Solyaris (1972)



Director: Andrey Tarkovskiy

Duración: 167 minutos

País: Unión Soviética

Elenco: Natalya Bondarchuk, Donatas Banionis, Jüri Järvet, Vladislav Dvorzhetskiy, Nikolay Grinko, Anatoliy Solonitsyn, Olga Barnet, Vitalik Kerdimun, Olga Kizilova, Tatyana Malykh, Aleksandr Misharin, Bagrat Oganesyan, Tamara Ogorodnikova, Sos Sargsyan, Yulian Semyonov, entre otros.

" Un científico es enviado a la estación espacial de un remoto planeta cubierto de agua para investigar la misteriosa muerte de un médico. Adaptación del clásico de ciencia-ficción del escritor polaco Stanislaw Lem."

Una película de "conciencia-ficción" como la definió un crítico italiano. Esta cinta está tan alejada de aquella A Space Odyssey como está el más alejado de los planetas de una galaxia aún por descubrir. Ambas obras son grandes creaciones de dos enormes de la historia del cine, pero entre una y otra creación artística media la distancia que separa al mundo de los sentimientos, las emociones y las eternas preguntas del mundo del gran espectáculo, de la obra de arte concebida casi como un Show. Ambos mundos no son beligerantes ni excluyentes, pues cada uno ocupa su honroso, legítimo y amplio espacio (medido en años luz, por supuesto), y no hay peligro alguno de que entren en conflicto, ni se destruyan. Son dos mundos en los que puede habitar el ser humano, aunque algunos cinéfilos y otros seres de difícil adaptación puedan perecer en ellos. Y es que, en su momento, se quiso presentar a esta cinta como la réplica soviética de 2001, pero quien busque en esta obra una emulación de la de Kubrick saldrá decepcionado. Ambas tienen en común su gran nivel, su militancia en el terreno de la ciencia-ficción y su ritmo lento y pausado, pero ahí se acaban los parecidos.
En esta película el director ruso lanza una mirada desde el cosmos hacia la Tierra, hacia el hombre. Tarkovsky no realiza un viaje hacia el infinito y más allá, sino hacia el mundo interior del ser humano 
" Considero que es un deber mío animar a la reflexión sobre lo específicamente humano y sobre lo eterno que vive dentro de cada uno de nosotros", escribió alguna vez.
No hay pérdidas de rumbo en esta cinta, si acaso algunas arritmias en su tramo inicial, como aquella larga secuencia del hipnótico viaje en coche, y ésa es la única crítica razonable que alguien podría plantear.
La riqueza de lecturas de esta obra no admite resumen, y aburrirá a quien busque acción física antes que intelectual o sentimental. Esta película es una bellísima y desoladora historia de amor, pero también es mucho más. Es, por ejemplo, la ambigüedad con la que se plantea el juego entre los humanos y el océano hasta difuminar las diferencias entre observador y observado. Al final resulta evidente que Solaris estudia a sus exploradores tanto o más que éstos a él, materializando los fantasmas de cada uno con consecuencias a veces trágicas. Pero va mucho más allá que ellos: les interroga, les juzga y en cierto sentido, intenta educarlos. La lección que les da es compleja: los astronautas han salido al encuentro de lo extraño antes de conocerse siquiera a sí mismos. Para el atormentado protagonista, su esposa Hari ha sido tan enigmática e incomprensible como el simulacro reencarnado por el océano. ¿Cómo conocer entonces la naturaleza de un alienígena si ni siquiera comprendemos a nuestros semejantes, incluso a los más próximos? 
Y sin embargo, ahí está la evidente paradoja. La película sugiere que resulta imposible conocerse a uno mismo sin intentar conocer lo que nos es ajeno. Por ello, acierta uno de los protagonistas al afirmar que a la hora de afrontar lo trascendente los antiguos estaban más lúcidos que nosotros.
Tarkovski no estaba interesado en la ciencia-ficción, nunca lo estuvo, así que plantea su producto como una obra reflexiva, filosófica, teológica y metafísica, en un lienzo en el que el artista plasma sus inquietudes y pensamientos y los comparte con un espectador que se sumerge en un lenguaje más allá de las imágenes y las palabras. 
No es una película sencilla, no es una película superficial, no es una película para todo el mundo, ni tampoco una película para intelectuales ni para gente culta. Es una película para cada uno, para nosotros mismos, para reflexionar. Llena de una belleza inhóspita se desarrolla con calma y parsimonia, con mimo y delicadeza, como un maravilloso cuadro que baila ante nuestros ojos.
La película de Tarkovsky me gusta y me fascina por el poder de sus imágenes (una constante en toda la cinematografía del genial director ruso), por su misterio, por su poesía, por su belleza, por su profunda reflexión acerca del ser humano. Y por supuesto, por el gran trabajo de unos excelentes actores.
Y en fin, aquí me detengo con humildad. Escueta reseña para una película insondable. Véanla  y que cada cual opine, piense, y sienta.

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