pretende acercarse a ella, tendrá que prepararse a conciencia para superarlo en tiempos donde todo es tan apresurado.

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