Dirección: Woody Allen
Duración: 87 minutos
País: Estados Unidos
Elenco: Woody Allen, Diane Keaton, John Beck, Mary Gregory, Don Keefer, John McLiam, Bartlett Robinson, Chris Forbes, Mews Small, Peter Hobbs, Susan Miller, Lou Picetti, Jessica Rains, Brian Avery, Spencer Milligan, Stanley Ralph Ross, John Cannon, Myron Cohen, entre otros.
Miles Monroe, un tímido y torpe propietario de una tienda de alimentos saludables en Nueva York, es criogenizado y despierta unos 200 años después en el futuro. Como es evidente ese no es el mundo que Miles habría esperado. Ahora la ley y el orden son la norma y cualquier tipo de disidencia está prohibida. Quienes lo han reanimado se rebelan contra las fuerzas del poder y envían a Miles a su nuevo mundo diciéndole que busque el Proyecto Aries. Pero Miles no está del todo preparado para el mundo automatizado y sin emociones al que se enfrenta, lo que le lleva a vivir numerosas aventuras.
Mi historia con Woody Allen es bastante peculiar. Durante años la retórica sobre este celebrado y ahora impopular cineasta, actor, escritor y comediante mientras me iba adentrando en el inmenso universo del cine siempre fue como algo como las primeras películas de Woody Allen son geniales, son las divertidas.
Bueno, resulta que cuando yo lo encontré no me fue presentado como un cineasta divertido, así que esa manera de percibirlo siempre me ha sorprendido. Mi primer contacto con Allen debe haber sido con Annie Hall o Manhattan, y aunque ambas cintas tienen sus momentos cómicos, jamás consideré alguna de ellas como una comedia. En ambas películas se presentaban conflictos humanos e historias profundas, y sin duda la comedia les añadía valor, pero en mi caso no consideraba sus obras como meras comedias.
Ver las primeras películas del escritor y director Woody Allen en orden cronológico ofrece un recorrido interesante y fácil de seguir desde sus comienzos, cuando era esa especie de payaso parlanchín hasta convertirse en el consumado autor que conocemos en la actualidad, no solo en términos de tono y temática, sino también desde un punto de vista puramente cinematográfico.
En el caso de Allen ya había abordado la sátira en 1971 con Bananas, pero realmente supo cómo hacerla funcionar solo dos años después con El dormilón (como se le conoce en nuestro idioma), una de sus cintas más populares y una de sus ultimas comedias en las que utiliza el método del slapstick antes de pasar a obras más ponderadas y maduras como Annie Hall e Interiores, su reconocida carta de amor a Ingmar Bergman.
Como bien deben saber las revelaciones sobre su vida privada siguen preocupando, desconcertando y horrorizando a muchas personas (aunque no sea mi caso, pero ese es otro tema), pero si se dejan de lado aquellas incomodas acusaciones (lo cual es muy difícil para algunas personas), sigue habiendo mucho que admirar en la contribución de Allen a la comedia y al cine en general.
Allen en términos generales ha tenido éxito interpretando prácticamente el mismo personaje en las que es el protagonista, pero su talento como un auténtico comediante en la pantalla alcanza un punto sugerente en esta actuación. Tuvo el acierto de burlarse incluso de las convenciones físicas más sutiles y que pasan desapercibidas de la actuación en el cine, por ejemplo en una escena cuando le susurra al personaje encarnado por Diane Keaton mientras fingen ser médicos en presencia de varias personas que se encuentran muy cerca de ellos.
El dormilón trata sobre un sujeto llamado Miles Monroe, un musico de jazz y dueño de una tienda de alimentos saludables que se somete a una intervención quirúrgica rutinaria, pero sin saberlo en su lugar es criogenizado y revivido unos doscientos años después en un futuro, que como no puede ser de otra manera es distópico.
El mundo en el que despierta está gobernado por un misterioso dictador conocido como El Líder, que dirige el país como si fuese un estado policial, con todos los ciudadanos numerados y vigilados como si se tratara de una novela de George Orwell.
Sin embargo resulta que los médicos que lo sacaron de su estado de congelación lo hicieron de manera ilegal, con la esperanza de que la exclusión de Miles del registro del gobierno le permita pasar desapercibido y ayudar en la revolución que se está gestando.
Pero las autoridades pronto descubren a los médicos rebeldes, y Miles debe huir al campo y al interior de una sociedad que desconoce. Es entonces cuando improvisando, se ve obligado a disfrazarse de un robot mayordomo y llega a la casa de la narcisista y bohemia Luna Schlosser, una artista del siglo 22.
Naturalmente conforme el metraje se va desarrollando se producen toda una serie de situaciones absurdas con tono bromista y saleroso, con el propio Allen a la cabeza abrazando la comedia física de los grandes del cine mudo que todos conocemos y que son referentes en el asunto; es decir Chaplin, Keaton y los hermanos Marx, y moderando su numero neurótico de monólogos que también todos los cinéfilos le conocemos.
Si bien la tal Luna prefiere permanecer en la ignorancia al principio, sucede que después de aprender más sobre Miles se transforma en una revolucionaria en toda la extensión de la palabra. Y como ocurre con la mayoría de las comedias algunos chistes no funcionan, en especial cuando Allen se apoya en el humor de índole sexual, como el denominado Orgasmatron, que me pareció digno de un programa setentero propio de estos lares.
A pesar de que El dormilón pertenece a la fase inicial de la filmografía de Aleen, cuando sus películas se inclinaban más hacia el humor ya aludido del slapstick y la farsa que hacia la cohesión narrativa. Pero sinceramente no es necesaria tanta coherencia narrativa cuando los diálogos suelen ser tan divertidos. Las ingeniosas frases y el humor aguado y sarcástico de Allen son realmente el gran atractivo de la cinta.
Pero bajo la locura que se aprecia en la superficie, hay un comentario social que se desarrolla a través de la sátira. A través de la estructura narrativa de un hombre de 1973 que es enviado al futuro, Allen satiriza y se burla de la sociedad gringa contemporánea de los años setenta.
En cierto sentido es una pelicula que defiende el concepto de lo individual como elemento más importante, y la necesidad de conservar la propia identidad única en una sociedad segmentada en términos ideológicos, cuando no se identifica de manera completa con ninguno de los dos bandos existentes en la correspondiente división ideológica que lo domina todo.
Al final, el Gran Hermano está realmente vigilando, y aunque se trata de un mundo lleno de bufones que se distraen fácilmente con las travesuras de Miles y la tecnología resulta tan poco fiable como lo es hoy en día, es un lugar bastante horrible en el que estar.

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