Le ballon rouge (1956)




Director: Albert Lamorisse

Duración: 34 minutos

País: Francia


Elenco: Pascal Lamorisse, Georges Sellier, Vladimir Popov, Paul Perey, Sabine Lamorisse, Michel Pezin, Renée Marion, Renaud y David Séchan.


" Un niño solitario encuentra un globo rojo. ¿O quizá es al revés? Y ambos, el niño y el globo mágico, vagan por las calles de París. Adonde vaya el niño, el globo se escapa. Y cuando el pequeño se mete en problemas, el globo acude al rescate. Un poético mediometraje sin apenas diálogos, que fue sorprendentemente galardonado con el Oscar al mejor guión original."



Desde una perspectiva actual, puede que esta película, sus valores, su forma de ser filmada e incluso su mensaje pueda parecer ingenuo. Cierto es que su historia es muy sencilla, que no hay matices en los personajes y que puede llegar a ser totalmente previsible.

Pero, la cuestión profunda que valdría la pena responder en este caso sería ¿De verdad importa? La respuesta para mí sería un rotundo no. 
De lo que se trata todo en esta obra es simplemente dejarse llevar por este cuento infantil de bondad, de exaltación de la amistad, de la belleza de lo sencillo en la vida.
No se necesitan trucos, ni artimañas, ni grandes discursos, sólo las lecciones envueltas en silencio de humanidad que nos brinda un simple globo de color rojo. Y es que para definir la felicidad no hace falta más que echarle un vistazo a la sonrisa de ese pequeño niño mientras juega con su travieso y silencioso amigo. Un globo que nos enseña lo que es la generosidad, la lealtad, la amistad verdadera e incluso el amor cuando en su camino aparece por ejemplo, un globo azul.
Un globo que es el símbolo de una utopía, un globo que demuestra que ante la solidaridad y la bondad no es posible que la envidia, el egoísmo o la maldad puedan triunfar. 
¡Y qué importa! Da gusto de vez en cuando huir de tanto pesimismo y de actitudes cínicas, esta es una película para disfrutar siendo ingenuos, para sentir que el bien puede triunfar sobre el mal, para pensar, en definitiva, que la vida puede ser maravillosa. Y todo ello, con un simple globo rojo en las manos.
He leído comentarios sobre esta cinta que van referidos a que la obra genera cierta apología comunista, pero dudo que esto trate sobre algún tema político. Es probable que alguna escena puede llegar a ser polémica, tal vez como aquella de la iglesia, sin embargo el mero hecho de que sea un globo rojo no creo que tenga relación en lo absoluto con el movimiento socio-político. El problema de los críticos es que son muy "racionales", todo lo analizan, pero de lo que haya provocado su mente hacia su cuerpo, ni cuenta se dan, no hay nada. Parece que no han aprendido a distinguir ese preciso instante que se descompone eterno para la retina, y es así porque la imagen desprende tal poesía, tal sensualidad, tal trabajo sobre el inconsciente que nos debe dejar sin palabras.
Para mí, este mediometraje, que contiene todo un mundo próspero en su interior, desprende un evocador aroma de inocencia y un aletear de mariposas que siembran con polvo de color lo grisáceo del mundo. 
En muy pocas ocasiones se ha alcanzado un retrato tan próximo de la amistad, la lealtad y el compromiso entre un niño y un ser inanimado. Sólo la infancia, y más aquella de 1956, puede obtener estos altos registros de autenticidad, por su falta de contaminación y de maldad, su introspección y su portentosa imaginación. El director consigue meterse al lugar más recóndito de su propio hijo (el protagonista de la película) para mostrar que lo entiende a la perfección y que se puede hacer poesía sin palabras y escribir sin tinta una obra de referencia. No hay que olvidar que el guión fue premiado con un Oscar.
No es difícil recordar, al ver a Pascal, como la mejor persona que todos fuimos alguna vez y constatar que la vida y las influencias se han encargado de convertirnos en lo que ahora somos, y de lo que seguramente no nos sentimos tan orgullosos. 
A destacar eso sí, los recuerdos de mi infancia, no en París, ya que por lo visto la globalización comenzó hace mucho tiempo. Qué nostalgia me generó ese ambiente, y esos globos también. Nadie debería perderse esta obra maestra por nada del mundo. 
Estamos ante un bellísimo regreso a nuestra infancia. Imprescindible, una verdadera delicia.

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