Falso Romance (Primera Parte)

La conocí en un chat muy habitual para mí un enero de hace más de tres años. Por aquellos días yo estaba doblemente lastimado porque había terminado un amorío que en ese instante quería creer que había sido muy largo, y poco después había intentado un nuevo compromiso que finalmente se convirtió en un asunto pasajero, concluyendo de manera fugaz . Como suele hacerse en esos casos cuando se conoce a alguien de manera virtual nos agregamos al mensajero, intentando llevar a cabo el fastidioso proceso de lo que algunos llaman "relacionarse". Nada más porque es lo que se supone que se debe hacer, ya que no recuerdo que algo "especial" me hubiese llamado la atención de su ser.
De nuestras primeras conversaciones recuerdo muy poco, básicamente porque no existían. No nos topábamos diario en la red, pero cuando ocurría yo le saludaba amablemente e intentaba provocar un diálogo, lo que jamás logré conseguir. Y así fue transcurriendo el tiempo, cada ocasión que le veía en línea le escribía una cordial salutación en la que no hallaba eco alguno, no pasábamos del estúpido fraseo de cajón "¿cómo estás?" "bien, y ¿tú? y luego se venían interminables puntos suspensivos.
Sin embargo no me deje vencer por aquella indolencia e intenté todas las maniobras con las que contaba en mi limitado repertorio para obtener la atención de una mujer. Ninguna funcionó y me fui dando cuenta que la frustración se iba transformando en disgusto; y más que su indiferencia lo que me estaba comenzando a enfadar era ese halo de altivez que la rodeaba. Se comportaba de una manera que parecía no sólo ser inalcanzable, sino además inaccesible.
En cierta oportunidad recuerdo haberme conectado y tropezarme con su presencia dentro de mis contactos conectados. En su alias (nickname) se leía algo referido a un concierto próximo de Coldplay del que manifestaba abiertamente era un evento que no podía perderse, al percibir esto pensé que sería un buen tema para discutir puesto que esa banda era de igual manera una de mis favoritas. Y la cosa no volvió a marchar bien, la desidia otra vez se me puso enfrente.
Fue en ese punto cuando empecé a sentir hacia ella cierta furia que no podía controlar. ¿De que estaba constituido este coraje? De nada más que mucha vanidad y egolatría. No podía creer que esa señorita no cayera redonda ante mis encantos y mucho menos podía soportar que no se diera cuenta de mi destacada presencia.
Así fue como decidí gastar mi último recurso, lo que dio origen a la misma conducta de mi parte: desinterés y mucha displicencia. Al comienzo fue como una especie de revancha para mí, no obstante con el transcurrir de los días y las semanas se me fue olvidando aquel propósito inicial de mi proceder. Porque asimismo ella persistió en el mismo comportamiento y no me quedó mucho por inventar.
Hasta que una tarde cualquiera, estando cargado de una enorme desilusión que ahora no recuerdo que fue lo que la provocó, me di a la tarea de buscar un chivo expiatorio que cumpliera la labor de acarrear ese peso que transportaba sobre mi espalda y para mi fortuna ahí estaba ella. Decidido a desquitarme de lo que yo percibía como un inmenso repudio, abrí la ventana para enviarle un mensaje instantáneo y mi vista chocó con la esquina superior donde pude advertir una de las más insulsas fotografías que me ha tocado apreciar en mi corta existencia: un beso de lo más desabrido que se puedan imaginar.
Mi primer oración fue hacia el citado mimo y ella enseguida reaccionó como yo lo esperaba. Nos enfrascamos en una contienda que parecía no tener fin y a través de ello, sin quererlo, obtuve lo que por mucho tiempo había estado deseando; por fin me estaba apoderando de su atención. Aunque yo si tuve la delicadeza de retirarme del lugar, satisfecho de haber alcanzado mi objetivo, mientras ella exteriorizaba toda la retahíla de improperios que se le iban ocurriendo en el camino.
Como es natural, las cosas jamás volvieron a ser las mismas. Posterior a tan lamentable suceso, en cada ocasión que me ponía en línea ella me llenaba de preguntas, todas ellas repletas de paranoia y alucinaciones. Me preguntaba con insistencia quién era, qué quería de ella, quién me había enviado para causarle tanto daño a lo que yo sólo me limitaba a responder con unas inmensas carcajadas.
Toda aquella dinámica mórbida se modificó paulatinamente cuando (quiero creer) se dio cuenta que involuntariamente yo le había despojado de la venda que cubría sus ojos. Es decir, su romance era tan frágil como el vidrio más fino y de igual modo se percató de que yo no escribía ni me expresaba como toda la bola de palurdos con los que se había comunicado en la red más gigantesca que existe. Y se ocupó de mi, se colmó de sorpresa. La molestia dio paso a una curiosidad morbosa por saber quien era verdaderamente.
Nos fuimos tratando, conviviamos no con mucha regularidad pero cuando había oportunidad de una reunión la tomábamos sin meditar bastante en el asunto.
Luego la cosa se enfrió ya que días después yo regresaría con mi pareja de tantos años a quien no había olvidado. Por este motivo se fue a un segundo plano, aunque realmente nunca perdimos el contacto. Cada que yo tenía una preocupación a causa del amor se lo contaba y ella hacia lo mismo. Si bien no eramos grandes amigos y jamás nos habíamos visto personalmente (yo sólo la había divisado en las múltiples imágenes que poseía de sí misma y que cambiaba incesamente) nos confiabamos muchas cosas. Sí, así de inusitado fue.
Fue en esas extensas pláticas que llegué a saber que era una fanática recalcitrante de Radiohead, que padecía de un trastorno del estado de ánimo muy popular en estos días, que vivía muy lejos de donde yo habito, algunas cuestiones generales sobre su familia y corroboré que aquella desmedida arrogancia que había percibido en nuestros primeros encuentros no era una simple apreciación mía, era una completa y terrible realidad.
Un día como cualquier otro vino a confesarme que había terminado la relación que en aquella época mantenía con su pareja. Me contó como había descubierto que la engañaba y todo el drama que significó desenmascararlo sin entrar mucho en detalles. Sin embargo, eso no era lo peor, lo más chocante era que seguían frecuentándose como si nada hubiese ocurrido, pero ese es otro tema.
Semanas posteriores yo me hallaría en la misma situación. Mi novia simplemente se volvía a cansar de mí. Se lo conté y luego me arrepentí.
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