Dirección: Miklós Jancsó
Duración: 87 minutos
País: Hungría
Reparto: Andrea Drahota, Gyöngyi Bürös, Erzsi Cserhalmi, Mari Csomós, Ilona Gurnik, Éva Spányik, Zsuzsa Ferdinándy, József Madaras, Lajos Balázsovits, Tibor Orbán, Jácint Juhász, András Bálint, Bertalan Solti, Tibor Molnár, János Koltai, István Bujtor, Gábor Kiss, Péter Haumann, entre otros.
Ambientada en la década de 1890 en las llanuras húngaras, un grupo de trabajadores agrícolas declaran una huelga en la que se enfrenta a duras represalias y a la realidad de la revuelta, la opresión, la moralidad y la violencia.
Considero que la discusión sobre el arte y lo que no lo es, es una auténtica pérdida de energía sin sentido, así que dejaré que otros verdaderos eruditos decidan si este filme puede ser considerado como gran arte o no.
Sin embargo, el hecho de que esta creación sea o no un triunfo cinematográfico frente a la propia trama y los correspondientes personajes como defienden algunos, dependerá de forma invariable de cómo cada individuo sea capaz de definir lo cinematográfico.
En mi caso no se ajusta a la mía, al menos a mi definición de una experiencia cinematográfica tan sugerente que te haga olvidar todas las tribulaciones de la mente.
Esta es la puesta en escena: al parecer estamos en la década de 1890 en pleno siglo XIX, el escenario es una superficie de llanuras húngaras que se extienden en la distancia. Un pueblo de campesinos se ha declarado en huelga, y se libra una batalla por el dominio de sus almas y sus mentes.
De vez en cuando aparecen de la nada recién llegados, algunos jóvenes intelectuales que dan discursos apasionados sobre Engels y la teoría socialista, sacerdotes con sus sermones y ritos, y soldados de alguna autoridad opresiva y lejana.
La gente suele mostrarse por momentos confundida, por otros enérgica; por instantes audaz, en otros suele verse desesperada. Se atacan entre sí, queman una iglesia. Del mismo modo rezan y celebran juicios. De vez en cuando cantan y bailan sobre sus desgracias, apuñalando a quienes consideran más privilegiados.
Incluso los soldados se suman a sus filas revolucionarias, para luego separarse de ellas, y dispararles a muerte. Todo esto sucede en círculos en esa misma llanura de manera repetitiva y monótona.
Es cierto, la alegoría es contundente: lo que otros pueblos habían estado denunciando durante años contra los nazis: un ataque encubierto contra la hipocresía y la tiranía de un Estado lejano, al celebrar las esperanzas y el idealismo traicionados.
Es cierto, todo eso está bien, salvo por un factor que vale la pena comentar. Vemos mucha agitación, mucho dolor convertido en canción. Pero no estamos ligados al alma humana por nada de eso. Nunca conocemos a ninguna de estas personas más que de una manera esquemática, como si se tratara de actores sobre un escenario.
Porque todos y cada uno de ellos son arquetipos de personajes de la historia de aquel lejano y desconocido país. Y una cámara incorpórea deambula de forma litúrgica una y otra vez alrededor de estos rostros, pero no tenemos acceso a lo más intimo de sus vidas reales.
Es una cuestión de presentación. En alguna de sus obras, el realizador húngaro resolvió esto al sumergirnos primero en un mundo en guerra, con lo que está en juego y sus límites, con la sangre corriendo por las venas de las personas.
Así que, cuando pasó a la abstracción, nos alejó la distancia justa del mero derramamiento de sangre sin sentido para contemplar una rutina más cósmica.
En este caso, la abstracción ya está completa antes de que lleguemos a ese punto de la narrativa. El mundo abstracto ya se encuentra establecido, y no se transforma de nuevo: el escenario austero, la visitas, las recitaciones y las ceremonias. No das el salto hacia una visión estática, y eso depende de ti como espectador.
Así que el efecto de la experiencia es como si te llevaran a una sala donde la gente se encuentra sentada tan cómoda como tranquila con los ojos cerrados y te dijeran que ese ambiente repleto de solemnidad que observas es nada más que meditación. Pero, ¿cómo sabes que no están durmiendo?
Antes bien, más allá de que no tengo ninguna duda de que esta es una obra clave en la filmografía del director (lo que ocasiona que mi reacción, que no fue precisamente entusiasta, me resulte aun más dolorosa) pero, siendo francos esta debe ser una de esas creaciones en las que la forma supera por completo al fondo, o para decirlo en términos sencillos y más apropiados, una película que solo se puede admirar, más no disfrutar (a menos que seas húngaro o socialista).
A mi entender, la razón principal de esta mi sesgada impresión es que toda la duración del metraje (unos relativamente modestos 81 minutos) está ocupada por la obsesión del director por la política y el folclore, sin dejar espacio para que surjan personajes reales y mucho menos una trama discernible.
Desde luego esto no sería un problema en sí mismo de no ser por el hecho de que, cuando alguien se toma un descanso de los constantes (y a cierta altura ya sobado) maratones de baile comunitario (lo cual por fortuna significa que algunas de las chicas, deslumbrantes por sí mismas, llegan a despojarse de su ropa) lo hace solo para soltar una letanía de diatribas comunistas que en poco tiempo, agotan por completo al espectador (y a la propia película).
Aunque el exuberante estilo visual de Jancsó siempre tuvo cierto aire distante, la verdad es que no logré conectar en absoluto con ninguno de los personajes ni con los acontecimientos que se muestran en esta cinta.
De hecho, me atrevería a decir que es una de esas ocasiones en la que los subtítulos (que por si mismos, son torpes en cuestiones gramaticales y están plagados de errores sintácticos) se sintieron de forma clara como una intrusión y su verbosidad le resto fuerza a las imágenes compuestas de forma meticulosa.
En consecuencia, el disfrute de la película en su conjunto se ve afectado por ello, y dada la naturaleza genérica y prosaica de los diálogos. Sin embargo, de modo curioso la oración católica del Padre Nuestro se transforma incluso de manera blasfema, en un credo comunista en un momento dado.
A pesar de lo mencionado, esto no quiere decir que la película carezca de valor por completo: por citar ejemplo de algo valioso tenemos a los campesinos rebeldes que entonan varias canciones (algunas de las cuales están en inglés) que si bien en cuanto a la letra son mera propaganda, también resultan en términos melódicos muy cautivadoras.
Dada la predilección del director por los planos secuencia largos y con movimientos de cámara (se dice que la obra contiene 26 en total) que son en esencia su verdadera razón de ser, algunas imágenes impactantes no pueden dejar de sobresalir, en particular el incendio de una iglesia a manos de los campesinos y su posterior masacre a manos del ejército de defensores de los terratenientes.
A la par resulta notable la forma en que el realizador fusiona su recreación histórica con elementos fantásticos inesperados, pero entregados de manera perentoria en las que los muertos vuelven a la vida con un beso, y en un alboroto inesperado ante el cual nadie reacciona, una campesina enfurecida dispara a varios soldados en rápida sucesión por su propia cuenta.
Como resultado de mi decepcionante experiencia al ver Salmo Rojo he decidido tomarme un descanso de este director por ahora y posponer para más adelante las otras tres películas suyas que tengo en mi poder.
Ya veremos qué decide el azar, la casualidad, la propia fatalidad o la simple circunstancia

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