Andrey Rublev (1966)




Director: Andrei Tarkovsky

Duración: 205 minutos

País: Unión Soviética

Elenco: Anatoliy Solonitsyn, Ivan Lapikov, Nikolay Grinko, Nikolay Sergeev, Irina Tarkovskaya, Nikolay Burlyaev, Yuriy Nazarov, Yurir Nikulin, Rolan Bykov, Nikolay Grabbe, Mikhail Kononov, Stepan Krylov, Bolot Beyshenaliev, B. Matysik, Anatoliy Obukhov, entre otros.

" La vida, los momentos, las épocas y las aflicciones que vivió el iconógrafo ruso del siglo XV"


Andrei Tarkovsky es el cineasta ruso más conocido y reconocido en el mundo junto a los pioneros Pudovkin o Eisenstein. Su cine es contemplativo, lento, detallista, documental, quizás grandilocuente. Está emparentado con el cine de Kubrick o Werner Herzog (la construcción de la campana y el barco de Fitzcarraldo tienen mucho en común). Pero es un cine difícil. Sin duda (nunca vayas con tu madre a ver una pelicula de Tarkovsky). 
Presenta los escenarios, los hechos, los objetos, los protagonistas, los diálogos, las acciones, pero no explica nada. Exige concentración y sobre todo, cierto pre-conocimiento del contexto (o algo más). Y siempre queda casi todo abierto. Los finales y los principios. Hay que aceptarlo así y disfrutarlo así.
Esta película junto a Solaris y Stalker, son tres de sus obras fundamentales. Con temáticas radicalmente distintas, tienen mucho en común (la forma de entender el cine de Tarkovsky): la medición al detalle de todos los planos y encuadres (como si de una obra pictórica se tratara), el control de los actores, la recreación en cada escena, en cada personaje, en cada objeto; y esa captación visual y sonora de los arroyos y cursos de agua cristalina. Todo despacio, muy despacio. No hay prisa. ¡Qué agradable es la caída de la lluvia en las películas de Tarkovsky!
El propio director ruso dijo en una ocasión que el secreto de un director está en narrar de una forma interesante. El lo hizo. Y lo hizo con medios. La industria del cine ruso le dio dinero. 
Puede haber diferentes formas de hacer cine, pero sin duda el que más frutos artísticos ha dado a día de hoy es el llamado cine de autor. El cine en el que director domina (de una u otra forma) a los actores y a todos los técnicos de la producción. Para ejemplificar esto, habría que nombrar a gente como Kubrick, Allen, Almodovar, Buñuel, Lynch y un largo etcétera.
En su segundo largometraje, el cineasta ruso realizó la biografía de una de las figuras claves del arte de su país, Andrei Rublev, pero lejos de centrarse en sus logros o en el proceso creativo del pintor, Tarkovsky profundiza en sus dudas religiosas, su odisea existencial, analizando la etapa más dura, amarga y difícil del emblemático artista. El cineasta está interesado en las más profundas cuestiones del alma humana, en la desesperación del hombre, la duda existencia, religiosa y personal, y en las más desesperanzadoras luchas internas.
El director soviético divide su película en siete capítulos de relativamente escasa duración en los que Andrei Rublev es más o menos protagonista, llegando en ocasiones a no tomar parte de ninguna de las situaciones presentadas, pero cobrando especial relevancia en otras. En cada una de las partes, Tarkovsky arroja luz sobre la difícil vida del pintor, pero en las casi tres horas de metraje no sólo elabora una completa biografía del artista ruso, sino que realiza un análisis concienzudo de la época, tanto en el aspecto político como en el religioso y social. De tal forma que profundiza en cada tema con una facilidad pasmosa, en una exposición emotiva de la barbarie de aquellos tiempos, el predominio del pensamiento religioso, la influencia de este en las personas y la lamentable e incierta vida de la clase baja, quien existe en amenaza constante.
Si hablamos del protagonista de la emblemática obra del cineasta ruso se ve desbordado por la maldad, el egoísmo y la crueldad humanas, negándose a pintar esa desalentadora obra del juicio final en un mundo que ya de por sí era lo suficientemente desilusionador sin ella. Andrei ve con sus propios ojos la muerte, la violencia, la barbarie de su gente, de los seres humanos como él, que matan a sus propios hermanos. Esta visión genera en el una fuerte duda existencial que desemboca en la pérdida de su fe, de su esperanza en el mundo y en lo más allá de lo terrenal, que acaba con su genio creativo, decidiendo dejar de pintar. 
En contraposición a estas deprimentes temáticas, la pasión que imagina Andrei, así como otras escenas en las que el polen o los copos de nieve revolotean en el aire, están iluminadas, radiantes, como si de un bello sueño se tratara, como si la maldad nunca hubiera puesto sus pies en aquel lugar. Andrei habla de la bondad del ser humano y del amor, firmes creencias que una vez defendió, cuando creía no estar equivocado. Solo el llanto de un niño sin padre, un joven que cuando consigue el éxito no le sabe a nada, sino que ansia algo más allá, le hará encontrar, inconscientemente, el camino acertado, le dará las respuestas que busca, le dará el sentido a todo, aunque nosotros no lo veamos, aunque ni siquiera él lo entienda. Y entonces dará vida a la obra por la que será recordado.
Ahora bien, habría que señalar y lo confieso: no sabría decir que impresión me ha causado esta cinta. La sorpresa de lo no convencional quizá me pueda llevar a sobrevalorarla del mismo modo que me impide estimarla en más la molestia de no poder sentirme cercano a ella o encerrarla en un escueto mensaje (sea una moraleja, una lección de arte o una denuncia política).
Puede ser un acierto el de su estructura narrativa: las tres horas y media se pueden facilitar (más de lo que se pueda pensar) gracias a la división en capítulos relativamente breves, como si se tratara de fotografías o si permite, de iconos. Algunas de ellas se pueden calificar de verdaderas joyas del cine (la secuencia inicial, la fiesta pagana, el impresionante saqueo de los tártaros y la construcción de la campana); otras, de insufribles travesías por el desierto.
El manejo de la cámara deja boquiabierto. Algunos planos-secuencia en las escenas de personajes colectivos derrochan genialidad. Los planos largos y más de un plano de detalle nos sacan de la narración para acercarnos a la poesía visual. 
Las intenciones de la obra no se dejan ver con claridad. Los espectadores nos vemos abocados a especular, a intentar adivinar que ocurre, cosa que no siempre es agradable. En primer lugar, descartamos automáticamente que la película encierra el puro gusto por narrar: esto deja de ser una película biográfica desde la primera escena. La figura de Rublev, el monje-artista, está casi ausente por el voto de silencio. Es un sujeto que no actúa, sino que padece. Es el débil hilo que impide que todo se convierta en un caos irreversible; porque el desorden caracteriza a este filme, toda vez que los personajes aparecen y desaparecen al antojo del guionista.
Se tocan temas (casi lugares comunes) como la crisis de inspiración y el dolor del artista por la tragedia de la realidad social, a lo que tal vez algunos se atreverían a pensar que ahí existe una critica política. Se oponen dos modelos de artistas: el que reniega interpretado por Rublev y el que no se rinde, que en este caso sería el campanero. Ahora bien, da la casualidad que el campanero no conoce el oficio, le mueve la necesidad y el afán de supervivencia. En realidad, no es un artista en el sentido estricto y sin embargo, obrará el milagro que el maestro de la técnica, el purista sumido en el desconsuelo, necesitaba para creer. Puestos a especular, queda patente que Tarkovsky hace del arte una religión, una cuestión más de fe que de razón. Por eso, no la vieron con buenos ojos los gendarmes del materialismo soviético.
La película es solo medianamente fiel a la historia de Rusia del siglo XV. Pero eso no importa. Se trata de disfrutar de la belleza. La belleza salvará al mundo ¿o no?

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