Dirección: René Laloux
Duración: 71 minutos
País: Francia / Checoslovaquia
Elenco: Barry Bostwick, Jennifer Drake, Eric Baugin, Jean Topart, Jean Valmont, Sylvie Lenoir, Michèle Chahan, Yves Barsacq, Hubert de Lapparent, Gérard Hernandez, Claude Joseph, Philippe Ogouz, Jacques Ruisseau, Max Amyl, Denis Boileau, Madeleine Clervanne, William Coryn, Christian Echelard, entre otros.
Dedicados a la meditación, los Draags que son gigantescos humanoides de tono azulado y elevado estado de existencia, son la especie predominante del lejano planeta Ygam. Como resultado, la crueldad impulsa a estas criaturas intelectuales: los gigantescos Draags mantienen a la minúscula raza de los Oms bajo su yugo, domesticando a los seres esclavizados para utilizarlos como sirvientes o mascotas. Entonces, Terr un huérfano Om rebelde, escapa del cautiverio ante las narices de todos, robando el inmenso conocimiento sobrehumano de sus amos. Pero con la guerra y el exterminio sistemático amenazando la estabilidad social de todo el planeta, las colonias salvajes de Om se preparan para morir por su libertad. Ahora, el futuro de ambas razas pende de un hilo, y veremos si ambas especies serán capaces de la paz, el cambio y la coexistencia.
Ahora que he visto esta película, podría asegurar sobre ella como lo haría alguien que abusa de la hierba que es todo un viaje.
Nos encontramos en un planeta alienígena habitado por los Draag, que son unos gigantes azules. Los niños de esta singular especie juegan con unas criaturas parecidas a los humanos llamadas Om. Uno de los gigantes azulados de nombre Tiwa encuentra a un bebé cuando su madre es asesinada por otros niños.
Entonces, el bebé Om es acogido y bautizado con el nombre de Terr. A partir de ahí, el niño aprende junto a su dueño y luego se escapa, encontrándose con otros de su misma especie. A continuación, se desarrolla una lucha por la supervivencia que contiene y nos regala algunos comentarios interesantes al respecto.
Una parte sueño, una parte pesadilla; hermosa, inquietante, espeluznante, asombrosa, singular: estas son las primeras palabras que se me vienen a la mente al ver El planeta salvaje, incluso en los primeros minutos después de presionar el botón de play.
Por supuesto que luego de su visionado surgen varias comparaciones con otras obras, en especial en lo que respecta a la animación que en cierta medida recuerda al trabajo de Terry Gilliam, o antes que él, lo realizado por el checo Jan Švankmajer.
Sin embargo, no pretendo faltar al respeto a ninguno de estos cineastas cuando digo que la obra más destacada de René Laloux va mucho más allá: es más extrema, más surrealista, más extravagante, más caprichosa y tremendamente imaginativa. Es más, por más brillante que fuera la propia Gandahar (otra creación de Laloux) aparecida en 1987, no tiene nada que ver con El planeta salvaje.
En este filme los diseños de los personajes, las estructuras, los paisajes y las criaturas se asemejan más al asombro sin igual que vimos en el arte conceptual de la fallida adaptación que Alejandro Jodorowsky pretendía hacer de Dune, o a otras rarezas monumentales conjuradas no solo por H.G. Giger, sino también por Zdzislaw Beksinski o Mariusz Lewandoski.
Incluso los diálogos y la narración inventan nuevas palabras, algunas totalmente ajenas y otras que sustituyen a términos con los que los espectadores estamos familiarizados. Es cierto que parte de esta relevancia proviene de forma inevitable de la novela de Stefan Wul en la que está basada, pero no se puede negar la brillantez de la visión de Laloux en ningún aspecto.
En definitiva, cualquier comparación que se pueda hacer parece insignificante y mínima, ya que lo que vamos observando en la pantalla es tan peculiar y sorprendente que las palabras no pueden describirlo fácilmente.
Personalmente encuentro la película bastante atrayente en varios sentidos. Por un lado la ingeniosa fantasía de Laloux se ve reflejada en la minuciosa supervisión que como director realizó; luego el montaje de Helene Arnal y Marta Latalova es digno de celebración.
Sin duda alguna el trabajo de los artistas, que nos regalan unas imágenes tan espectaculares, supera mi capacidad para describirlo con palabras, ya que es abundante en detalles asombrosos en todos sus elementos.
A su vez el guion elaborado entre Laloux y Roland Topor construye una historia oscura, desgarradora pero fascinante y cautivadora, que aborda ideas como la esclavitud, el racismo, los prejuicios y la ignorancia derivada de un falso sentido de superioridad, la gestión de la vida silvestre e incluso el genocidio, por no mencionar la palabra rebelión, el dogma y la ortodoxia, la liberación, la autorrealización y mucho más.
Además, para mi absoluta satisfacción la música original de Alain Goraguer se caracteriza por esa misma inspiración notable e incalculable: sugerentes temas de ensueño espacial y psicodelia que encajarían con Goblin o Pink Floyd a principios o mediados de la década de los setenta, o con sus contemporáneos de ideas afines.
A propósito los efectos de sonido empleados a lo largo de la pelicula son inusuales, y se sienten frescos y nuevos, aunque se hayan escuchado trucos similares en el pasado. Desde luego, esto no quiere decir que haya que descartar el arduo trabajo de todos los demás involucrados, incluido el reparto de voces, pero la intención y la fuerza de esta cinta son evidentes, y el resultado es una experiencia visual deslumbrante y única de manera inevitable que hay que verla para creerlo.
Para esta sorprendente pelicula, se necesitó de una coproducción franco-checoslovaca. Luego de pensarlo, todo empezó a tener sentido.
Por el lado francés tuvimos alguna su histórica revolución y por el otro, leyendo algunos datos curiosos encontré que esta obra se retrasó debido a la invasión de Checoslovaquia por parte de Rusia en 1968. Es decir, ambos países tienen una historia de opresión que se explora en este relato.
Quiero decir, tenemos a los Draags, mucho más grandes, que mantienen a los Oms como mascotas. Luego es Terr quien aprende y después escapa utilizando el dispositivo que usa su dueño, el tal Tiwa. Lo que me gusta de todo ello es que no es aceptado de forma inmediata en la denominada raza de Oms salvajes.
Al principio lo rechazan, excepto la mujer que lo encontró. Posteriormente, a medida que son exterminados, trabajan juntos y encuentran una manera de defenderse. Llegados a este punto, el comentario fundamental es que considero que los humanos se parecen mucho a los citados Draags.
Es decir, destruimos y esclavizamos a aquellos que consideramos inferiores a nosotros. Tenemos que enfrentarnos a la matanza para cambiar y adaptarnos para sobrevivir. En consecuencia, los Draags están dispuestos a matar sin piedad hasta que se ven amenazados. Para mi, esta sigue siendo una idea relevante en estos tiempos convulsos en los que vivimos. Sin embargo, me interesa porque no es algo que se emplee para sermonear al espectador.
No puedo decir que esta película sea para todos los públicos, pero me alegro de haberme acercado a ella por primera vez. Me pareció sugestiva, digna de ser rescatada (aunque creo que puede verse en alguna plataforma muy popular).
Del mismo modo encontré interesante el hecho de notar algunos elementos suyos que se le han tomado prestados para disponer de ellos en otras películas. Como ejemplo de ello se me vinieron a la mente mientras la observaba cintas como Watchmen o la propia Yellow Submarine de los Beatles.
No te la puedes perder. Te abrirá los ojos.

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