The French Connection (1971)



Director: William Friedkin

Duración: 104 minutos

País: Estados Unidos

Elenco: Gene Hackman, Fernando Rey, Roy Scheider, Tony Lo Bianco, Marcel Bozzuffi, Frédéric de Pasquale, Bill Hickman, Ann Rebbot, Harold Gary, Arlene Farber, Eddie Egan, André Ernotte, Sonny Grosso, Benny Marino, Patrick McDermott, entre otros.

" Un par de policías de Nueva York que trabaja en el departamento de Narcóticos se encuentra casi por accidente con un grupo cuya labor de contrabando de drogas cuenta como origen con una conexión francesa."

Los años 70 marcaron una nueva tendencia y no únicamente en el género policíaco. Cada vez más los dramas y los thrillers recurrían a ofrecer una nueva visión de los Estados Unidos muy diferente a lo visto hasta entonces. Si en los años sesenta, películas como Bullit ofrecían una visión alegre y colorida de la ciudad de San Francisco, en los años setenta se inicia una especie de corriente hacia el pesimismo que provoca que muchos directores opten por mostrar en sus películas los barrios y las clases sociales más decadentes y marginales de las ciudades más representativas de los Estados Unidos, mostrando una realidad mucho más cruda.
Esta tendencia fue provista por el propio Friedkin en la película que hoy me ocupa, que está generando este escrito, aunque disponemos de otros ejemplos como las obras de Martin Scorsese (Mean Streets o Taxi Driver), Don Siegel (Dirty Harry) e incluso John Schlesinger con su Midnight Cowboy.
Como sea, ésta película, es a mi juicio, una de las mejores obras del género policial de la historia del cine. Desde los títulos iniciales de créditos, con esa música que provoca tensión, el director pone en guardia al espectador para introducirlo en un sórdido relato de crimen y narcotráfico, que enfrentará a los personajes del policía Jimmy 'Popeye' Doyle interpretado por el notable Gene Hackman contra el narcotraficante Alain Charnier, a quien da vida el no menos notable Fernando Rey.
Destacaría el hecho de que es una cinta en la que vemos gente de la calle, esta producción es una historia de gente miserable, no hace falta ser delicado ni puritano, ni estar rodeado de ambientes elegantes; todo se decide en un callejón, en un tiroteo, en el registro que se pueda realizar en algún negocio sospechoso, o simplemente en alguna pelea. Doyle y su compañero se dedican a un trabajo sucio que nadie tomaría, pero lo sobrellevan y se esfuerzan en limpiar las calles.
Aunque tal vez la obra pasará a la historia del cine por dos cosas. La primera de ellas, y seguramente la más polémica, es por conseguir el Oscar a la mejor película en aquel año, ganando a una cinta tan respetable como A Clockwork Orange. En realidad nadie quería ver a la creación de Kubrick recoger el primer premio, porque la película había generado un gran debate social acerca de lo que se podía o no podía filmar en un producto cinematográfico en relación a la violencia. Evidentemente muchas de las personas de los años setenta no se adentraron en la identidad y carácter de la película y la tacharon de peligrosa por hacer  según ellos apología a la violencia y considerarla una obra propia de un enfermo. Sin embargo, el propio director William Friedkin, admitió que el verdadero ganador de aquel año, debió haber sido el director de la cinta creada a partir de la novela de Anthony Burgess.
La segunda razón por la que la película es interesante, vale la pena y por la que pasará a la historia es una que se acerca a sus propios méritos y es que sin duda, la obra marcó un antes y un después en el cine del género policíaco. Para el recuerdo quedarán las míticas persecuciones que nos ofrece Gene Hackman con su vehículo, yendo a toda velocidad a través de toda la ciudad. Y es que en gran medida, la película hizo que cambiara la mentalidad del género, desde entonces y hasta nuestros días, no se contempla una película del género en la que no se incluya una persecución en coche y que en general acabe con más de una explosión de por medio.
La película también se puede relacionar perfectamente con el personaje Harry Callahan de la ya mencionada Dirty Harry. Estrenada en el mismo año, la película fue acusada de fascista porque el personaje principal decidía tomar de manera bastante salvaje la justicia por su propia mano, de tal manera que parecía incidir en el hecho de que los medios policiales carecían muchas veces de una praxis adecuada y en ese sentido ofrecía una (interesante, eso sí) apología de la justicia personal. De hecho, en la última escena Harry tiraba la placa al río, después de haber cumplido su tarea, como queriendo señalar que la ley no funciona contra ese tipo de psicópatas.
En este caso, sucede una cosa parecida con nuestro protagonista. En más de una ocasión discute con sus superiores y no tiene ningún tipo de reserva en utilizar recursos para sacar información que están muy cerca de la ilegalidad. No es casual que las dos películas estrenadas en el mismo año hagan eco en este aspecto iconográfico, y es que los tiempos estaban cambiando en ese sentido. No faltaría mucho para que en años siguientes estallaran películas repletas de acción en la que diversidad de héroes musculosos, repartieran justicia totalmente por su propia mano.
Todos aquellos que la han visto la asocian de manera indiscutible a un color, el blanco. La película filmada en Brooklyn en pleno invierno generó que el personal del rodaje, así como los actores estuvieran expuestos a unas condiciones bastante duras. No hace falta más que fijarse en el aire helado que exhalan por la boca cada dos segundos los intérpretes para darse cuenta del frío que debía correr en aquel momento. Pero es que el director (muy conocido por haber sido el realizador de The Exorcist) pretendía dotar de un realismo total a su película. Por ello, muchos de los diálogos que se encuentran en ella están sacados de conversaciones reales de agentes de policía y es que de manera apasionada el director se interesó en documentarse sobre hechos reales acontecidos en historias similares a la que se relata en la cinta. Y por supuesto, hay que destacar el propio guión de la misma, escrito por Ernest Tidyman, el cual a su vez está basado en un reportaje de Robin Moore, que acabaría convirtiéndose en una novela.
La ciudad se convierte en un hervidero. Muchas drogas y violencia por las calles, en este sentido y junto a otras cintas de su generación son la que empezaron a mostrar el lado más oscuro de las grandes urbes norteamericanas. No sólo mediante su argumento, sino gracias a la potencia visual de las imágenes, que no tienen reparos en mostrar escenas en las que la droga y la propia violencia estaban a la orden del día. 
Uno de los títulos más populares, con una legión de fanáticos que propició una segunda parte prescindible. Una película inagotable que ha pasado a la posteridad por su atractivo, su fuerza y su intriga. Se merece un digno visionado. Eso si, recomendada para amantes del cine policíaco. 

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