Dirección: Ken Russell
Duración: 111 minutos
País: Reino Unido / Estados Unidos
Elenco: Vanessa Redgrave, Oliver Reed, Dudley Sutton, Max Adrian, Gemma Jones, Murray Melvin, Michael Gothard, Georgina Hale, Brian Murphy, Christopher Logue, Graham Armitage, John Woodvine, Andrew Faulds, Kenneth Colley, Judith Paris, Catherine Willmer, Izabella Telezynska, Tony Allen, entre otros.
El cardenal Richelieu y su séquito hambriento de poder buscar tomar el control de la Francia del siglo XVII, pero necesitan destruir al padre Grandier el sacerdote que dirige la ciudad fortificada que les impide ejercer un control total. Así que buscan destruirlo colocándolo como brujo en control de un convento poseído por el diablo, cuya Madre Superiora está sexualmente obsesionada con él. Entonces, un demente cazador de brujas es traído para reunir pruebas contra el sacerdote, listo para el gran juicio.
Ken Russell es un director que o te encanta o te repugna, yo me incluyo en el primer grupo y disfruto irritando a los mismos que irrita Russell. Es decir, el simple hecho de que muchas de sus películas sean odiadas produce que me gusten aún más.
Podría decirse que esta es su mejor obra y la única de carácter político. Como película de época, se trata de una creación estilizada pero se ve muy convincente, y la fotografía y los diseños de escenografía de Derek Jarman (otro genio del cine) son estelares.
Habría que pensar en por qué ya no se hacen cintas como esta, y tendrás parte de la respuesta sobre el motivo por qué un filme como este sigue siendo tan impactante. A mucha gente no le gustan sus cintas por lo que revela sobre todos nosotros como especie, lo cual no deja de ser una lástima. Quiero decir, a la gente no le gustó lo que Auschwitz enumeraba sobre la humanidad, pero sucedió.
Nunca he podido entender por qué Los demonios, que fue en su momento una película tan importante que causó tanta controversia, nunca se convirtió en un clásico de culto que se transmitiera cada dos semanas por la televisión por cable. Desde mi perspectiva, esta cinta deja en ridículo a todas esas producciones de terror de mala calidad que se lanzan directamente en video en los últimos 25 años.
Comenzando con una secuencia peculiar en la que un andrógino y soberbio rey se pavonea por el escenario de un teatro ataviado como si se tratara de la venus de Botticelli, esta cinta de Ken Russell es una película que a lo largo de la siguiente hora y cuarenta minutos, puede ser capaz de ofender a tanta gente como entretenerla.
La extravagancia de la corte real francesa, llena de nobles risueños y políticos aduladores que lucen resplandecientes con la mejor moda disponible de la Edad Media, pronto se contrapone cuando la cinta dirige una mirada cruda hacia un campo en descomposición, plagado de pestilencia y enfermedades.
Los cadáveres infestados de gusanos se alinean a lo largo del camino y la atención se centra rápidamente en la ciudad de Loudun, donde el sacerdote Grandier lucha no solo contra la plaga, sino también contra los intrigantes políticos que quieren derribar las murallas.
Sin embargo, Grandier es una figura publica tan carismática que los políticos se ven impotentes ante él, hasta que elaboran un plan para manchar su reputación con acusaciones de blasfemia.
En el centro de esta conspiración se encuentra una comunidad de monjas que vive cerca, entre las cuales la encorvada hermana Jeanne desempeña un papel fundamental en esta historia. Aterrorizada por sus propios deseos sexuales, la mujer enloquece a causa de su naturaleza tan humana, y pronto la inquisición llama a su puerta y todas las mujeres del edificio son torturadas y sometidas a un lavado de cerebro en nombre del cristianismo.
Los males del fanatismo religioso son evidentes, y el padre Barre, un extremista interpretado por Michael Gothard que se roba cada una de las escenas en las que aparece, es el ejemplo más repugnante de lo que puede llegar a ser un sacerdote que probablemente veas en la historia del cine.
Este abyecto sujeto golpea y humilla a las mujeres para salirse con la suya y es tan inflexible que prefiere enviar a la gente a la muerte antes que admitir su propia falibilidad.
Llegados a este punto cabe subrayar que abundan las escenas polémicas, ya que la determinación de Barre no trae más que miseria: las monjas, sometidas al citado lavado de cerebro, se desnudan y se entregan a una orgia masiva, que culmina en la que tal vez sea la escena más ofensiva del filme, cuando una estatura de Cristo es arrancada de las paredes de la capilla y utilizada por las monjas como un verdadero juguete sexual.
Aunque pueda parecer una blasfemia (lo que generó toda la polémica que la envuelve), la película a mi parecer en sí no cae en la injuria o el vituperio, e incluso aunque resulte difícil de creer, en realidad celebra el cristianismo. Esto lo realiza a través de la figura de Grandier (con Oliver Reed en su mejor momento), un hombre cuya fe en Dios es tan fuerte que no permitirá que los lideres de la Iglesia, equivocados todos, lo desvíen de su camino.
No es un hombre perfecto y por supuesto tiene una enorme debilidad por el sexo opuesto, pero no se doblega ante la presión ni permite que el dolor físico debilite su amor por Dios; en este caso me parece que es una excelente representación de un sacerdote del que la propia Iglesia puede estar orgullosa.
Sin embargo, los sermones religiosos no son el principal atractivo del filme porque, seamos sinceros, la razón por la que la mayoría de nosotros los cinéfilos querría ver esta obra es porque es controvertida. Y con las ya mencionadas travesuras que ocurren en la cruz y las orgías que involucran a las monjas, no es tan difícil entender por qué tanta polémica la rodea con el simple hecho de escuchar su nombre; y la correspondiente Inquisición tampoco sale precisamente bien parada, ya que recorre el campo intimidando y torturando, y en ultima instancia enseñando a su amado rebaño a odiar, no a amar.
Además, Los demonios esta poseída (juego de palabras totalmente intencional) por una energía incesante y alocada que te arrastra fácilmente, y a lo largo de la película serás testigo de flagelaciones, escenas lésbicas entre monjas, inquisidores desquiciados que corean el término confiesa mientras golpean a la gente con martillos (y quizás lo más extraño de todo), a Oliver Reed en duelo con un hombre usando un cocodrilo de peluche en lugar de una espada.
Si, a veces genera un poco de incomodidad verla. Si, en ocasiones no parece más que un exceso visual llevado al límite y no, no es probable que llegue a formar parte de la colección personal del Papa en el corto plazo.
Sin embargo, el mensaje subyacente es en ultima instancia bastante puro y tiene la ventaja adicional de ser una de las películas más trastornadas que probablemente veas en tu vida, además de hacerte sentir feliz de no vivir en la Edad Media.
También es una de mis convicciones fundamentales que, a lo largo de los siglos la religión no ha sido más que una forma en que las personas más inútiles, parasitarias, abusivas y simplemente viles han obtenido poder y control sobre las masas. Basta con observar la riqueza inimaginable de las llamadas iglesias cristianas, extorsionando a sus seguidores, que actúan como ovejas a lo largo de los siglos.
Y la atroz tortura y el asesinato de quienes les desagradaban o desafiaban su poder. Y la intolerancia y la barbarie bestial que practica el islam hasta el día de hoy. Por ello, me hace sentir más orgullo que nunca el declararme como un ateo radical.
Si alguna vez tienes la oportunidad de ver la versión restaurada, no podría recomendar más que te acerques a ella y vivas la experiencia tan singular que es su visionado.

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