Stalker (1979)



Director: Andrei Tarkovsky

Duración: 163 minutos

País: Unión Soviética

Elenco: Alisa Freyndlikh, Aleksandr Kaydanovskiy, Anatoliy Solonitsyn, Nikolay Grinko, Natalya Abramova, Faime Jurno, E. Kostin, Raymo Rendi, entre otros.

" En un lugar de Rusia llamado 'La Zona', hace algunos años se estrelló un meteoro. A pesar de que el acceso a este lugar está prohibido, los stalkers se dedican a guiar a quienes se atreven a aventurarse en este inquietante paraje."

Uno de los motivos por los que me encanta la ciencia ficción es por ese tremendo potencial abstracto que muchas de sus obras contienen de forma implícita. Y aunque sobra decir que esta película posee esa capacidad en abundancia, no le hubiera quedado nada mal a la película de Tarkovski adornar su carga metafórica y su irreprochable planteamiento estético con alguna que otra escena de acción. No me refiero, obviamente, a trepidantes persecuciones ni a deslumbrantes efectos especiales. Me refiero a una mínima estructura argumental sobre la cual poder articular una historia. Un minúsculo pretexto que permitiera al espectador sobrellevar con cierta dignidad esos letárgicos trances por los que transitan los tres protagonistas de la cinta durante su "breve" incursión en la zona. 
Señalo esto, porque si bien todas las discusiones filosófico-religiosas planteadas y debatidas entre el escritor, el profesor y el stalker me parecen muy interesantes, la permanencia de estos tres personajes en la mentada zona se me antoja, reflexionándolo en perspectiva, muy tediosa.
Todo empieza en un áspero blanco y negro. La suciedad, el viaje y el territorio de la frontera dan paso al color y con él, entramos en la Zona, por la que avanzan los mencionados personajes, en trayectos que podríamos llamar sesgados, permanentemente inciertos. 
La Zona es un lugar en el que las leyes de la física no son estrictas, sino que obedecen a los extraños caprichos del lugar. Es por ello que el imaginario lugar constituye un intrincado laberinto de trampas de las cuales sólo los stalkers pueden poner a salvo a los viajeros.
La película, que utiliza como mecanismo inicial de atracción una hipotética visita extraterrestre, constituye una inmejorable meditación visual sobre la idea de lo sagrado. En ella es esencial todo aquello que no se ve. Por ello uno como espectador se tiene que dedicar básicamente a contemplar, a saborear todo, a dejarse llevar por las imágenes y sumergirse en ese canto de agonía y esperanza.
La Zona es la esperanza. Ya fuera producto de un meteorito que se estrelló, o de alguna presencia extraterrestre que vino con el propósito de analizar a la perfección el alma de la humanidad para después marcharse dejando atrás un obsequio, lo único que se sabe es que todo el que penetra en ella realiza el viaje más inquietante, la búsqueda y el encuentro con uno mismo. Y no todos pueden soportar tal descubrimiento.
Ese lugar con inteligencia propia no admite coordenadas, y es diferente para cada persona. No se trata de cambios físicos estrictamente hablando, aparentemente el paisaje es el mismo. Pero cada persona que se adentra en sus límites psicológicos va a afrontar caminos diferentes. Nadie puede realizar exactamente el mismo recorrido que otro, en cuanto a experiencia emocional y perceptiva. Además, la Zona es susceptible de colocar trampas, curvas y obstáculos en la forma de luchas con uno mismo o para ser de alguna forma intimidado. Dependiendo de la personalidad, puede llegar a paralizar de terror, de decepción, de desesperanza. O puede dejar el paso bastante despejado, sin grandes dificultades que no sean las de sufrir un autoanálisis que puede llegar a ser demoledor o soportable, según cada cual aventurero.
Esta cinta se desarrolla en el gran momento de creatividad del director ruso: los años setenta. Además, es la última que realizó en la Unión Soviética antes de emprender su exilio voluntario, como consecuencia de las continuas presiones que recibía, fruto de la gran abstracción que estaba adquiriendo su cine. Tanto el exilio como su creciente abstracción quizás tengan una explicación y por ello debo intentar llegar a ella en los párrafos siguientes.
Para empezar me parece que el director soviético se dedica a ceder al espectador la obligación de construir él mismo el propio contenido semántico de las imágenes. Uno siente verdaderamente la necesidad de construir el contenido de cada película de Tarkovski en el interior cuando la observa, por eso él se deshace de la posibilidad de haber hecho una película (sensible de error o acierto) de tal manera que elabora la vía para que nosotros la terminemos de realizar en nuestro interior.
Así que la interpretación es que este es el viaje cinematográfico a la búsqueda del ser humano. Los deseos. La caminata que dura toda la película, y la falta de respuestas. Es la filosofía, pero no la filosofía cinematográfica, que respeta los códigos y reglas del celuloide. Esta película es la filosofía plasmada en una cinta. Y no todos están aptos para verla, y cuando me refiero a apto, hago referencia al resultado de la resistencia contra el interés que pueda inspirar una película. Si hay real interés en lo que muestra, verla puede llegar a ser un extraño deleite, pero si no, pierde inútilmente horas de su vida. 
Es cierto que es posible que sea una obra difícil de ver y de asimilar, más en ningún caso me ha parecido, ningún suplicio ni un martirio como espectador. Puede ser aburrida, enigmática, profunda e incluso densa, sin embargo nunca perdí el interés en mirarla (aunque si tuviera la posibilidad de hacerlo le agregaría el recurso que mencioné al inicio).
Es cine pulcro, que sugiere, que permite que el espectador aporte, luego comprenda y produce emociones causa de las imágenes. Es así como esta obra es ante todo una experiencia, que si entras en su ritmo, no olvidarás. O quizás sólo son huecos que están ahí para que seamos nosotros, en nuestro raciocinio o en nuestros delirios, quienes los rellenemos.

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