Una mirada sin mesura


Siempre había querido escribir sobre esto de las redes sociales y la estupidez que las gobierna. O tal vez debería decir: sobre la gente estúpida que las usa. Debo manifestar que no lo había hecho porque generalmente cuando no tengo nada nuevo o distinto que se pueda opinar sobre alguna cuestión, prefiero no expresar nada, prefiero quedarme callado. Y bueno, sobre eso de las redes sociales se ha escrito, estudiado y hasta debatido si son buenas o no, si son útiles o no, si son una forma de expresión de una amplia gama de patologías y toda clase de intercambio de opiniones, que hacer un juicio sobre ellas en este punto no resulta nada original. Generalmente el resultado en el recuento de puntos de vista de diversos especialistas al respecto, no suele ser muy positivo. Desde ahí ya empezamos mal.
Como probablemente lo que yo pueda señalar sobre ellas tampoco resulte muy novedoso, más bien quisiera relatar un poco sobre mi experiencia en la materia. Hablo de ellas en plural, aunque todo esté más centrado en Facebook que sigue siendo a estas altura la más usada de todas. Sin embargo, hay muchas y muy distintas entre si; y claro con distintas temáticas y objetivos. Desde YouTube, WhatsApp, Instagram, pasando por Google+ o hasta el propio Spotify.
En mi caso llevo más de un año usando el servicio creado por Mark Zuckerberg, y si bien no todo lo que haya ocurrido ahí ha sido del todo negativo, el balance general realizado hasta este momento si resulta serlo. Y es que, siendo sincero, examinando con detenimiento las cosas para las que se usa, no le veo mayor relevancia, ni utilidad o contribución a la historia de la humanidad, a menos que sea una bastante perjudicial para la salud mental de los sujetos que la usan, como ya se ha hecho público en distintas oportunidades. Por esa razón, he dejado de usarlo. A menos que lo considere absolutamente necesario. Y dicho esto, habría que subrayar esa última parte.
A mi entender simplemente se trata de un pasatiempo más para gente ociosa que suele estar exenta (o no) de obligaciones. Es solamente un placebo que intenta llenar la soledad de algunas personas. Es la distracción frívola (en la mayoría de los casos) que impide a un ser humano enfrentarse a sí mismo y a su propia compañía. Claro, nunca faltará alguien que ante un veredicto tan severo sobre su pasatiempo más querido como el que acabo de lanzar, me respondiese que estoy equivocado, puesto que el problema no es de Facebook sino del uso que se le da, que todo depende de quien está al frente del volante. Vamos, que hay gente que si le encuentra algún uso que se pudiera considerar como productivo. Estoy de acuerdo, pero quien lo hace, hay que decirlo con honestidad: son una minoría. Además en la manera en que fue concebido, no se trataba de un sitio web que llevara a la reflexión sobre algún tema profundo, todo era sobre futilidad y puro desmadre. Así que, por mucho que haya gente que haga buen uso de ella, no se puede escapar de su propia naturaleza, de su propia esencia  que esta colmada de frivolidad.
Pero bueno, intentaré descomponer a continuación el problema en diversas partes:

En mi opinión, lo más obvio en un sentido nocivo de las redes sociales es que le ha brindado voz y la oportunidad de expresar de una manera más abierta (no sé si masiva, aunque puede ser) a gente que no tiene nada interesante que decir. Es por ese motivo que suelen atiborrar de estupideces la red todos los días y a todas horas. En muchos casos, como sus existencias suelen ser más aburridas y tediosas que un partido de fútbol de la liga mexicana, suelen incluso traicionar esa que prácticamente era una regla tácita dentro de Facebook que decía que lo más recomendable era mostrarle al mundo entero que tu vida era genial. Ahora, para mi sorpresa hay personas (que solo puedo calificar de patéticas)  que gozan al mostrar todo lo sombrío de sus existencias con tal de estar en el reflector, con tal de que las volteen a ver. 
Asimismo, hay otro tema que merece ser tratado en ese cosmos virtual es el elevado grado de desinformación e ignorancia. Basta con que alguien publique algo para que se vuelva cierto, que se convierta en una ley como si de la gravedad se tratara. Nadie cuestiona nada, ni guarda una duda razonable ante los datos que aparecen en pantalla. Y si se atreve a hacerlo se convertirá de forma casi instantánea en un desarraigado virtual. Sí, parece que existe alguna pauta implícita que dice: aquí no queremos gente que piense diferente. Aquí todos pensamos de la misma manera, por eso nos llevamos tan bien, por dicha razón nos festejamos mutuamente todas las barbaridades que publicamos. Por eso me gusta publicar chistes o situaciones embarazosas que viven otras personas. Algunas seguramente me recordaran a algo que le haya ocurrido a alguien cercano y tal vez se lo recalque, escribiendo algo que acompañe a la imagen como ¿te acuerdas? o la elocuente frase Así tu. 

Primero suelto una gran carcajada mientras estoy solo, luego lo subo a la red y lo acompaño de muchos ja, para que se note que era muy dichoso cuando lo hice y finalmente me siento a esperar cuantos Me gusta recibo. Y ya soy feliz.
En el universo farsante de Facebook por un lado están todos los seres prósperos, dichosos y felices que cuentan con la fortuna de poseer una hermosa vida (según ellos) y que no se cansan de presumirsela al mundo a cada oportunidad que tienen. Ya se sabe: un gran trabajo, una gran casa, una hermosa y talentosa pareja a su lado. Claro, es más que evidente que esto solo resulta ser la vida de un mortal observada desde una lupa, un filtro que permite que todo parezca ser magnifico para el resto del mundo; pero que no deja de ser una historia simulada, amañada, fraudulenta. Y sin embargo, a mucha gente tener la ocasión de toparse con eso en un día de eterna desdicha le provoca sentirse pequeño o más desdichado o bien sentir envidia por la imposibilidad de conseguir una vida tan fascinante. 

En el otro lado están los desdichados, los desgraciados que habitan en un destino calamitoso y que no se quitan la vida porque seguramente se hace todo el tiempo preguntas de suma relevancia como por ejemplo ¿quién se hará cargo de mi cuenta en el más allá? ¿podré seguir publicando cuando ya esté muerto? Del segundo grupo no hay mucho que señalar, salvo que son patéticos como ya lo mencioné. Discípulos fieles de la autocompasión, devoradores incansables de likes y seres necesitados de unos gramitos de atención.
Pero deseo volver al primer grupo, al que conforman toda una especie diversa de petulantes. Resultaría ser bastante  lógico que a la mayoría de los seres humanos si se les brindara la coyuntura especial para jactarse de algo, la tomaran para arrojarle a la cara al mundo lo especiales que son sus gustos, pasatiempos y demás. Ah... y por supuesto, como estos vuelven en automático al portador en un ser único y representativo de la disciplina de la que se trate. 
De tal manera que cada cierto tiempo tenemos a algún lector devorador de libros mostrando con arrogancia lo mucho que le agrada leer. Después sobrevienen minutos de risa ante sus fallas gramaticales, ya sea de redacción u ortográficas. Pero eso no es lo más gracioso, sino las obras maestras a las que suelen dedicarle tanto tiempo y tanta atención. Gente muy interesante.
Me he dado cuenta que este tema da para disertar sobre muchas cosas y que por ello podría quedarme aquí unas cuantas horas más y ese no era el fin. Siento que aun quedaron muchos temas por tocar, pero no deseo alargarme más. Mi proposito era ser lo más breve y concreto posible, no sé si lo he conseguido pero he empezado que ya es ganancia. Tal vez haya una nueva oportunidad más adelante.
Para resumir, solo me queda exponer que tenemos las redes que nos merecemos. Si están llenas de estúpidos y estúpidas es porque la sociedad esta atestada por esa clase de gente. Lamentablemente, las redes no dejan de ser una representación del mundo en el que vivimos: un planeta colmado de gente intolerante e ignorante. 

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