La belle et la bête (1946)




Director: Jean Cocteau y René Clément (sin acreditar)

Duración: 96 minutos

País: Francia


Elenco: Jean Marais, Josette Day, Mila Parély, Nane Germon, Michel Auclair, Raoul Marco, Marcel André, entre otros.

" Érase una vez un mercader arruinado que vivía con su hijo Ludovic y sus tres hijas. Dos de ellas, Félicie y Adelaide, son seres egoístas que explotan a su hermana pequeña Bella. Un día, el padre se pierde en el bosque y llega hasta un castillo. Allí encuentra una preciosa rosa y decide tomarla para Bella, entonces aparece el señor del castillo que le impondrá un duro castigo por su osadía."

Jean Cocteau trasladó a la pantalla uno de los más conocidos cuentos de hadas, y lo llevó a cabo respetando admirablemente la esencia de lo que debe ser un cuento. La puesta en escena es magnífica, plasmando a la perfección la ambientación mágica e imaginativa, y derrochando imágenes plagadas de belleza que harán las delicias de cualquiera que haya escuchado esta historia desde pequeño y se haya dejado atrapar por su encanto.
Lo más cautivador de la película es, sin duda, el romanticismo llevado a su expresión más galante, exacerbado por esos escenarios barrocos en los que conviven la naturaleza, objetos bellos como joyas, muebles vistosos y ropajes elegantes, y los toques de magia en el mobiliario donde Bella se topa con candelabros sostenidos por brazos humanos que se encienden solos, estatuas que se mueven o puertas que se abren sin que nadie las toque.
Bestia es un ser de aspecto muy cercano a un león, es un macho solitario cuya mirada emite destellos de furia cuando su jardín es mancillado por el padre de Bella. Por ello, limita sus encuentros a las horas en que su apetito está saciado, pues la auténtica mirada de Bestia es voraz: su mirada instintiva, enmarcada en unos primeros planos, se acerca a la mujer con obvio apetito, tal vez de sexo, quizá simple hambre.
Bella es una muchacha narcicista completa. Siempre tiene a su alcance espejos o suelos encerados que le devuelven su hermosura física y moral. Al conocer a Bestia, su mirada expresa la repulsión por el físico aterrador de este, mirada que se repite hasta que Bella comprende la vulnerabilidad de Bestia. Al descubrir la mirada triste de la criatura, la mujer acepta la convivencia con el animal.
La artificiosa iluminación resalta los claroscuros y confiere a la fotografía un acabado suave y casi etéreo; cuando aparece el castillo de la Bestia, la luz reviste una importancia fundamental a la hora de transmitir el eterno femenino de Bella en su esplendor, y los intensos sentimientos de la Bestia, reflejados a través de sus ojos, quien trata de reprimir sus fieros instintos alentados por la soledad que ha sufrido, los cuales van siendo sustituidos por su creciente amor.
El aire de cierta teatralidad que se advierte en algunas escenas no hace sino resaltar la convicción de que estamos ante un cuento visual. Los relatos orales tradicionales son narrados empleando determinados recursos que proporcionan el efecto adecuado para mantener hechizada a la audiencia, y Cocteau supo convertirlos en su equivalente de efectos visuales sonoros, acompañados por una música que completa el conjunto.
Esta atmósfera romántica contrasta con otra más burda que envuelve a la vulgar familia de Bella (sobretodo en lo que atañe a sus hermanas y hermano) y al amigo de su hermano, que la pretende y al que ella no corresponde.
Muchos años han pasado por esta película que no tiene más objetivo que poner ante nuestros ojos este cuento universal, de sobra conocido. Al principio se nos pide que volvamos a nuestra ingenuidad infantil, y con ello se nos deja claro que no hay más pretensiones que las de hacernos rememorar aquellas noches en las que nuestros padres nos trasladaban a mundos lejanos y en los que ocurrían cosas fantásticas. Y todo sin movernos de nuestra habitación.
Un pequeño regalo para quienes estén dispuestos a dejarse llevar por un poco de imaginación, por ese romanticismo de antaño, y por un relato que, pese a estar muy trillado y se ha convertido ciertamente en algo previsible como en cualquier cuento, no deja de tener su encanto.

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