Director: Dušan Makavejev
Duración: 85 minutos
País: Yugoslavia / Alemania Occidental
Reparto: Milena Dravic, Ivica Vidovic, Jagoda Kaloper, Tuli Kupferberg, Zoran Radmilovic, Jackie Curtis, Miodrag Andric, Zivka Matic, Dragoljub Ivkov, Nikola Milic, Milan Jelic, Jim Buckley, Betty Dodson, Mikheil Gelovani, Nancy Godfrey, Zedong Mao, Wilhem Reich, David Henry Bradley, entre otros.
En parte documental y en parte película de ficción, esta obra analiza principalmente la importancia del amor libre en una sociedad comunista. En la parte documental, conocemos la vida del Dr. Wilhelm Reich, quien promovió la idea de que el amor libre era un elemento esencial en la llamada sociedad comunista sin clases. Abiertamente comunista cuando no era seguro serlo (murió en los Estados Unidos en 1957), se describe a Reich como una victima de la sociedad, cuyas ideas fueron reprimidas por los tribunales, y en general se le consideraba un enfermo mental. En la parte ficticia de la película, los personajes debaten sin cesar sobre los puntos de vista de Reich.
Por un lado, me gusta una película como esta. Es decir, una cinta salvaje, ingeniosa, que se libera de las preocupaciones lógicas y mundanas sobre la trama y la caracterización de los personajes para ofrecer una crítica aguda y penetrante; aunque no me interesa tanto la crítica como la ruptura de la lógica ya mencionada.
En cierto sentido, es un ejercicio mucho más honesto que la mayoría de las producciones en el sentido de que busca sacarnos de la visión común del cine (lo que en la retórica de la época se denominaría como burguesa) y de cómo esto se transforma en arte: para ello, nos presenta desnudos frecuentes, sexo tanto simulado como real, besos entre hombres y todo tipo de rarezas, como por ejemplo la creación de un molde de lo que se convertirá en un consolador.
Fue de mi interés que presentara a Wilhelm Reich y sus ideas sobre una energía orgásmica liberadora como punto de partida de la correspondiente crítica. Sin embargo, todo el asunto resulta extraño, muy al estilo de Herzog.
En otras palabras, tengo que admitir que sobre Reich tengo un conocimiento superficial; sin duda parecía un excéntrico, pero muchas personas brillantes suelen serlo. No obstante, también hay muchos charlatanes que pueden serlo como Hubbard y Blavatsky.
Como sea, la interrogante esencial de toda esta breve reseña es ¿por qué elegir a Reich como eje central del filme? Por supuesto, Reich fue un símbolo de la opresión estatal, eso es cierto. Pero hay algo más. Ambos tenían un punto fundamental que plantear, en contra de la represión de la energía vital del individuo, y Makavejev lo sitúa en la política.
En concreto, la película se asemeja a lo que vemos en los ejercicios físicos que el propio Reich proponía a sus pacientes para liberar emociones reprimidas: una narrativa que no es lineal, la irracionalidad, la teatralidad y un largo etcétera.
Todo ello rompe las barreras del pensamiento rutinario para que podamos tener una experiencia directa que nos revitalice, siendo esta la liberación vital tan buscada. El desbloqueo visual de la mirada frente a a la norma cinematográfica como una cuestión de energía narrativa.
Hay que admitirlo, todo este ejercicio debe haber sido una experiencia de modo auténtico muy radical para verlo y acercarse a él en los campos universitarios de aquella época, si hasta el día de hoy me sigue pareciendo bastante atrevido.
Pero el tema en sí es aburridísimo, al menos en lo que respecta a su enfoque político: dicho de otra forma una sátira burda y torpe del comunismo más burdo y torpe que haya existido.
Para mi, justo ahí radica el problema. En gran medida, por supuesto el cine y el sexo son una cuestión de conciencia. Es complicado ilustrar esta noción en el contexto del propio sexo porque es complejo hablar de una conciencia sexual sin evocar un acto meramente animal, sin mencionar que a algunas personas les resultará chocante.
De todos modos, lo más racional que se puede mencionar al respecto es que un orgasmo es en esencia un proceso químico. Pero lo razonable que se puede describir sobre ello ni siquiera se acerca a explicar la experiencia de vivirlo, claro que no. Sería tan ajeno a ello como explicar la composición molecular del agua cuando te preguntan cómo se siente la humedad.
No, todos sabemos cómo funcionan estas cuestiones en la vida real, en eso que llamamos realidad. Y es que las grandes películas (al igual que el buen sexo) no se reducen de manera estricta a una imagen seductora, sino que residen en cualquier caso, en lo extraordinario de cómo (yo espectador o participante en el acto) me hago consciente de la interacción en cuestión (en contraste con la rutina perezosa del mal sexo, las malas películas y las malas conversaciones), una vitalidad que conduce a todas las demás cosas: claridad, conciencia, paz y otra vez un largo etcétera.
A mi entender, es este atributo el que distingue una imaginación inerte como la de Matthew Barney de una mente despierta como la de Pasolini.
Desde luego, toda esta representación se ve parcialmente mermada en la película porque el mundo ha cambiado con respecto a lo que era entonces hace más de cincuenta años.
Por supuesto, la crítica que sea realiza a lo largo del metraje no era tan obvia en ese entonces como lo es ahora. En aquel momento los estudiantes franceses acababan de protagonizar disturbios con el libro de Mao en la mano, contra un estado policial lo cual resulta una gran ironía.
En este caso, realmente es el ataque más mordaz contra lo que a los ojos del cineasta, era un sistema rancio y pretencioso que disfrazaba el asesinato de la alegría y la creatividad como el triunfo de la solidaridad. Pero ahora es obvio y rancio, lo cual no era realmente el efecto deseado.
Pero, siendo ecuánimes, centrémonos en la película en sí. En la primera mitad, aparecen personas reales, calles reales, y lo más importante reacciones reales e intensas mientras vemos una versión de los ejercicios en acción de Reich ya aludidos.
Ahora habría que contrastar eso con la artificialidad y la sensación teatral de los actores en la parte satírica de la cinta, en la que nada se percibe como una situación de la vida real. Quizás eso parte del meollo del asunto: allí no es donde se vive la vida.
Pero todo ese discurso, sumado al mensaje político, es en pocas palabras del mismo estilo descardo que solía usar el propio Godard.
En resumen, es una película interesante (aunque suene a lugar común). Las diferentes tramas están conectadas por las teorías de Wilhelm Reich. Pero es una de esas obras de las que probablemente sea más interesante hablar que verla, ya que avanza a un ritmo increíblemente lento, y en ocasiones parece enfocarse en actividades (como el análisis bioenergético) como si fueran una moda pasajera de grupo, y casi cae en un mensaje de iluminación al estilo de los charlatanes que tanto abundan en el siglo XXI.
Estrenada en 1971, esto tendría sentido, ya que la revolución sexual estaba en pleno apogeo. A pesar de todo esto, es una cinta relativamente entretenida, con algunas ideas interesantes. Pero de nuevo, la vida de W.R. (que esta en el título) eclipsa con creces a la producción en su conjunto.

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