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Boyhood (2014)




Director: Richard Linklater

Duración: 165 minutos

País: Estados Unidos

Elenco: Ellar Coltrane, Patricia Arquette, Elijah Smith, Lorelei Linklater, Steven Chester Prince, Bonnie Cross, Sydney Orta, Libby Villari, Ethan Hawke, Marco Perella, Jamie Howard, Andrew Villarreal, Shane Graham, Tess Allen, Ryan Power, entre otros.

" La vida de Mason, desde su infancia temprana hasta su llegada a la Universidad. Una década poblada de cambios: mudanzas y controversias, relaciones que se tambalean, bodas, diferentes colegios, primeros amores, también desilusiones, momentos maravillosos, de miedo y de una constante mezcla de desgarro y sorpresa. "

Esta cinta ofrece un mosaico tormentoso de la realidad cotidiana más vulgar e insignificante pero con una fuerza y destreza que arrollan por su inapelable veracidad y convicción. Es un manual del devenir intrascendente de unos personajes banales y ordinarios, que sin embargo construye una imagen de una fuerza terrestre apasionante. El conjunto es más que la suma de las partes y lo intrascendente del relato nos propone un espejo nada virtuoso en el que vernos reflejados en su nada favorable perseverancia de las noches y los días llenos de sinsabores, ilusiones, tristezas, fantasmas, deseos, falsedades y huidas. Entrar en esta propuesta es salir de casa y encontrarnos con nuestro propio rostro y las transformaciones y recovecos irrenunciables de la vida.
No hay nada especial en esta cinta, sin embargo todo el engranaje es perfecto y funciona sin fisuras ni redundancias, sin desfallecimiento. El metraje vuela ante nuestros ojos y las casi tres horas pasan en un suspiro (como la vida misma) y el ayer es hoy y el mañana nos dejará aún más envejecidos y desapegados, como la misma naturaleza que encarnamos. La modestia y humildad de la propuesta es su máxima virtud. Nada especial, nada vertiginoso, nada atroz ni que produzca disgusto, nada retorcido ni vanguardista, nada que destaque por encima de lo demás, y sin embargo, asistimos al acontecer sutil y variado de la vida en su caleidoscópica pluralidad.
Como sea, habría que preguntarse si la película de Linklater es mejor o más profunda por el hecho de que su grabación haya ocupado un espacio de 12 años y sido sintetizado en el metraje de una sola obra. Personalmente, lo dudo. Y quizás los elogios que cosechó en su momento se vean facilitadas por una analogía, inevitable e inquietante, tanto como evidente: el envejecimiento de los personajes corresponde a un envejecimiento real de los propios actores. La sugestión de lo que está viendo, por ende, es más auténtico que cualquier otra película en la que los actores hayan sido reemplazados o en que se haya simulado el paso del tiempo, es tremenda. Y recalco la palabra sugestión.
En cierta manera, está extensión temporal puede interpretarse como un logro casi metafílmico, pero yo creo que sería más adecuado etiquetarlo como un dato extra-cinematográfico, pues la esencia de la película, a fin de cuentas, no está en las vicisitudes o particularidades con las que se haya desarrollado la filmación. La esencia podría haberse captado de igual forma sin la continuidad de los actores en el espacio de una década. 
Por ello, lejos de la revolución temática que supuso para muchos, a mí me parece redundar en un tema que ha sido tratado en multitud de ocasiones sin tanta palabrería y tanta promoción absurda. Ejemplos de películas que también tratan el paso del tiempo y el cómputo de momentos que acaba restando de la vida de un individuo y que, además, son esencial y visualmente superior hay muchos.  Se me ocurre Barry Lyndon o la obra Ingmar Bergman de nombre Smultronstället (mejor conocida como Fresas Salvajes por esta zona). De hecho, el propio Linklater ya caminó por estos senderos con la trilogía de Jesse y Celine. Todo ello para justificar el por qué no me parece, en absoluto, una película estrictamente original, salvo, volvemos, por su premisa extracinematográfica, a la que no concedo un valor más allá de dato curioso.
En algún sentido, la película es simplemente convencional. La primera vez que la vi conectó conmigo a niveles también convencionales. Por ejemplo, yo también viví modas, también crecí junto a fenómenos de la televisión, y en ciertos niveles, soy producto de una coyuntura social determinada. Es decir, me ha tocado vivir ciertos acontecimientos históricos, y otros no. He recibido algunos madrazos con la mano abierta en la nuca, tuve la oportunidad de platicar larga y despreocupadamente con mis compañeros de clase sobre banalidades y también me tocó despedirme de un primer amor (¿o ella me despidió a mí? No sé) que al día de hoy está sepultado en la memoria.
En este punto llego otra vez al punto en el que me refiero a su mayor fortaleza. Le agradezco al director que haya comprendido, con la lucidez necesaria, que presentar la vida de Mason de la forma más cotidiana y trivial posible era el modo perfecto de simbolizar el paso cadencioso, casi imperceptible, con el que va discurriendo el tiempo. La vida, exactamente, está lejos de ser una colección de episodios melodramáticos. De tal manera que en la película no ocurre nada que se salga de lo cotidiano y no tendría porque ser de otra manera. Al deambular por la infancia y adolescencia de Mason, han relampagueado en mi memoria momentos similares de mi propia historia, y curiosamente eran evocaciones y recuerdos de momentos completamente intrascendentes y otros no tanto; pero es extraño que hablando particularmente de las nimiedades sin importancia alguna, permanezcan en mi memoria.
Como sea, me parece que existen formas más elevadas y menos elevadas, de hacer cine de la vida real. Hay una diferencia, que no se puede desestimar entre presentar hechos y limitarse a no adornarlos para que parezcan genuinos, y provocar que el hecho cotidiano, presentado como continente trivial, trascienda mediante claves conceptuales muy determinadas. En este sentido, la naturalidad de la película no me parece estéticamente relevante, ni inventiva, bajo ningún concepto.
En fin, es una película contemplativa, delicada, esmerada, placentera y llena de serenidad. No gustará a los sedientos de acción, ni a los obstinados en hallar en las cintas sorpresas narrativas o impactos visuales, ni a los impacientes o los ansiosos. Pero ofrece un mundo tan reconocible como irrefutable. Tan fiel como verídico. En conclusión, la vida es la suma de los días que fluyen sin reposo.

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