Dirección: Monte Hellman
Duración: 102 minutos
País: Estados Unidos
Elenco: James Taylor, Warren Oates, Laurie Bird, Dennis Wilson, David Drake, Richard Ruth, Rudy Wurlitzer, Jaclyn Hellman, Bill Keller, Harry Dean Stanton, Don Samuels, Charles Moore, Tom Green, W.H. Harrison, Alan Vint, Illa Ginnaven, George Mitchell, A.J. Solari, entre otros
El conductor y el mecánico son un par de amantes de los autos que conducen un Chevy 1955 por el suroeste de Estados Unidos, en busca de otros autos para correr. Están totalmente dedicados a su auto y hablan entre ellos solo cuando es necesario. En una gasolinera, junto a una chica que se ha congraciado en su mundo, conocen a GTO (por aquello del Pontiac), un hombre de mediana edad que fabrica historias. Todos deciden tener una carrera a Washington, donde el ganador obtendrá el auto del perdedor.
A quienes les encanta esta cinta parece que es de esa forma por esa sensación especial que les transmite. Al recordarles una época que vivieron en primera persona, la película les evoca sus propias experiencias pasadas (o al menos, las que les hubiera gustado vivir), lo que eleva la maestría y la narrativa desenfadada de la cinta a un nivel distinto por completo.
Es una historia de viaje por carretera sin un destino concreto. Es una película de carreras en la que todos se detienen a tomar un café para que los demás puedan alcanzarlos. No hay un destino preciso. El viaje no tiene un propósito, y ese es precisamente el propósito de la anécdota.
De los cuatro personajes principales (se podría decir que son seis si se incluyen los dos autos) solo el mecánico parece saber con exactitud lo que desea, y eso es ir de carrera en carrera con el auto, arreglándolo cuando se descompone y ajustándolo antes de cada exhibición. Los otros tres: el conductor, la chica y GTO, se definen casi por completo por su falta de propósito, que se manifiesta de diferentes maneras.
Un conductor y un mecánico de un Chevy tuneado del 55 (interpretados por los músicos James Taylor y Dennis Wilson) tienen la mente puesta en una sola cosa mientras recorren el paisaje estadounidense, luego recogen a una adolescente que se halla en plena búsqueda de respuestas a la que le gusta el sexo esporádico y organizando una supuesta carera sin destino fijo con un hombre que conduce un GTO de una generación anterior.
Carrera sin fin (nombre usado en nuestro hermoso idioma para referirse a ella) fue promocionada por la revista Esquire antes de su estreno como el próximo éxito de la contracultura, casi a la altura de Easy Rider lanzada un par de años antes.
Basaron sus elogios únicamente en el guion, pero fue un fracaso de taquilla porque se trata de una odisea sin rumbo por Estados Unidos emprendida por marginados de la sociedad, con dos protagonistas unidimensionales que son fanáticos de las motos, y por lo tanto personajes aburridos.
Como en mi caso yo le hubiese titulado La interminable autopista metafórica de una vida sin sentido, se trata más bien de una película de arte existencialista con algunos diálogos ridículos que de un mero entretenimiento convencional, razón por la cual a la mayoría de la gente le resulta aburrida y decepcionante.
A mi parecer la historia y las ideas subyacentes simplemente no son tan convincentes como las de sus predecesoras como Bonnie and Clyde, o la citada Easy Rider por no mencionar la posterior Dirty Mary, Crazy Larry que utilizó el mismo material básico para ofrecer una experiencia mucho más agradable.
Incluso la obra de temática similar Vanishing Point la superó en los cines por cuatro meses en el momento de su lanzamiento y es un poco más recordada por la historia.
A pesar de haber caído en el olvido, Carrera se ha convertido como era de esperarse en una película de culto gracias a sus puntos fuertes, entre los que se incluyen los dos conocidos músicos que la protagonizan.
A este respecto, Wilson es mejor actor que Taylor, pero es obvio que ninguno de los dos está al nivel de Adam Roarke y Peter Fonda en la aludida Dirty Mary Crazy Larry, y Bird que cierra el trío tampoco es tan convincente como Susan George.
Y sin embarga, son lo suficientemente buenos para los propósitos de esta singular película y además esta es la única vez que vas a ver a cualquiera de ellos en un papel protagónico en su mejor momento.
Por lo demás Dennis nunca volvió a actuar tras el fracaso de esta película, y James se mantuvo alejado durante más de una década de las pantallas y poco después regresó a la televisión. Por su parte, Laurie solo apareció en otras dos cintas de menor importancia varios años después, antes de suicidarse en el ático de su novio Art Garfunkel en Manhattan en 1979.
Como sea, es en los interesantes temas que se esconden bajo la superficie donde esta obra brilla. Por ejemplo, Estados Unidos puede ser sin duda un lugar hermoso en ocasiones, pero con mayor frecuencia se trata de un sitio desolador, poblado de almas alienadas y que se hallan en plena lucha luego de haber perdido su brújula moral.
En un mundo así, posterior a los años sesenta, donde los fanáticos de los autos se comportan como pistoleros del Viejo Oeste ansiosos por una oportunidad para desenfundar más rápido que el pistolero más veloz de la ciudad, solo que ahora lo realizan con sus autos y las carreras.
En medio de todo esto, los habitantes del pueblo de marras miran con recelo a los melenudos tras los asesinatos de la Familia Manson, aunque estos muchachos en particular no sean hippies que se mantienen intoxicados a lo largo del día.
Luego entonces la famosa carrera que pone supuestamente la anécdota en movimiento se desvanece porque en realidad nunca hubo tal cosa (ya que el mecánico nunca pone en juego el título de propiedad del auto). Por lo tanto, se trata de un viaje sin sentido y sin destino.
Por consiguiente la relación simbiótica que existe entre los protagonistas (en la que solo pueden comunicarse sobre el auto) es interrumpida por la chica, pero solo de forma momentánea, ya que como es comprensible, se aburre de ellos y huye por capricho hacia la siguiente posibilidad de satisfacción.
En ese sentido, hay que recordar que en algún momento se pone a cantar en el restaurante la famosa canción de los Stones. No hay mejor pista que esa para entender la enorme insatisfacción que está experimentando.
Al fin y al cabo, esto es lo más alejado que existe en la historia del cine que pueda nombrarse como una película de carretera divertida y emocionante. Es más bien un comentario triste y monótono sobre la sociedad estadounidense, con los rebeldes años sesenta aun frescos en el retrovisor y la guerra de Vietnam llegando a su fin.

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