Amour (2012)




Director: Michael Haneke

Duración: 127 minutos

País: Francia/Alemania/Austria

Elenco: Jean Louis Trintignant, Emmanuelle Riva, Isabelle Huppert, Alexandre Tharaud, William Shimell, Ramón Agirre, Rita Blanco, Carole Franck, Dinara Drukarova, Laurent Capelluto, Jean-Michel Monroc, Suzanne Schmidt, Damien Jouillerot, Walid Afkir, etc.

" Georges y Anne, con los años ochenta cumplidos, son dos profesores de música clásica jubilados que viven en París. Su hija también se dedica a la música, y vive en Londres con su marido británico. Un día, Anne sufre un infarto. Al volver del hospital, un lado de su cuerpo está paralizado. El amor que ha unido a la pareja durante tantos años se verá puesto a prueba."

El amor como la mayoría de los conceptos sublimes de la vida no tiene una definición concreta y, en caso de haberla, con seguridad no se acerca en lo más mínimo a una descripción real de lo que supone. No puede encerrarse su significado entre palabras, porque la palabra como tal no alcanza para tanto y ello implicaría condenar lo extraordinario sólo porque como humanos tenemos la irremediable necesidad de dar una respuesta particular a todo aquello que se nos escapa de nuestro raciocinio, por incompleta que ésta sea.
Si aceptamos el hecho como tal, nos queda la posibilidad -más que digna, por honesta y humilde- de evocarlo a través del arte. Evocarlo, no capturarlo. Todo intento más allá de esta conjetura resulta a menudo arrogante y pretencioso.
Esta cinta es un ejemplo de virtud en ese sentido, pues abandona conscientemente ese propósito sugiriendo caminos alternativos para despertar la sensibilidad del espectador, renunciando a los atajos que la herramienta cinematográfica nos brinda, tan manoseados a lo largo del tiempo que se convierten en ineficaces para una propuesta realista.
Por ello, ver una película de Michael Haneke siempre es un reto porque el director austriaco es un cineasta que te muestra, desde un realismo exacerbado, el lado más crudo de la vida de la manera más incómoda posible. Sus cintas son molestas de ver porque suponen una exposición frontal ante lo más áspero de nuestra existencia, ante lo que nuestra mente intenta apartar. El nos lo recuerda constantemente y eso duele.
Aunque esta fue la segunda vez que la observo, todavía recuerdo las sensaciones que me provocó en la primera oportunidad y es que la obra de este hombre es cualquier cosa excepto ligera y cómoda. Ya sabía que volvería a pasar por una experiencia dura, me arriesgué una vez más y por el momento no me ha defraudado, incluso va un paso más allá en esta que tal vez sea su película más brutalmente realista y sencilla. La vejez pura y dura, sin adornos ni azúcar. A veces nada genera más miedo que ver un reflejo de la vida misma.
Michael Haneke escribe su película sobre la imprenta de la vida, la muerte y el amor para formar un impecable y certero libro. No nos engaña. Nos muestra las páginas finales para revelarnos aquello que conocemos y se encuentra al final del camino: nuestra propia muerte. Pero, finalmente, cede a los sentimientos y escribe un epílogo por encima de la propia obra, como esa película de la que habla Georges "No recuerdo el título de la película, pero si los sentimientos".
Cualquier director buscaría un exceso de primeros planos para buscar lo emocional en los rostros de los protagonistas, pero Haneke se queda en la distancia, como si el mismo no quisiera implicarse emocionalmente en la propia historia. Quiere ser un testigo como el espectador sin adornar ni manipular la representación que tiene por delante. Pero los planos se van acortando a medida que avanza la cinta: nos acercamos al horror, a la muerte y también al amor. Porque esta es una película de terror que arrastra en su teatralidad el encierro y claustrofobia de los propios protagonistas y espectadores.
Su última obra supone un duro retrato de nuestros últimos días vistos desde la perspectiva de una pareja de octogenarios sumidos en la decadencia de la descomposición humana y la agonía del peor final que puede depararnos esta vida. 
La película contiene la dosis de desolación y pesimismo muy típico de Haneke pero, en este caso, puede advertirse algo extraño en él, algo distinto, algo que podría parecer insólito en su filmografía: aquí hay lugar a la esperanza para los personajes mediante el efecto redentor del amor. Aquí se alcanza la paz por medio de un amor incondicional que les libera de la penuria a la que están condenados en sus vidas.
No obstante, el trayecto que hemos de recorrer en la cinta hasta llegar a esa mencionada liberación, sigue la misma linea que el cineasta ha ido trazando a lo largo de su carrera. Oponiéndose a cualquier convencionalismo, construye una puesta en escena sobria, sin trucos, prácticamente neutra y objetiva y las secuencias más penosas son mostradas sin subrayado alguno, lo que dota a la obra de un ambiente árido difícil de digerir. Aquí no hay suspenso alguno, los hechos ocurren sin más, como la vida misma, y son presentados sin ser juzgados, tomando cierta distancia y preguntando al espectador qué opina de ellos, algo habitual en un cineasta que es más proclive a Resnais que a Spielberg.
Dispuesto siempre a profundizar en los sentimientos más amargos y reescribir el lenguaje cinematográfico imperante. Haneke nos propina otra valiente bofetada de realismo en plena cara para que no miremos hacia otro lado y nos enfrentemos a la cruda verdad. Sin embargo, toda la violencia que anida en el núcleo de cada una de sus historias, parece haber sido sustituida en esta película por el amor, pero se trata de un amor que no suele ser mostrado en una pantalla de cine. 
Esta película es la enfermedad de aquellos votos del matrimonio que señalan "en la salud y en la enfermedad", la parte más agria de ese sentimiento, pero a la vez la más conmovedora y es que no es nada descabellado si aseguro que estamos ante la obra más intima y personal del director. El mismo afirmó que era su película más tierna, así que no hablemos más y sentémonos a contemplar esta mayúscula obra cinematográfica.

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