Whiplash (2014)



Director: Damien Chazelle

Duración: 107 minutos

País: Estados Unidos

Elenco: Miles Teller, J.K. Simmons, Paul Reiser, Melissa Benoist, Austin Stowell, Nate Lang, Chris Mulkey, Damon Gupton, Suanne Spoke, Max Kasch, Charlie Ian, Jayson Blair, Kofi Siriboe, Kavita Patil, C.J. Vana, entre otros.

" Un joven baterista que es una promesa en el instrumento se inscribe en un conservatorio en donde se les exige a los alumnos de manera feroz, en ese lugar es donde sus sueños de grandeza son asesorados por un instructor que no se detendrá ante nada para desarrollar el potencial de su estudiante."

El director Damien Chazelle, tras el fracaso de no poder producir la película debido a que a nadie le interesaba el tema a tratar que era acerca de un baterista de jazz, se vio obligado a hacer un cortometraje, el cual le ayudó a recaudar el dinero para poder llevar a cabo esta obra, para nuestra suerte. Y es que esta película parece reivindicar un instrumento relegado habitualmente a un discreto segundo plano. La película lo consigue, consecuencia del amor y el conocimiento del propio director hacia dicho instrumento y hacia el jazz, género musical que jamás ha sido retratado en el cine de manera tan apasionante.
La película arranca con el sonido de una batería y la cámara acercándose a quién será uno de los dos protagonistas, Andrew quien da vida al joven baterista. Mientras éste último se encuentra tocando, aparecerá en escena Fletcher, un profesor de conservatorio, quién lo observa tocando y se da cuenta de su talento, pero no le basta solo con eso, así que abandona el lugar mientras el joven le muestra sus habilidades.
Chazelle consigue con esta cinta una conjunción perfecta entre el amor a la música y el desarrollo de sus personajes. Plano a plano el relato parece construirse sólo con acordes, golpes de baquetas y el resonar de las trompetas, en una mezcla musical fantástica que se mueve entre las piezas Caravan y la que le da el nombre a la película, un jazz potente que aún retumba en mis oídos. 
Pero no sólo de música vive esta película, ya que Chazelle consigue que profesor y alumno entren en una batalla épica de redobles y platillos, provocando que el espectador abandone su posición pasiva y participe de forma activa en su historia.
Una creación cinematográfica que despierta la pasión por la música, aunque sea mínima, que casi todos llevamos dentro, y el culpable no es sólo el director, sino que sus dos protagonistas, un soberbio J.K. Simmons y un apabullante Miles Teller, realmente ponen la piel de gallina.
Una máxima que dejan bien clara en todo momento en la cinta, es esa búsqueda de la perfección, esa obsesión (a veces malsana) de alcanzar un nivel casi inalcanzable, aspecto que comparten ambos protagonistas, aunque cada uno a su manera y por caminos distintos. De hecho, esa misma obsesión queda también perfectamente reflejada en su difícil relación: dura, sufrida, pero llena de pasión, una pasión explosiva con una culminación inmejorable.
Basándose en su propia experiencia, el director derriba falsos lugares comunes sobre la aparente anarquía, espontaneidad e improvisación del jazz, disciplina que como cualquier expresión de tipo artístico, muy poco elegidos pueden dominar a la perfección alcanzando la magnificencia. También huye de mitos basados en el simple talento innato, mostrando sin concesiones que en el camino hacia la auténtica grandeza solo se puede avanzar a base de determinación, disciplina y sacrificios que francamente parecen difíciles de soportar.
Pero bueno, para comenzar, no le restemos méritos. La simpleza de esta cinta nace de la búsqueda de su creador por simplificar la propuesta, sabedor que la propia narrativa, el diseño de producción y los actores, son suficientes para enganchar al espectador en su asiento. Incluso si no son fanáticos del jazz o son verdaderamente ajenos a él. Porque cuando vemos a Simmons interpretando al profesor y por otro lado a Teller brindando la replica, sabemos que esta es, además de una película sobre música y músicos, una cinta de actores, un verdadero duelo de interpretación. 
El director conoce la potencia de su propuesta y también sabe de la capacidad de sus actores. El resto no importa, o no debería. En pocas palabras, la creación de Chazelle sabe que es buena y no le preocupa demasiado. El material es lo suficientemente potente para no abrumar al espectador. Incluso, por si la música y el ritmo de la edición no fueran suficientes para disparar las pulsaciones del espectador, el director coloca la cámara haciendo uso y abuso del primer plano y el plano detalle para que no nos perdamos cada golpe de la baqueta, cada gota de sudor y de sangre, cada mirada entre profesor y alumno encarnados por dos actores soberbios y perfectamente compenetrados.
Claro que muchos verán en ella una apología del individualismo o de la competitividad desmedida que asola nuestro mundo moderno, pero no creo que haya que buscarse esa doble lectura en una cinta que trata más sobre la decisión personal de conseguir la excelencia.
Hoy en día, cuando se oye que el Jazz está muerto, quizá se podría decir que es un mal momento para que una película así saliera a la luz, pero la historia que cuenta, lo que transmite, la armónica obra cinematográfica que se nos presenta, no puede ser más acertada cronológicamente.
Tal vez algún día Andrew logre alcanzar su meta, como también podría ser que jamás lo consiguiera.  Tal vez sea cierto que detrás de los maltratos de Fletcher se esconde un objetivo legítimo (algunos dirían que no, por los métodos que utiliza para ello), como también podría que ese objetivo tan solo sea una excusa para esconder una caprichosa necesidad de estar jodiendo a los demás. El casi es que en realidad no existe una sola respuesta. Y de esto nos habla la cinta: de la complejidad de la vida en contraposición a las fórmulas reduccionistas, del sólido muro en que se convierte la realidad cuando pretendemos moldearla mediante convicciones simplistas. 

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