Duración: 114 minutos
País: Estados Unidos
Elenco: Jane Fonda, Donald Sutherland, Charles Cioffi, Roy Scheider, Dorothy Tristan, Rita Gam, Nathan George, Vivian Nathan, Morris Strassberg, Barry Snider, Betty Murray, Jane White, Shirley Stoler, Robert Milli, Anthony Holland, Fred Burrell, Richard B. Shull, Mary Louise Wilson, entre otros.
Tras la desaparición de un hombre de negocios, la policía se queda en blanco, excepto por una escabrosa carta que se encuentra en su escritorio dirigida a una prostituta de Nueva York. Su amigo originario de un pequeño pueblo, John Klute, viaja a la gran ciudad para buscarla. Al principio su relación es cautelosa, y ella lo ve como otro hombre al que manipular. Pero alguien parece estar acosándola, y las actividades de Klute aumentan el peligro a medida que comienza a crecer una especie de vinculo entre la inusual pareja.
Hoy en día recurrimos a lo más común cuando se trata de elegir palabras descriptivas para el asunto del cine y sus creaciones. Solemos llamar impresionante a una película realmente destacada, lo que nos deja sin palabras cuando una cinta de forma natural nos inspira asombro como espectadores, como es el caso de la actuación de Jane Fonda que encarna a una tal Bree Daniels en esta obra conocida en nuestro idioma de manera muy poco creativa como El pasado me condena.
Y en esta ocasión no ocurrió por las mismas razones por las que de forma normal me impresionan las actuaciones. Hay que señalar que la cinta no tiene grandes escenas de esas que involucran colapso emocional con lágrimas o con interrogatorios apasionados que discurren en el solitario estrado de los testigos o los acusados.
Simplemente esta mujer interactúa, trata de entender sus propios sentimientos y la falta de ellos, y los vive. Luego toma todas las decisiones correctas, desde la forma en que camina y sus matices vocales hasta la inmersión en la mente desbocada de la chica. Es una actuación tan singular como distinguida.
Posee una especie de concentración ansiosa que la mantiene tan decidida y en sintonía con un personaje de película que este parece preocupado de modo genuino por lo que sucede en la historia. De hecho, se tiene la extraña sensación de que Bree tiene otras cosas en mente, otros planes y estaba a punto de dedicarse a ellos cuando surgió lo que da arranque a esta narrativa.
Klute (como prefiero nombrarla) es una de las películas más relevantes en las que el director de fotografía Gordon Willis, más que ningún otro, definió el estilo cinematográfico de la década de los setenta: composiciones sofisticadas en las que los destellos de luz y la oscuridad plasman con crudeza la vaga filosofía de esa década.
El fotógrafo imbuye a la cinta de sombras y tomas largas subexpuestas con una delicadeza y una expresividad pocas veces vistas antes en película a color. Además posee un sentido natural de la composición poco convencional pero formal y de la belleza oscura, utilizando una estética sombría para caracterizar no solo el aspecto, sino también el significado preciso y la atmosfera de una película.
Sin embargo, más allá de ser simplemente un neo noir o un thriller policiaco, esta primera entrega de lo que con el tiempo se conocería de forma extraoficial como la trilogía de la paranoia del talentoso y muy subestimado director Alan J. Pakula versa sobre una prostituta neoyorquina experimentada, astuta, cínica y autosuficiente que carece un corazón de oro.
Esta inquebrantable fémina nunca siente nada cuando está con un cliente, pero sí experimenta una sensación de satisfacción por su destreza cuando logra complacerlos. Y hay que admitirlo, algunos de ellos tienen deseos muy complejos que ponen a prueba la inspirada capacidad actoral de su personaje.
Para citar un ejemplo de ello tenemos al viejo magnate de la industria textil, que idealiza una vida repleta de optimismo en la Europa de antaño, y Bree se la describe con calma y ternura mientras se desnuda. Mientras todo esto sucede, nos percatamos que el no la toca en absoluto.
La citada Bree es el eje central de una historia cuyo personaje principal es un policía que ha llegado a Nueva York, de manera improvisada para resolver un caso de persona desaparecida. Parecer que el hombre desaparecido podría seguir con vida y ser la causa de las notas y llamadas obscenas que Bree ha estado recibiendo.
En un principio, la voluble Bree rechaza a Klute, aunque al final accede a tener una conversación con él, en esencia porque le generan pánico los acosadores nocturnos y quiere que el investigador se halle a salvo. Es justo en ese punto, más que en los aspectos de suspenso de la trama, donde el tema de la obra se convierte en mayor o menor medida, en la paranoia. Ergo, se trata de una relación romántica basada en ella.
Por supuesto, el pensamiento paranoico tiende a incluir a uno mismo. En ese sentido, se distingue del dogma o la estupidez. Y resulta fascinante observar cómo dos actores (uno de los cuales solo tiene cuatro o cinco líneas en toda la película) desarrollan una química en común, en gran parte intuitiva a partir de los sentimientos de Bree generada por una aparente amenaza hacia ella, y de lo que solo podemos percibir como una construcción gradual de confianza en ella, partiendo de una sospecha asociada al hecho de que el investigador es ajeno a su estilo de vida.
Pero, ¿Cómo se construye una relación entre una prostituta inestable y un policía integro y pusilánime?
Este thriller dramático de naturaleza y esencia psicológica lo consigue al convertir al policía (en una de las mejores pero poco conocidas interpretaciones de Donald Sutherland) en una persona moderada y formal, un hombre sinceramente preocupado por esta fulana con la que se ha cruzado.
A mi parecer la forma de actuar de Sutherland es una parte importante de lo que ocasiona que su relación sea tan cautivadora. Por lo general, en el cine simplemente se da por sentado que los amantes se sintieron atraídos el uno por el otro ya que el guion tiene una vaga idea de los perfiles demográficos simplistas de la audiencia.
En razón de lo cual las escenas entre Fonda y Sutherland son por lo tanto sumamente logradas, y el personaje de Bree se profundiza aun más en escenas que la muestran tratando de escapar de su oficio para dedicarse a algo respetable. Y entonces toma clases de actuación, se presenta a audiciones para ser modelo en anuncios de cosméticos. También habla con su psiquiatra en escenas que literal, verdadera y absolutamente se sienten como un documental y ponen de manifiesto de manera permanente la brillantez irrefutable de Fonda.
Es por ese motivo que la historia, que de otra manera se ha contado muchas veces de formas menos interesantes, funciona con tanta frescura y realismo. En Klute no hay dos guapos sin talento actoral recitando frases hechas y huyendo de los secuaces.
Con Fonda y Sutherland, hay actores que comprenden y se identifican con sus personajes, y uno desearía que todos los cineastas sintieran que su material merece este grado de ingenio dramático.

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