Trois couleurs: Rouge (1994)




Director: Krzysztof Kieslowski

Duración: 99 minutos

País: Francia/ Suiza / Polonia

Elenco: Irène Jacob, Jean-Louis Trintignant, Frédérique Feder, Jean-Pierre Lorit, Samuel Le Bihan, Marion Stalens, Teco Celio, Bernard Escalon, Jean Schlegel, Elzbieta Jasinska, Paul Vermeulen, Jean-Marie Daunas, Roland Carey, Brigitte Raul, Leo Ramseyer, entre otros.

" Valentine, una joven estudiante que se gana la vida como modelo, salva la vida de un perro que atropella. La búsqueda de su dueño la conduce a un extraño juez jubilado que tiene una extraña obsesión: escuchar las conversaciones telefónicas de sus vecinos. Si antes el espionaje telefónico formaba parte de su trabajo, ahora se ha convertido en una verdadera adicción. A Valentine le desagrada la conducta del hombre, pero no puede evitar ir a verlo."

Todos juzgamos, pero nadie o muy pocos, aceptan ser juzgados. Asumir un juicio es cargar con un peso enorme. Una piedra más sobre el piano. 
Kieslowski cierra su trilogía juntando casualidades y causalidades de dos personas unidas por la soledad. Narrada y filmada con la pericia que a la que nos tenía acostumbrados el maestro polaco.
Notable análisis de las obsesiones, la soledad, el desengaño, el azar, los juegos del destino, las ilusiones en sus distintas etapas (el inicio luminoso, los golpes que las hacen pedazos, la amarga resignación cuando llega su pérdida y el nuevo despertar tras una larga desolación) y la juventud enfrentada cara a cara con la madurez.
Gran parte del peso recae sobre un Jean-Louis Trintignant cautivante y soberbio, a quien el director polaco concedió la oportunidad de brillar con el que muy posiblemente fuera el mejor papel que ha desempeñado. 
Por su parte, Valentine (interpretada por Irène Jacob) aporta su juventud, su belleza y su frescura confrontada y contrastada con la carga de los años y de las amarguras que pesan sobre el personaje de Trintignant, que le da la réplica apropiada para que ambos personajes se complementen como las dos parte de un todo complejo, desconcertante y catártico.
Los detalles que parecen insignificantes como la costumbre de Valentine de jugar cada mañana en una sola oportunidad en la máquina que da premios en un juego de azar, representan un ritual que para ella posee una importancia que no tiene nada que ver con la ludopatía, sino con una creencia en alguna especie de señal del destino. La ganancia o la pérdida no suponen para ella un simple azar, sino que ocultan indicios de que la suerte coquetea para bien o para mal con su propia vida, y en cada oportunidad perdida o ganada ella percibe signos de que algo fundamental va a ocurrir o a cambiar.
Dichos detalles no resultan triviales, y la cámara observadora se ocupa de que no los pasemos por alto y los deja a nuestra interpretación.
La relación entre generaciones que se desarrolla en la narración coloca frente a frente a dos personas que se encuentran en distintos momentos del camino que es la vida.
Por un lado, la joven estudiante y modelo con éxito profesional, pero con una vida privada atravesada por fantasmas familiares, vacío y decepción en el plano sentimental, dulce y deslumbrante y con muchos anhelos aún intactos a pesar de todo.
Por el otro, tenemos al casi anciano juez retirado, ermitaño y sumido en un retiro absoluto en el que no encuentra más aliciente que ser testigo encubierto de las vidas ajenas que se desarrollan a su alrededor. Joven apasionamiento y madura experiencia se toman de la mano para forjar un nuevo camino de aprendizaje, aceptación, intercambio, liberación y ternura. 
Dos vidas vacías y a la deriva se juntan un día por el azar de la vida, y del contacto surgen concordancias aleccionadoras. 
El juez demuestra que su encierro voluntario en un mundo lleno de cinismo y sarcasmo pedante, acertaba en las frías predicciones que hacia, pero se equivocaba al creer que podía existir sin cualquier señal de sentimientos en su vida, solidarios o de cualquier otro tipo. Su progresivo amor platónico por la joven, que le recuerda un antiguo amor fallido de juventud, le sirve a su vez para explicarle que no es lo mismo un sentimiento expresado a través del cristal de una ventana o de un televisor o a través de los cables de un teléfono que el transmitido de manera abierta y solidaria, con total libertad e igualdad para todos.
Profundo análisis sobre la fragilidad de los sueños y las fantasías, sobre lo delicado que es el mundo que construimos en torno a nosotros bajo las premisas de la ceguera, la vanidad y la soberbia que nos impiden prepararnos para la caída, y sobre la suerte y las casualidades que suelen jugar con nosotros.
De alguna forma todos somos como esos personajes y nuestro mundo es como ese mundo construido en la cinta. Todos hemos enfrentado situaciones difíciles, hemos sido o seremos objeto de lo inesperado, hemos amado y hemos dejado de amar, hemos encontrado a otros seres humanos cuando ya no quedaba nada para brindarles sino nuestra propia desesperanza y vacío.Y aun así, es un mundo, que como el de Kieslowski, nos sugiere que existen razones y oportunidades que no siempre son comprensibles, pero que suelen estar allí, esperando, ocultas pero siempre latentes. 
No hay nada seguro. Todo para llegar a la conclusión de que somos piezas en el gran tablero de este universo fascinante, en el que todo se renueva y se repite de manera cíclica: las alegrías, los triunfos, las tristezas, las tragedias, las desilusiones, los errores y los fracasos.

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