The Innocents (1961)




Director: Jack Clayton

Duración: 100 minutos

País: Estados Unidos/Reino Unido

Elenco: Deborah Kerr, Peter Wyngarde, Megs Jenkins, Michael Redgrave, Martin Stephens, Pamela Franklin, Clytie Jessop, Isla Cameron, entre otros.

" Una joven institutriz es contratada para cuidar a dos niños huérfanos que habitan en una apartada mansión en el campo. Mientras transcurren los días, la mujer empieza a estar convencida de que los jardines y la propia casa están embrujados."

Si alguien llega a descubrir que esta obra está basada en una novela de Henry James, y que además el guión ha sido escrito nada más y nada menos que por Truman Capote, debe decidirse en ese preciso instante a ver esta reconocida obra de terror, suspenso y misterio dirigida por Jack Clayton.
O Willow Waly es la inquietante canción que inicia esta película de culto. Como dicha melodía, la película es particularmente siniestra a pesar de su envoltorio aparentemente ingenuo. La historia de una institutriz que recala en una mansión para cuidar y educar a unos niños huérfanos abandonados por su egocéntrico tío se convierte conforme avanza, en un denso y mórbido cuento adulto.
Aunque en realidad parto de la base de que con esta cinta no puede haber certezas porque se basa precisamente en una completa ambigüedad. Dicho esto, sostengo que para mí no es una historia de fantasmas. 
En todo caso, parecería ser un relato sobre la lucha de la reprimida niñera que es la protagonista del mismo contra sus propios fantasmas sexuales. En pocas palabras, Miss Giddens (maravillosa Deborah Kerr), está un poco desesperada y necesitada, y se siente atraída por el niño al que debe cuidar. Lo cual no suena sino a alguna cuestión patológica de la mujer mencionada y por ello para no enfrentarse con esa realidad, su mente va trazando toda esa historia de la posesión fantasmal. 
De tal manera que para no reconocer que ve en ese niño a ese hombre que tanto necesita, se inventa que ese mocoso está poseído por aquel apuesto capataz cuyo retrato la hace temblar, y con el que tiene pesadillas todas las noches, presumiblemente húmedas.
Como sea, la aparente historia de fantasmas se apoya en un potente drama psicológico. El director se ajusta, tanto como puede a la letra y espíritu de la obra de Henry James. Construye un relato cargado de intriga, misterio y horror. Envuelve la acción en una atmósfera densa de intranquilidad, que fundamenta en la ya mencionada ambigüedad, la cual carga de elegancia.
El género de terror cuenta con la siguiente desventaja fundamental: el espectador se prepara psicológicamente para lo peor, y no deja de suponer sobre las complicaciones de lo que le están contando, intentando adelantarse a los acontecimientos. A este respecto, el director demuestra una notable capacidad de sugestión, de manipulación sobre el ambiente y la narración, ayudado por un blanco y negro siniestramente bello, una magnifica banda sonora y una actriz protagonista en estado de gracia.
Me parece que el desarrollo del relato sitúa al espectador ante dudas importantes y, también, ante interrogantes que no tienen respuestas sencillas y claras. El realizador invita al propio espectador a leer el subtexto de los diálogos escuchando las modulaciones de voz, los gestos, las miradas y la expresión corporal de la protagonista. Con el rostro, la voz y los ojos, Miss Giddens comunica más cosas de lo que dice con palabras y revela verdades ocultas. 
En ese mismo sentido, incrementa el dramatismo del relato la crueldad latente de los niños (por ejemplo Miles observa cómo una araña se come a una mariposa), la brutalidad que exhala en sus escasas pero brillantes apariciones el rostro del jardinero muerto, los disimulados secretos que se esconden entre los niños y la protagonista, y la creciente tensión sexual que vive la institutriz y la incertidumbre que va tomando cuerpo sobre su equilibrio personal. Por eso, en más de una ocasión el espectador debe afrontar la interpretación y de los indicios que se van presentando en la pantalla únicamente mediante conjeturas.
Y es que Clayton nos muestra siempre el punto de vista de la educadora, y junto a ella vemos los mismos fantasmas, pero lo que no sabemos es si estas visiones son debidas a un comportamiento desquiciado de la señorita Giddens, o si realmente en esa casa habitan fantasmas (si es que alguien cree en ello). Es decir, no hay por qué entender de forma excluyente que o hay fantasmas o está desequilibrada, sino que a una mente fracturada se le puede añadir lo sobrenatural como realidad auténtica (que empeora el trastorno psicológico, claro está). Pero me gusta más la confusión total del director, que probablemente sea más respetuosa con el espíritu de la novela de Henry James, que lleva la incertidumbre hasta la exaltación más extrema, hasta el paroxismo.
Al final de cuentas, el espléndido desarrollo de la trama está tan bien hilvanado, dejándose abierto a varias interpretaciones, en las que el espectador puede pensar lo que quiera.
A veces es bueno recordar el poder que tiene la palabra para lograr sugestionar, y la tendencia natural del ser humano a dejarse fascinar por el relato, más allá de géneros, estilos, formatos, tiempos y espacios.
Otra obra para verdaderos cinéfilos y amantes del suspenso e indispensable para después reconocer que otras películas han imitado en mayor o menor medida a esta cinta.

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