Blue Velvet (1986)




Director: David Lynch

Duración: 120 minutos

País: Estados Unidos

Elenco: Isabella Rossellini, Kyle MacLachlan, Dennis Hopper, Laura Dern, Hope Lange, Dean Stockwell, George Dickerson, Priscilla Pointer, Frances Bay, Jack Harvey, Ken Stovitz, Brad Dourif, Jack Nance, J. Michael Hunter, Dick Green, entre otros.


"El descubrimiento de una oreja humana que ha sido cercenada y que es encontrada en un campo por un joven, conduce a una investigación del extraño descubrimiento, y qu está relacionada con una hermosa y misteriosa cantante de un club nocturno y un grupo de delincuentes psicóticos que han secuestrado a su hijo."

Una panorámica nos muestra un pequeño suburbio que se despierta por la mañana, todo el mundo está muy contento y nos saluda: los bomberos, los niños que van a la escuela, el anciano que pasea a su perro. De repente, la cámara nos transporta al suelo, se mete en el pasto de un campo abierto y repara en un objeto lleno de insectos a su alrededor; es una oreja humana en estado de descomposición.
Muy pocas obras expresan tanto de sí mismas y revelan sus cartas desde el comienzo, como esta arrebatadora y fascinante película, una de las obras maestras de David Lynch. Este alucinante y sarcástico inicio es uno de los mejores de la historia del cine, y sirve como metáfora de las apariencias en las sociedades del bienestar, y de lo cerca que está esa imagen de serenidad de los submundos y la perversión.
La acción dramática tiene lugar en Lumberton, pequeña ciudad maderera, tranquila, pacifica y segura. Jeffrey Beaumont, estudiante universitario, de unos 20 años, acude a la localidad para visitar a su padre que acaba de sufrir un infarto. A la salida del hospital, mientras se entretiene arrojando piedras contra una botella, encuentra una oreja humana que entrega al detective de la policia John Williams. Sandy, hija del policia, interesada en el caso, ofrece su colaboración a Jeffrey para investigar los hechos. Ambos se ven atrapados en el remolino que resulta ser la relación entre Dorothy Vallens y Frank Booth.
Jeffrey es un joven curioso, aficionado a descifrar enigmas, aventurero y voyeurista. Por su lado, Sandy una mujer de 18 años, cuando conoce a Jeffrey se siente atraída por el, por ser más tranquilo y pacifico, aunque es novia de Mike. En cuanto a Dorothy Vallens, ella es cantante del Slow Club, es una insignificante traficante de drogas y es victima de chantaje y abusos por parte de Frank. Este último es el jefe sádico de una banda local de psicópatas, dedicada al crimen, al secuestro y a la venta de drogas.
La cinta es una peculiar mezcla de crimen, misterio, romance y suspenso. Hace uso de elementos del cine negro y el surrealismo para ofrecer una representación de la irrealidad, de la que se sirve el autor como medio para exponer el mundo turbulento, oscuro y perverso que se oculta tras las apariencias de serenidad de la vida en una pequeña ciudad. Hace uso de una narración no convencional y crea una película sombría, misteriosa e inquietante. Con la ayuda de una cámara detallista y observadora, realiza un recorrido minucioso por el submundo del crimen, el vicio y la delincuencia. Y se toma la molestia, además, de añadir una descripción estremecedora de la crueldad, la locura y la depravación humanas.
Lo que engendra David Lynch no tiene nombre. ¿Es un genio con momentos de locura transitorios? ¿O es un simple estafador consciente? Para mí la respuesta se acerca más a la primera interrogante. Es un director siempre interesante, al mismo tiempo que arriesgado. ¿Qué podemos esperar de una película que empieza con un tipo que se encuentra una oreja cortada en un terreno de un hermoso y tranquilo suburbio donde todo parece salido de un cuento de hadas? Si, eso es Blue Velvet. Sin esperarlo nos encontramos con una historia de suspenso y misterio, más cruda y brutal de lo esperado. Contradictoria, díficil de digerir, sugestiva como su nombre y finalmente con cierta poesia en su crudeza. Pero me gusta. Es más, acepto que me cuesta ser objetivo con ella por el gran cariño que le guardo en lo más profundo de mi ser.
De hecho, podríamos comparar a Lynch con otros realizadores y su estilo. Por ejemplo, utilizando esta historia podría decir que a Tarantino le interesaría mostrar como un hombre le corta la oreja a otro hombre, a Lynch le interesa la oreja. Es por eso, que el director juega a confrontar dos niveles narrativos: uno propio, que es espeso y hermético, y otro más cercano a las comedias juveniles sobre la preparatoria y los ocasionales romances entre compañeros. Pero luego con toda certeza declaran: Vivimos en un mundo muy extraño.
Aunque sea un hombre muy perturbado (en apariencia), hay que reconocer que sabe de cine. Su estilo, aunque sea chocante, tiene un estupendo manejo de la imagen, de sonidos, una mezcla que me provoca estar siempre a la expectativa. Y es en especial en este proyecto que muestra esa dualidad del ser humano, el bien y el mal, en un lugar donde aparentemente todo está tranquilo, todo es bello y realmente no pasa nada. De repente, cambia la escena y parece que todo es negro. Es imposible olvidar esas escenas nocturnas, tan frías y solitarias, casi oníricas por el curso de los acontecimientos que suceden en cada una de ellas. Después, un petirrojo comiéndose a un insecto. Todo está normal.
Debo advertir que en mi concepción, la esencia del carácter de Lynch (lo que podríamos denominar Lyncheano) no radica en la confusión o incluso la negación argumental que ocurre en muchas de sus obras, un aspecto que es ciertamente digno de atención e interesante en muchos puntos, pero que a fin de cuentas sirve para acreditarlo como guionista; más bien en algo parecido pero que no es lo mismo, que es la creación de atmósfera extrañas, perturbadoras, hipnóticas, oníricas y si se quiere ir más lejos hasta malsanas. Todo ello lo produce mediante la explosión que se produce en la pantalla de formas y sonidos; en resumen, a través de la puesta en escena. Y ahí sí es donde se reivindica, a mi entender, precisamente ese carácter de Lynch como cineasta de raza sin comparación en el cine moderno.
De una manera muy acertada, el propio Lynch definió esta película con la analogía pictórica del encuentro entre Norman Rockwell y El Bosco. A mí me recuerda también al famoso cuadro de Magritte: El imperio de las luces. Una creación de un surrealismo que en un primer vistazo puede pasar por alto al mostrar un paisaje con una casa con la iluminación nocturna de un farol, y por encima de todo ello el cielo diurno lleno de nubes.
Es por ese motivo que ese mundo extraño al que recurren con frecuencia los personajes, y que por extensión se puede aplicar a toda la filmografía de su autor, adquiera en esta ocasión su más angustiante fuerza expresiva. En primer lugar, al surgir precisamente de lo cotidiano y realista: cuando nos adentremos en un universo que ya es pura abstracción mental, como en el caso de otras creaciones suyas, en donde lo ilógico y lo irracional adquieren en dicho contexto apariencia de plena normalidad; lo que vemos nos puede cautivar u oprimir de manera sensitiva, pero ya no nos sorprende (y en consecuencia no nos perturba) porque es lo que esperamos encontrar.
Pero más asombroso todavía es comprobar que las apariencias de sociedad apacible y el mundo más sórdido y perverso del alma humana escondido tras ellas (tal como anticipa el fantástico prólogo, uno de los mejores comienzos del cine) no son presentados como entidades que puedan separarse, sino que el director consigue que las experimentemos a la vez, independiente de que solo apreciemos una de ellas.
Para clara muestra de todo esto, esta la primera escena que se da entre Jeffrey y Sandy. En un principio, esta escena, es para sumar a la narración ya que sirve para dar lugar al encuentro de los dos personajes, insinuar la atracción entre ellos e introducir la pista que les conducirá hacia Dorothy Vallens que generará que la trama avance. Pero tal como el director la filma, al oír su voz antes que cualquier otra cosa, para surgir después de forma tenebrosa de la oscuridad, con una apariencia de colegiala inocente; haciendo uso de movimientos de cámara sobre las hojas de los árboles y la música que los acompañan su significado se multiplica y se transforma, generando al mismo tiempo una profunda e inexplicable zozobra.
Y ese doble trayecto entre lo visible y lo invisible se despliega en una forma peculiar: avanzamos en lo que parece una sola y clara dirección en la narración, pero sin solución de continuidad y sin ser conscientes de ninguna ruptura, lo real se confunde con lo irreal, lo logico con lo ilógico, y la máxima perversión moral que pueda alcanzarse (aquí, la interpretación de Dennis Hopper divide al público entre quienes se ríen de él y quienes se aterran; yo pertenezco al segundo grupo) existe con la más ingenua y celestial llamada al amor.
Es así como David Lynch nos sumerge en el más insondable de sus laberintos fílmicos: nos nos preguntamos qué ha sucedido o quién es quién, nos preguntamos cómo es posible que ese mundo que nos ha parecido tan increíblemente extraño lo reconozcamos al mismo tiempo como tan propio.
La vida integra un estallido de color y un pozo de tinieblas: Siente, para siempre, en sueños.

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