Leave Her to Heaven (1945)



Director: John M. Stahl

Duración: 110 minutos

País: Estados Unidos

Elenco: Gene Tierney, Cornel Wilde, Jeanne Crain, Vincent Price, Mary Philips, Ray Collins, Gene Lockhart, Reed Hadley, Darryl Hickman, Chil Wills, entre otros.

" Richard Harland, un joven escritor, conce en un tren a Ellen Berent, una bellísima mujer con la que se casa pocos días después. La vida parece sonreírles, pero Ellen es tan posesiva, sus celos son tan enfermizos, que no está dispuesta a compartir a Richard con nadie; tanto amigos como familiares representan para ella una amenaza de la que intentará librarse."

La moda que tuvo el psicoanálisis en las primeras décadas del siglo XX en Europa llega al cine y a la literatura de forma arrolladora. En esta cinta del gran director John M. Stahl, esta evidencia salta a la vista desde el primer momento.
La fijación que Ellen desencadena por Richard tiene claras connotaciones freudianas. El famoso complejo de la mencionada disciplina, que en este caso, se va desarrollando al mismo tiempo que la trama hasta presentarnos a un personaje que llega hasta límites insospechados debido a aquel padecimiento. 
Sin embargo, a los ojos del gran público actual, esta cinta y la historia que en ella se relata podrían pasar por una enorme cursilería posterior a la guerra, muy apropiada para las abuelas que soñaban con príncipes azules y amores imposibles mientras escuchaban la radio o leían ávidamente las novelas propias del género. Y en cierto modo, no les faltaría razón, pues fue la sensación que me dejó justo en su conclusión. A pesar de ello, la película es algo más que la apariencia de almíbar.
Es un interesante relato que se disfraza de un aparente melodrama para ofrecernos puro cine negro envuelto en una amplia gama de colores.
La obra narra la impresionante historia de una mujer tan hermosa como mortífera. Pese a su cabello castaño me recuerda a las clásicas rubias del cine negro, pero con más registros posibles y matices. Es, por tanto, imposible hablar de esta cinta sin hablar de su pilar básico: Gene Tierney regalando al espectador el papel de su vida.
Stahl confiere al personaje gran profundidad psicológica por la que en un principio nos seduce; más tarde nos repugna sin por ello dejar de apartar la mirada sobre ella, para al final, fascinarnos y conmovernos, sintiendo lástima por una persona patológica que no dejó de amar ni un solo momento, y cuya pasión desmedida y enfermiza  no hizo más que llevarla a cometer actos perversos hasta las últimas consecuencias.
La película está dotada de un gran vigor narrativo. Desde la primera secuencia el director nos sumerge en una vorágine de sentimientos, que vamos percibiendo a medida que avanza la trama y que en ningún momento decae. Incluso algunas escenas del final están desarrolladas de una fuerza inusual, otorgándonos otra interpretación de gran altura, la de Vincent Price, cuya breve pero intensa actuación no provoca sino aportar una gran energía a su personaje.
Una cinta con escenas imborrables. Y es que la maldad nunca ha sido tan bella, porque, incluso hasta los malos tienen corazón, aunque no sepan cómo utilizarlo. Porque, quizá, su mayor desgracia ha sido el sentirse afectivamente sola.
El argumento ha sido repetido hasta la saciedad, en la mayoría de los casos, en películas de ínfima calidad. Una forma de hacer que, por desgracia, se ha perdido. Y si no se fian del que escribe, pregúntenle a un tal Scorsese que la descubrió una noche, mientras estaba en cama.

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