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Incendies (2010)



Director: Denis Villeneuve

Duración: 139 minutos

País: Canadá/Francia

Elenco: Mustafa Kamel, Hussein Sami, Rémy Girard, Mélissa Désormeaux-Poulin, Maxim Gaudette, Dominique Briand, Lubna Azabal, Frédéric Paquet, Hamed Najem, Ahmad Massad, Bader Alami, Majida Hussein, Asriah Nijres, John Dunn-Hill, Nadia Essadiqi, entre otros.

" Jeanne y Simon Marwan son dos gemelos cuya madre que lleva mucho tiempo sin hablar, está a punto de morir. Pero, antes del fatal desenlace, les deja dos cartas que deben ser entregadas a un padre al que creían muerto y a un hermano cuya existencia desconocían. Ambos emprenderán un viaje al Líbano para localizarlos y encontrar respuestas a su existencia."

El cine no sucede antes de la proyección, ni después, sólo llega a ser en el instante mismo en el que como espectadores presenciamos la película. El cine carece de sustancia material, es decir no hay tacto en las figuras que lo habitan, en sus elementos y edificios. Es una suma fascinante de invenciones y nada más.
Estamos en este caso parados frente a una historia dura y desgarradora, ausente de sensiblería barata y muy alejada de los melodramas comunes. Desde el inicio logra atrapar con su trama, desde que el notario al fallecer la madre, como testamento, hace entrega a los dos hijos gemelos dos cartas que deben hacer llegar tanto a su padre (al que creían muerto), como a ese hermano del cual hasta ese preciso instante desconocían su existencia.
Una película que es en algún sentido una denuncia hacia esos fundamentalismos tan fanáticos, tan nacionalistas y tan religiosos que tanto daño han causado a la humanidad, así como esa lucha compleja y persistente de una mujer por recobrar su pasado.
Basada en una obra teatral del 2005, la película de Villeneuve no es una película especialmente para todos los públicos. Se requiere de una cierta sensibilidad que digiera una tragedia, un cierto conocimiento de historia y una verdadera apreciación de cierta forma de cine. De hecho, puedo asegurar con una mano en el corazón que la primera vez que la observé no encontraba las palabras para empezar a describir lo que acababa de ver en ese instante. Y todavía en esta segunda ocasión que pude volver a apreciarla, se me hace un nudo en el estómago cuando recuerdo las imágenes más bellas y más violentas que he visto en el cine en muchos años. Esta película significa un antes y un después en mi trayectoria cinéfila sin lugar a dudas.
Hay películas que quedan descritas con un simple plano. Que viven, se encorvan y se retuercen sobre esa combinación de un personaje proyectado en una pantalla. Esta cinta tiene una imagen que vive en la retina del espectador y se sustenta en la mirada perdida, atónita e incluso absurda de uno de los personajes. Ella abre y cierra el círculo sobre el lado más paradójico de la violencia que plantea el cineasta. Y ahí se filtra el cerrado primer plano de una mirada existencial que recorre toda una vida triste, trágica e infeliz hasta ese punto. Nuestra labor, como la de los hijos de esa víctima que ejerce con tolerancia el rol de verdugo, es guiarnos por esas retinas oscuras y tenebrosas hacia un pasado que resulta tan devastador como revelador.
Desde los primeros minutos de la película, se tiene la sensación de que se puede estar en presencia de un gran espectáculo. La primera escena que comienza con una panorámica desde una ventana a un paisaje desértico que regresa para mostrarnos una de las miradas más penetrantes que he observado en el cine, la de un niño hacia cuyo rostro la cámara lentamente se va acercando.
Con un ritmo pausado pero firme, la obra es un drama en estado puro, profundo y lastimoso que trata de escarbar en el pasado remoto de una mujer cualquiera, Nawal Marwan (nombre hermosamente eufónico) cuya vida dio un vuelco cuando siendo tan sólo una adolescente quedó embarazada de un palestino, y su familia, tras repudiarla, la obligó a dejar a su hijo en un orfanato, con la promesa de que un día iría a buscarlo.
La cinta está estructurada en capítulos y a la vez en flashbacks que siguen, por un lado, la vida de Nawal que, tras dar a luz a su hijo se marcha a estudiar a Daresh justo antes de que estalle la guerra civil y por otro lado, en el presente, tras el fallecimiento de Nawal, como sus dos hijos, los gemelos Simon y Jeanne tratan de comprender la extraña petición de su madre.
Sería una indecencia intentar dibujar su argumento o explicar detalles de la película, si se puede hay que verla con ojos vírgenes y esperando ser sacudidos en el momento más inesperado. 
Me queda claro que en la vida se toman decisiones que se pagan muy caro, pero esta cinta sirve como lección sobre cómo permanecer de pie y no doblegarse, incluso para seguir luchando después de la muerte. El ciclo de un relato que se cierra con mucho poder, porque toda la narración lleva un ritmo perfecto, las verdades se van haciendo obvias poco a poco, sin embargo en el momento de conocerlas siguen siendo, aunque se canten, muy duras. Una decisión final de romper el silencio, de ganarse un nombre bajo el sol, de romper el hilo de la ira es lo que puede cambiar todo el rumbo de una historia.

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