Tôkyô monogatari (1953)





Director: Yasujiro Ozu

Duración: 136 minutos

País: Japón

Elenco: Chishu Ryu, Chieko Higashiyama, Setsuko Hara, Haruko Sugimura, So Yamamura, kuniko Miyake, Kyoko Kagawa, Eijiro Tono, Nobuo Nakamura, Shiro Osaka, Hisao Toake, Teruko Nagaoka, Mutsuko Sakura, Toyo Takahashi, Toru Abe, entre otros.

"Una pareja de ancianos decide visitar a sus hijos y nietos en la ciudad; pero resulta ser que sus hijos tienen poco tiempo para ellos."

Desde que la vi, provoca mucho miedo el hacerme viejo, de tener unos hijos (o unas nueras o unos yernos) más interesados por mis posesiones que por mi bienestar. Y mas que de eso, me da miedo convertirme en uno de esos hijos o yernos malagradecidos. Si una persona después de ver esta película no siente la necesidad de comportarse de manera más comprensiva con sus padres o con la gente en general, es porque ya está bastante perdida. 
Es tal la sabiduría y la elegancia con la que se reflexiona sobre la vejez, sobre la familia, sobre la muerte y sobre el paso del hombre por este mundo difícil, que se puede llegar a sentir incluso algo de vergüenza, al pensar en las conductas cotidianas que tenemos en ocasiones con personas cercanas o de la familia.
La historia es triste como la realidad de nuestras existencias, es decir, llegar a viejos es llegar al nivel donde nos constituimos en un estorbo para los demás (incluso para la propia familia o mejor dicho, los hijos) en sobrantes, en personas que ya no merecen la atención en este mundo, sino sólo apartarse a un lado y tratar de morirse sin molestar a nadie, lo antes posible. Es el caso del matrimonio protagonista de sesenta y tantos años que van a visitar a sus hijos y notan como a pesar de que aun les guardan respeto, ya no son verdaderamente importantes ni cruciales ni imprescindibles para ellos, pues los hijos e hijas ya son mayores, crearon sus propias familias, vidas y problemas. De manera que la llegada de los padres, luego de que pasan unos días, ya se convierten en una carga, que unos tratan de quitarse de encima echándosela a otros.
La obra es una mezcla de drama y critica social. El viaje de los padres a Tokio brinda al director la oportunidad de explorar uno de sus temas favoritos: la pérdida de los valores familiares y sociales; la destrucción de la familia tradicional japonesa a causa de la presión del trabajo y el cambio de costumbres; y la sustitución de las antiguas tradiciones generadoras de cohesión social por nuevos comportamientos que provocan dispersión.
El relato se desarrolla de un modo calmado, pausado y sereno. Se evitan los trucos, los efectismos y alguna clase de subrayado. Los comportamientos personales son contenidos, sobrios y acordes con la corrección propia de los códigos sociales de Japón. La acción se mueve con parsimonia, dentro de un marco general en el que predomina la inmovilidad de las figuras, con frecuencia enfocadas de espaldas. La cámara observa a los protagonistas desde posiciones estáticas. La música no se emplea para inducir o acompañar emociones. El director no quiere crear emociones en el espectador. Las emociones de los protagonistas, las sugiere con sutilezas. El espectador entiende las vibraciones emocionales de los protagonistas, que hablan poco, pero insinúan muchas mas cosas de las que son habituales en el cine.
Y no es que sea otro país o cultura, es que es otro mundo. Nunca he conocido una familia así. Ni personas como los padres. Esa paciencia, ecuanimidad y conformidad con las cosas, las personas y los acontecimientos que me ha hipnotizado. No es que sean unos ancianos fuera del mundo o de su tiempo que asisten a los cambios de su vida y los de las vidas de sus hijos y nietos con resignación y tranquilidad. No. Ellos observan, escuchan y comprenden todo. A veces se sienten decepcionados con sus hijos, ven sus defectos y errores, incluso son victimas de ellos. Pero no se inmiscuyen en nada. No juzgan, no critican, no interceden, ni piden, ni exigen. Pero lo saben todo. Son un libro de sabiduría al alcance del que quiera consultarlos, pero no son jueces, maestros o guías. Solo escuchan y hablan, generalmente para equilibrar la balanza en el mismo centro de las cosas, donde nada es bueno o malo, justo o injusto, blanco o negro, sino un conjunto de decisiones a tomar en la vida con sus pros y contras.
Así, el tiempo no es presentado como un agente destructor que no se detiene ante nada, adquiriendo de tal modo una connotación negativa, aunque inevitable; en efecto, el tiempo se convierte aquí en el vehículo de la tragedia intima, familiar, pero es también el inflexible juez que determina el paso de lo viejo a lo nuevo. 
Ese cambio, es decir, el cambio propiamente dicho, tiene lugar en las personas y fuera de ellas, lo que le otorga una importancia histórica que hace que el filme adquiere interés como reflexión acerca de una sociedad en plena transformación. El viaje de los dos ancianos es, por tanto, un viaje entre dos tiempos, el viejo y el nuevo, entre dos sociedades, la tradicional y la moderna.
Me quedo con un momento culminante de esta historia que se produce cuando los dos ancianos se separan tras haber sido desdeñados por sus hijos. El padre entonces se reencuentra con dos antiguos amigos y se emborracha bebiendo sake, dejando al descubierto la frustración que sienten hacia sus hijos y la resignación que adoptan ante tal decepción. La realidad de los diálogos es estremecedora, tan contemporánea como aterradora.
Esto es cine con temple, bello, artesano, prodigiosamente emotivo; cine con el ritmo de la vida misma que invita a reflexionar sobre ésta sin el empleo de trucos y adornos. Vemos a dos ancianos, pero estamos viendo a los ancianos que conocemos. Vemos una familia, pero estamos viendo a las familias que conocemos. Vemos lo que hacen, pero estamos viendo lo que hacemos y lo que deberíamos y no deberíamos hacer. Vemos una sociedad, con sus urgencias y sus pasiones, pero estamos viendo a la nuestra. Vemos una película, pero estamos viendo la vida.

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