Lost in Translation (2003)




Director: Sofia Coppola

Duración: 101 minutos

País: Estados Unidos/ Japón

Elenco: Scarlett Johansson, Bill Murray, Akiko Takeshita, Kazuyoshi Minamimagoe, Kazuko Shibata, Take, Ryuichiro Baba, Akira Yamaguchi, Catherine Lambert, François du Bois, Tim Leffman, Gregory Pekar, Richard Allen, Giovanni Ribisi, Diamond Yukai, entre otros.

" Una estrella de cine en pleno declive y una hermosa joven desatendida por su también joven esposo forman un vínculo poco probable después de cruzar sus caminos en Tokio."

Esto no es una película. Es un roce, una caricia, una mirada, una mano rozando un rostro, una sonrisa casual a un desconocido en un elevador, una ventana en un solitario hotel de Tokio, un árbol con mensajes de esperanza, sueños y deseos. Un amor que nunca existió, un amor monótono, una rutina calmada, un brillo en medio del solitario mar, una persona esperando permanentemente, una joven inmensamente perdida, un hombre enormemente solo en una vida tediosa y trivial.
La obra maestra de Sofia Coppola va más allá de lo simple. Plasma en imágenes lo intangible, lo inexpresable con palabras, lo que todo el mundo siente pero pocos saben expresar. Una cabeza apoyada en un hombro una madrugada cualquiera en una ciudad lejos de todo. Una complicidad subterránea que se va forjando de manera invisible, un amor de los que no se olvidan. Unas frases de karaoke que esconden un esplendoroso mensaje de amor, dos personas corriendo de noche por la ciudad, fuegos artificiales proyectados sobre un globo en una discoteca, persecuciones con pistola láser a la mitad de un callejón, juegos recreativos que encierran un mundo noctámbulo. Y en su momento más hermoso, es un encuentro fortuito, una lágrima cayendo por una mejilla, un abrazo apasionado, unas palabras que susurradas al oído, una sonrisa, una despedida, unas miradas desgarradoras, unas vidas encontradas. Difícil se me hace comentar fríamente algo que a nivel personal me marcó profundamente. Probablemente una de las cintas que más me haya influenciado, en mi manera de ser, en mis gustos e incluso en mi forma de pensar. Como a cualquier persona para la que el cine siga significando algo y con el que todavía siga experimentando sensaciones inolvidables, a mi esta obra se me quedó totalmente grabada en la mente.
No creo que haga falta decir que para mi el cine siempre ha sido algo más que un mero entretenimiento. El cine es mi segundo amor (el primero es la música, por herencia), es mi pasión, es lo que me diferencia de las personas a mi alrededor, que nunca podrán ver la magia en ciertas obras, que no miran más allá de lo que sus ojos ven. El cine es mi refugio, es un sitio donde esconderme de un mundo que no es siempre (por no decir nunca) como a mi me gustaria y simplemente poder olvidar mis preocupaciones y mis problemas (que no se si son muchos, pocos, pesados o ligeros) y vivir y sentir otras realidades y situaciones que en mi vida probablemente no tendré el gusto o disgusto de protagonizar. Para mí, el cine y las emociones son cosas que van ligadas. Así como al ver una película no puedo evitar sentir, al criticar una película no puedo ignorar mis sentimientos. 
Con dominio propio de una mente creadora en cierto nivel de madurez, la joven Coppola sabía combinar la melancolía sutil y tenue comedia para conseguir esta obra encantadora, bien apoyada en la utilización de manera hábil y sensible de la música que la acompaña.
Desde la altura del lujoso e impersonal hotel que también es un rascacielos se posa una mirada distante sobre Tokio, que sirve de fondo como cualquier otra gran ciudad moderna serviría. Esa mirada tranquila encuentra la empatía perfecta para acercarse a los protagonista, que son un actor a la baja, con cara de pocos amigos, de estar emocionalmente en las últimas, y una recién egresada inactiva, casada con un fotógrafo que la ignora y por las noches ronca.
Insomnes ambos protagonistas, sufren una especie de jet lag existencial que va más allá de los desfases horarios y de los bostezos que no pueden reprimir en el elevador, cuando se encuentran por primera vez.
Aunque realmente no sabemos si es la primera vez, ya que gran parte de la película está en la poética sugerencia de un reencuentro platónico entre almas gemelas que se reconocen y establecen en el acto una corriente de comunicación directa, de mutua simpatía y complicidad.
El mayor acierto de Sofia Coppola es no definir esa conexión sólo en positivo, detallando su contenido, sino definirla también por claro contraste con la incomunicación por todas partes imperante como rasgo característico de la sociedad contemporánea, un mundo tan poblado y complejo que los mensajes se pierden inexorablemente como ocurre en la traducción entre idiomas, entre códigos, entre mentalidades. De esto va se ocupa en mostrar la cinta numerosos ejemplos, empezando por la socarrona filmación del comercial del whisky, en la cual las largas conversaciones que ocurren son traducidas por la intérprete a una sola frase. O las conversaciones telefónicas con la familia o amigos, en donde acontece el famoso diálogo de sordos (en el que uno dice te quiero, el otro ya ha colgado).
Mientras está en calzones rosas por la habitación, ella escucha un audiolibro sobre el sentido de la vida. Él juega al golf a solas, camina o se acuesta en la alfombra con un vaso en la mano. Ella recorre las calles entre la muchedumbre extraña, visita templos que nada le dicen. En las ruedas de prensa que visita por accidente todo es verborrea, tonterías, expresión insuficiente y comunicación superficial. Al mismo tiempo, mientras cambia de canales en la televisión, él se ve observa en una película suya vieja, doblado al japonés, convertido en otro. 
Y sin embargo, cuando coinciden hay sonrisa, todo se llena de confianza, de un incesante reconocerse, tratarse delicadamente. Unos planos desde lo más alto del cuarto, casi desde el cenit, toman las confidencias murmuradas en la cama. Cuando la conversación decae, una mano roza apenas un pie. La ternura es infinita. Ellos se encuentran de forma melancólica en un lugar cualquiera, para enternecerse por el otro en un continuo sobreentendido, por encima de las múltiples barreras de la obviedad y convención que interpone el lenguaje, barreras que absorben los mensajes y los apagan, dejando que se pierdan en la traducción, entre los inútiles códigos de comunicación.
Y he ahí toda la grandeza de esta obra. Es una película especial. La critica la ama y el publico la odia. No es una película que recomiende a todo el mundo, ya que se necesita cierta sensibilidad para que te guste. Lo primero que hay que comprender, como ya lo mencioné es que es una película que se basa más en los silencios que en las palabras. Son las miradas, los gestos, las caricias, la forma de hablar y no las palabras que se dicen lo que realmente cuenta. Lo siguiente que habría que comprender es que es una cinta que podríamos denominar realista (en el sentido cotidiano de la palabra), a ninguno de los dos protagonistas les ocurren cosas extraordinarias. Y es que, normalmente se nos pide que contemos nuestras vidas, para después quedarnos un rato pensando y responder no hay nada que contar. Eso es lo que les pasa a los dos, como a la mayoría de nosotros que tenemos la fortuna o la desgracia de no tener que contar nada, sus vidas son normales, con problemas y preocupaciones que no escapan de la normalidad.
Son simplemente dos almas perdidas que se encuentran en uno de los lugares más fascinantes (o desagradables, depende de quien lo perciba) poblados y extraños del mundo. No solo se encuentran perdidos en una cultura que no comprender o en un idioma que no entienden, sino que están perdidos en la vida. Mientras que uno se halla en plena crisis matrimonial y de los cincuenta, la otra se encuentra perdida en su juventud, sin saber que hacer y con el riesgo de echar a perder su futuro. Desde el primer momento, fue una película que me enganchó. Como sea, siempre hay que volver a verla, pues la primera vez se pierden detalles. 
Desde luego, para mí es una historia de amor real. Y de soledad, del tedio que esta provoca. Y de la necesidad que tenemos los seres humanos de ser escuchados. En un mundo que no nos entiende. Los seres humanos podemos acumular millones de experiencias y estar rodeados de millones de personas, y sentirnos pese a todo incompletos, solos y faltos de afecto. Por eso la amistad y el amor son como un bálsamo que cura las heridas y nos hace sentirnos bien. Aunque sigamos sumergidos en el océano misterioso de la existencia, vivir ese amor, esa amistad sincera, nos hace felices y nos reconcilia con la vida. Borrando esa capa de fino cinismo que puede envolvernos en nuestra vida cotidiana dominada por la rutina. 
Y en todo esto, y más, me hace pensar esta película cada vez que la veo. Todos necesitamos que nos encuentren.

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