Viridiana (1961)




Director: Luis Buñuel

Duración: 90 minutos

País: España / México

Elenco: Silvia Pinal, Francisco Rabal, Fernando Rey, José Calvo, Margarita Lozano, José Manuel Martín, Victoria Zinny, Luis Heredia, Joaquín Roa, Lola Gaos, María Isbert, Teresa Rabal, entre otros.

" Viridiana, una joven monja a punto de tomar los votos perpetuos, decide hacer una visita a su tío quien es un hombre viudo, y lo realiza a petición de la Madre Superiora."


Estamos en esta oportunidad ante la que se ha dado por llamar la obra cumbre del cine español de todos los tiempos, la cual parece ha sido constituida, hasta el día de hoy, como un monumento único de fuerza inigualable. 
La extraordinaria sutileza del guión, las deslumbrantes actuaciones de una serie de intérpretes que se encontraban en ese momento en un rebosante estado de gracia o el número incontable de símbolos, escenas y matices que sugieren todo tipo de lecturas (entre otras tantas virtudes o fortalezas) le otorgan a esta película una riqueza más allá de todo análisis. Esta es la obra inmortal de un genio irrepetible.
En los primeros pasos de Viridiana, que parecen estar dirigidos como temática a la liberación de una sexualidad reprimida, apreciamos que esta mujer está (aunque sólo en un inicio) desposeída de su naturaleza animal: el convento ha sustituido el apetito carnal por la devoción espiritual. Por ello observamos que la ubre de la vaca le provoca una risa nerviosa y alguna clase de vergüenza: la rechaza porque en ella se reflejan sus pulsiones sexuales, y sólo acepta la leche en un envase que le brinde cierta seguridad, la cual sólo encuentra cuando está contenida en un vaso de cristal. En pocas palabras: Uno es libre de elegir la actitud ante la vida que considere oportuna, pero está más que claro que al instinto no se le puede sujetar. El instinto siempre persiste, no hay quien lo pare.
Luego apreciamos un plano desenfrenado en donde Viridiana yace profundamente dormida por la acción de los narcóticos en los brazos de tío (quien finalmente es el artífice de tan perversa situación), ataviada con el traje de boda que llevaba puesto su tía el día que murió. Don Jaime, que le ha dejado el escote al descubierto, la estrecha entre sus brazos. La toca. La besa. La siente con fogosa intensidad. Y sería una tontería no señalar que dicha imagen brutal deja una huella en la mente del espectador, una cuya naturaleza permanece imborrable en la memoria.
Después tenemos la oportunidad de mirar a un perro que camina exhausto atado por el cuello a una carreta, manteniéndose en pie con mucha dificultad. Don Jorge, que siente compasión por el animal al ver la escena, se lo compra al dueño. He ahí su buena acción del día: ha librado al perro de una vida tormentosa. Sin embargo, a continuación, pasa por el mismo camino otro carruaje, con otro perro atado de forma idéntica al que acabamos de ver. 
La acción individual a pequeña escala significa pan para hoy, pero hambre para mañana. Salvar a un perro no cambiará las viejas costumbres locales de explotación animal, del mismo modo que dar de comer a un grupo de mendigos no acabará con el hambre en el mundo. Entonces ¿es mejor quedarse de brazos cruzados? El director no ofrece respuestas: solo expone los problemas y entrega las preguntas.
Atacar a la iglesia sería lo más sencillo y lo más cómodo: cualquier institución regida por la mano del hombre puede ser corrompida en un abrir y cerrar de ojos. Buñuel va mucho más allá, escarba en la superficie, llega hasta las raíces de la moral del resentimiento para ponerla en tela de juicio, logrando que se estremezcan los cimientos de todo lo edificado sobre ella.
Y luego llega la hora de rezar el ángelus. El director compone una demostración de fortaleza poniendo la forma al servicio del fondo, logrando la unión perfecta en la que una edición paralela le sirve para contraponer (con una eficacia increíble) dos formas diametralmente opuestas de entender el mundo. Por un lado, la de aquellos que arrodillados rezan y esperan que las cosas vengan de cielo, aguardando con fe a la voluntad del señor (planos de las nubes y de los oradores). Y por otro, la de aquellos que saben que para llenar el estómago hay que trabajar y ser productivos (planos de los obreros y del pleno rendimiento de sus labores).
Es por esa razón que, el pragmatismo de Don Jorge, quien trae la modernización y el progreso tecnológico a la finca, será una acometida iluminadora en la visión del mundo que hasta el momento tiene Viridiana.
Cabría en este punto hacer una mención especial no sólo a aquel plano de la cinta que recuerda al gran cuadro de Leonardo da Vinci, sino al punto que destaca de todo espectáculo grotesco en el cual de entre los indigentes andrajosos y harapiento, el ciego ocupa el lugar de Jesucristo. Y es que, se puede ser provocador, blasfemo e irreverente. Y luego está Buñuel. Simplemente genial. Me provocó una sonora risa. Una sonora cachetada para quien pudiera sentirse escandalizado. Yo no.
Finalmente, tras el incidente de la última cena, Viridiana observa su rostro reflejado en un espejo roto, a la vez que se seca las lágrimas que recorren sus mejillas. El cristal le devuelve una imagen fragmentada: la Viridiana de antes está hecha pedazos; la de ahora se arregla el cabello (por fin suelto), antes de ir a tocar, decidida, a la puerta de su primo.
Mientras tanto, una corona de espina arde en la hoguera. Cuando la puerta se abre, a Viridiana no le salen las palabras, más no importa, su mirada lo dice absolutamente todo.
Durante prácticamente la totalidad del metraje se puede leer entre líneas, buscar tres pies al gato y pensar mal. Cada escena pareciera tener una doble lectura. El final, más de dos. Y el final es un cierre perfecto para una tarde de feria aniquiladora que crítica al aristócrata y al indigente, pone en evidencia al perverso y al santurrón, incomoda igualmente al laico y al religioso, obliga a la mirada sucia (salvaje el erotismo de Silvia despeinada), incita a la perversión y convence al indeciso de lo retorcido de nuestra especie.
Brutal segundo por segundo. Tan satánica como celestial. Para verla muchas veces. Y muchas veces más.

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