Dirección: Nicolas Roeg
Duración: 100 minutos
País: Reino Unido / Australia / Estados Unidos
Elenco: Jenny Agutter, David Gulpilil, Luc Roeg, John Meillon, Robert McDarra, Peter Carver, John Illingsworth, Hilary Bamberger, Barry Donnelly, Noeline Brown, Carlo Manchini, George Roubicek, entre otros.
Tras enfrentarse a una terrible experiencia en la carretera, una niña de 14 años y su pequeño hermano de 6 parten hacia el interior del desierto australiano en un intento de volver a casa. El paisaje es desolador y tienen poca o ninguna comida y agua a su disposición. Conocen a un joven aborigen que está dando un paseo, en una época en la que los chicos de esa edad deben salir solos al desierto para demostrar que pueden valerse por sí mismos. Aunque no habla inglés, ambos logran comunicarse y él enseña a sus nuevos compañeros cómo encontrar agua. Juntos consiguen sobrevivir. Sin embargo, a medida que su relación se expande, conduce a la tragedia.
Como señalaba el profesor universitario estadounidense Chuck Kleinhans en los años setenta, las características distintivas de Nicolas Roeg son muy claras: una fotografía hermosa, un uso extensivo del montaje cruzado, una disposición a ser experimental en términos ligeros y una preocupación temática fundamental por el choque repentino entre diferentes culturas o estilos de vida.
Y el mismo apuntaba que seguía siendo cuestionable si estas características eran suficientes para sostener la carrera de un director o para sentar las bases de un logro destacado dentro del cine comercial.
Al parecer, las inquietudes de Roeg no fueron suficientes para mantener su carrera. En la década de los setenta realizó una serie de grandes películas, pero a finales de 1980 Roeg prácticamente había desaparecido del mundo del cine. Aunque su cinta Las brujas de 1990, de alguna manera marcó mi infancia.
Esta cinta, considerada por muchos como la mejor película del director mencionado, presenta una historia en apariencia sencilla. En ella, un padre se lleva a su hija y a su hijo pequeños al desierto australiano.
Al parece el hombre siente atracción sexual por su hija, y en un intento por acabar con sus deseos, trama acabar con ambos niños. Sin embargo, su plan asesino fracasa y los niños logran escapar. Entonces el atribulado padre se pone una pistola en la cabeza y se suicida.
Hoy en día no se podría hacer una película como esta (cuyo título alude a un recorrido a pie). No porque haya algo en ella que pueda preocupar a la generación Z tan dada a juzgar a los demás, aunque los mojigatos podrían armar un escándalo por el desnudo y la violencia tan presentes en el metraje, tal como son de hipócritas.
No se podría hacer porque esta no es la obra de un ellos como protagonista de la narrativa, sino de un yo singular, o más bien de un él, siendo ese él justo el propio Nicolas Roeg, uno de los más visionarios más inspirados y singulares de Gran Bretaña.
Basada en una novela de James Vance Marshall, adaptada por Edward Bond, Walkabout es la historia de dos niños que abandonan la modernidad para adentrarse en la naturaleza cuando se ven obligados a huir de su padre que enloquece durante un picnic familiar en el llamado Outback australiano.
Se alejan y pronto se quedan sin agua, pero justo cuando la situación empieza a parecer desesperada, llega la ayuda en forma de un joven aborigen (al parecer, aborigen es ahora un termino ofensivo. ¿No es curioso cómo reacciona la gente en estos tiempos supuestamente tan avanzados cuando se trata del lenguaje?).
Los dos niños no lo entienden ni él a ellos, pero de todos modos caminan juntos y se unen, o al menos hasta cierto punto. El niño pequeño responde mejor al joven que los rescata, pero su hermana de dieciséis años permanece pálida y retraída, un poco como la Venus de Botticelli. Ella es incapaz o no está dispuesta a responder al joven que es su salvador, y los deseos de él siguen siendo un misterio para ella.
Al final deben tomar una decisión sobre sus vidas: un mundo sin cosas o un mundo lleno de relojes, horario y materialismo. Es decir, la naturaleza o la mecanización.
Ahora mal sin bien, no sé si soy capaz de transmitir en absoluto la poesía nebulosa y embriagadora que atesora esta película, con su luz brillante o sutil, sus visiones en momentos inesperados, sus sueños y sus anhelos tácitos e inarticulados, ni tampoco su honestidad salvaje.
De tal forma que los aborígenes deben cazar y matar, de lo contrario, mueren. Todo está vivo, así que todo es precioso en el Outback. Todo es surrealista. No siempre queda claro qué es real y qué es imaginario. No todo se puede explicar fácilmente.
Además cuenta con una banda sonora muy acertada del siempre maravilloso John Barry. El propio hijo del director de nombre Luc, interpreta al niño pequeño. Luego David Gulpilil, a quien reconocerás de Cocodrilo Dundee, es el joven que rescata a los niños, y Jenny Agutter es una visión, justo el tipo de adolescente que todos los de mi generación recordamos con nostalgia y frustración.
En lo personal, no le veo nada erótico a que nade por completo desnuda, es simplemente hermoso. Para mi, la parte erótica es cuando se encuentra dormida, cerca del final de la película. Pero bueno, ese es otro tema.
En una típica alegoría de las sirenas, es simplemente la belleza femenina la que representa una amenaza mortal para el hombre. En esta obra, esta amenaza se amplía. La cinta no trata simplemente de la belleza embriagadora de las mujeres, sino más bien de los deseos del hombre de conquistar, dominar y poseer.
Visto de esta manera, la película se puede dividir en partes bien definidas: el hombre busca conquistar a la mujer, pero fracasa. Por lo tanto, el emprende ese recorrido a pie, un rito de iniciación masculino para demostrar su hombría.
A través de este rito de iniciación, el hombre aprende a conquistar el entorno, y con ello obtiene superioridad sobre la mujer. Ergo, la mujer se somete, el hombre está feliz. Solo que en el fondo la mujer no se ha sometido; sobrenatural y fantasmal, se burla de su fingimiento.
A medida que la Tierra se va agotando, esta película cobra cada vez más relevancia. Pero nos hemos vuelto tan indolentes que ni siquiera podemos llorar por lo que se ha ido y nunca volverá. Una gran pérdida. Pero no somos capaces de darnos cuenta. La inocencia se ha ido. Hemos acabado por completo con ella.

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