Funny Face (1957)



Director: Stanley Donen

Duración: 103 minutos

País: Estados Unidos

Elenco: Audrey Hepburn, Fred Astaire, Kay Thompson, Michel Auclair, Robert Flemyng, Dovima, Suzy Parker, Sunny Hartnett, Jean Del Val, Virginia Gibson, Sue England, Ruta Lee, Alex Gerry, Iphigenie Castiglioni, entre otros.

" El fotógrafo de una importante y conocida revista de moda busca una modelo que se salga de lo habitual. La casualidad lo lleva a una librería de Greenwich Village donde, inesperadamente, descubre a una joven y tímida dependienta que reúne todas las cualidades que buscaba. Decide, entonces, convertirla en la mejor modelo de París."

Hay ciertas películas que no se sabe si calificar atendiendo al corazón o a la cabeza. En este caso, si al final sólo le hubiera hecho caso al análisis frío y calculador, mi nota hubiera estado cerca de ser buena "a secas". Pero mi conciencia me impedía no calificar con adjetivo como estupendo este espectáculo tan maravilloso que se puede ver veces y más veces sin cansarse.
Seguramente, desde un punto de vista técnico, esta película no sea una obra maestra, pero cuando los sentimientos cobran vida, es difícil hacer valoraciones abstractas y puramente racionales. Eso consigue provocar el arte en los seres humanos.
El talento de Stanley Donen en el género del musical es a estas alturas incuestionable, pues el co-creador de la que es posiblemente la mejor obra del mencionado género, Singin' in the Rain, ya se lo ha ganado a pulso. Aunque fue con Gene Kelly con el que alcanzó reconocimiento internacional, fue con Fred Astaire con quien obtuvo sus primeros éxitos y con el que empezó a formarse como director de musicales.
Es evidente que el talento creativo de Kelly complementó a la perfección al de Donen logrando una fusión perfecta de talentos, que a pesar de lo diferentes que eran por separado alcanzaron una sorprendente compenetración. Pero para ser completamente sincero, pareciera que el estilo creativo de Donen siempre fue más afín al de Astaire que al de Kelly. Por eso, esta producción suponía una especie de reencuentro teñido de reconciliación entre el actor y director/coreógrafo.
En este caso el paso de los años se aprecia notablemente en Fred Astaire, sin embargo logra algún número musical con sorprendente energía, aunque seguía manteniendo todo el carisma que le llevó a la fama. No me parece que fuera un gran actor, pero tenía una personalidad muy imponente que le aportaba cierto encanto que ni los años han logrado extinguir. El problema aparece cuando lo juntaron con una Audrey Hepburn luminosa y encantadora como siempre, tanto que se come vivos a todos los actores, Astaire incluido. La actriz se convierte pronto en el centro de atención absoluto de esta historia sobre el mundo de la moda que en ocasiones me recordó a la reciente e irregular The Devil Wears Prada. Sólo que aquí de la misma manera en que se ridiculiza la superficialidad de algunos aspectos del mundo de la moda (por ejemplo una modelo es incapaz de pensar, nada más sabe posar), también se hace un poco de burla a los movimientos existencialistas de la época. 
En lo personal me quedo con el imaginativo número de Fred Astaire debajo del balcón de la protagonista, en el que por fin se puede lucir a gusto y la del café bohemio en la que se me aparecieron las estupendas aptitudes para la danza clásica y moderna que tenía doña Audrey, muy superiores a la de cantante. 
En cualquier caso el mayor defecto de esta simpática cinta es el guión tan simple que abusa de tópicos y profundiza poco en las situaciones y en los personajes. Se entiende, ya que no hay ninguna clase de película que refleje la alegría de vivir, con más glamour ni más encanto que un musical de los que estremecían los escenarios de Broadway y de los que llenaban las salas de los cines de soñadores que esperaban ver cumplidos, por lo menos en la pantalla, sus deseos secretos. Esos secretos de muchas personas que aspiran a ser felices con algo de dinero, dedicándose a una ocupación que les guste y encontrando al amor de su vida. El ciudadano que quiere escapar de la mediocridad, de la rutina, del desencanto, de las frustraciones y de la soledad sintiéndose durante una hora y media como Fred Astaire o como Audrey Hepburn, en la cima del mundo.
Los musicales de aquella época no son mucho más que cuentos de hadas. Tal cual.

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