The Big Country (1958)




Director: William Wyler

Duración: 165 minutos

País: Estados Unidos

Elenco: Gregory Peck, Jean Simmons, Carroll Baker, Charlton Heston, Burl Ives, Charles Bickford, Alfonso Bedoya, Chuck Connors, Chuck Hayward, Buff Brady, Jim Burk, Dorothy Adams, Chuck Roberson, Bob Morgan, John McKee, entre otros.

" Un hombre elegante y educado proveniente de Nueva Inglaterra arriba al viejo oeste, en donde termina enfrascado en la disputa que ha ocurrido por mucho tiempo entre dos familias del lugar por una franja muy valiosa de tierra."

Desconozco las verdaderas intenciones de Wyler a la hora de concebir semejante obra, porque si realmente tenía en la cabeza el objetivo de desmitificar e, incluso, ridiculizar el western como género, me quito el sombrero. No obstante, lo más probable es que gran parte de los logros que contiene esta película se deban a hallazgos fortuitos, sin que exista una auténtica vocación de ruptura por parte del director.
La película hace hincapié en las múltiples alternativas al uso de la violencia como medio exclusivo para resolver disputas. Hasta ahí todo puede estar bien, pero comprender sólo esta idea sería quedarse en la superficie.
Habría que destacar por ejemplo el claro y casi didáctico contraste entre el bestial oeste y el civilizado este norteamericano. Ello se deduce claramente en el personaje interpretado magníficamente por Gregory Peck, ese hombre de ciudad que se involucra con las salvajes costumbres del oeste al visitar a su prometida. Allí tratará de mediar siempre en los conflictos sin utilizar ni caballos, ni armas ni puños,; sino aprovechando el raciocinio, la educación y la inteligencia por sobre la fuerza bruta.
Es magnífico ver como Wyler retrata y profundiza en este personaje encarnado por Peck, ya que el mismo no es más que un desafío a las normas impuestas en el lejano oeste. Es un hombre rebosante de sinceridad que prefiere ser llamado cobarde antes que alardear de sus dotes y habilidades, y que no justifica el concepto de que los más fuertes sean los más hombres como estaba instalado en el imaginario colectivo de los pueblos del oeste estadounidense.
Este hombre demuestra claramente y deja bien sentado que la Ley del Talión y quien básicamente se dedica a hacer justicia por manos propias no conducen a la resolución de ningún conflicto, más bien todo lo contrario (aunque se supone que ese punto, ya lo sabíamos todos).
El conflicto central que desencadena la violencia es típico de muchos "westerns": la competencia por los recursos (el agua), en este caso entre ganaderos. En este escenario emerge otro conflicto más personal, el de dos prometidos que se descubren incompatibles: James McKay es un hombre frío, que ha comprendido lo absurdo de la violencia, emocionalmente muy estable, tanto que exasperaría a cualquier persona de carne y hueso, hombre de mundo. Pero también contradictorio, aspecto que algunos han criticado, acusándolo de hipócrita por usar de igual manera la violencia. Sin embargo, son precisamente esas contradicciones lo que provoca que sea creíble la lógica de su psicología, la que nos genera pensar que tras una máscara que no refleja emociones también emergen pasiones como la rabia y el amor.
De manera equivocada se podría pensar que McKay no siente emociones, parece no enfadarse ante los acosadores, frente a los que le acusan de cobarde, un hombre que brinda besos breves, esbozados en unos labios de líneas demasiado finas. Luego vemos que la rabia se dirime en la pelea con el capataz, y el amor se transparente cuando va en búsqueda de Julie Maragon. La relación con ella es enigmática ¿Está enamorado de ella? ¿Ella de él? Es esta frialdad, en definitiva, lo que le hace parecer en ocasiones mezquino.
En ese sentido demuestra también con claridad que muchas veces las guerras civiles son originadas por odios mezquinos y cruentos entre los que lideran a los pueblos, más que en la firme convicción de los protagonistas que intervienen en ella.
La cinta despliega punzantes diálogos que engrandecen y ratifican el discurso a favor de que todos habitan en un gran país como para estar enemistándose por un pedazo de tierra que se encuentra de manera estratégica o hasta fortuita muy bien ubicado.
La creación de Wyler también desarrolla una compleja narración sobre como se entrelazan una serie de sentimientos (todos ellos complejos), donde poco a poco se van descubriendo las verdaderas intenciones e inseguridades de los personajes que participan en el relato.
Es una película que no abusa de la acción, ya que las balaceras y los golpes de puño aparecen en su justa medida, de acuerdo a cómo lo requieran las necesidades el guión. Incluso aparecen en algunos momentos simpáticas escenas que derivan inevitablemente en situaciones divertidas dado el contraste en las características de ciertos personajes.
Yo destacaría de igual manera como la película inserta el concepto clave que se refiere a como las apariencias generalmente engañan, poniendo sobre la mesa la lección de que siempre detrás de lo que se ve se esconden aristas desconocidas. Todo este punto podría resumirse en una frase expresada en la cinta que versaba más o menos así: Me gustaría que esto que va a pasar, quedara entre nosotros dos.
En la misma dirección, podría señalar que la obra no expone para nada una historia maniquea, más bien las complejas motivaciones de cada personaje provocan que la historia vaya más allá de buenos contra malos, donde todos tienen miserias que ocultar y en donde pocos pueden ostentar el calificativo verdaderamente de Inocente. Sí, los siete personajes principales merecerían un estudio detallado. Alguien puede hacerlo e incluso examinarse y preguntarse ¿a quién me parezco?
Siendo un poco estrictos, no se podría considerar exactamente como un western, ya que lo único que tiene en realidad de western es la ambientación, sin embargo, la excelente historia que nos cuenta el director, bien sustentada en un sólido guión, lleno de matices y que no deja nada al azar, con unas interpretaciones que demuestra una excelente dirección de actores, y una excelente banda sonora de Jerome Moross.
Wyler perteneció a una raza de cineastas que sabían transmitir emoción, sin pretensiones intelectuales y pedantería, pero que conocían el lenguaje y la narrativa desde la era del cine mudo, fueron pioneros que conocían su oficio.
El arte cinematográfico alcanza aquí sus más altos niveles. Una perfecta recreación de la vida.

Comentarios

Entradas populares