Barry Lyndon (1975)


Director: Stanley Kubrick
Duración: 184 minutos
País: Reino Unido
Reparto: Ryan O'Neal, Marisa Berenson, Patrick Magee, Hardy Krüger, Steven Berkoff, Gay Hamilton, Marie Kean, Diana Körner, Murray Melvin, Frank Middlemass, André Morell, Arthur O'Sullivan, Godfrey Quigley, Leonard Rossiter, Philip Stone, entre otros.
" El joven Redmond Barry, huérfano de padre, se ha enamorado de su prima, a la que también pretende el Capitán John Quin. Enfrentados en un duelo arreglado, Redmond cree haber matado a Quin y huye a Dublín. Decide alistarse en el ejército inglés, donde empieza a desarrollar su enorme habilidad para sobrevivir. "
Sencillamente, otra obra maestra de Kubrick. Por desgracia, la última que me quedaba por ver de este monstruo del séptimo arte. Una obra que constata su madurez creativa y que evidencia, al mismo tiempo, que cada vez que Kubrick dejaba la piel tras las cámaras, el resultado no podía ser otro: una nueva obra maestra. Sin paliativos. Lo podría decir más alto, pero no más claro.
Me gustaría hacer hincapié en ese obsesivo perfeccionismo de Kubrick porque, al margen de constituir la piedra angular de su cine, corrobora una verdad como un templo: el talento sin trabajo y esfuerzo no sirve para nada. Porque sí, de acuerdo, Kubrick era un genio. Pero pocos trabajaron y sudaron como él.
Y si esta cinta es un impecable cuadro de la Europa de la segunda mitad del siglo XVIII es porque entre otras cosas, Kubrick se preocupó de agenciarse con unos lentes especiales Zeiss (diseñados para la NASA) para poder rodar a la luz de las velas o de contratar a 65 sastres durante más de seis meses para confeccionar el vestuario de época según modelos originales. A eso le llamo trabajar. Lo demás son tonterías.
Pero más allá de ese exquisito esteticismo (muchos planos parecen verdaderos lienzos de Thomas Gainsborough o Antoine Watteau), lo que más me fascina de esta obra es el preciso equilibrio que Kubrick consigue establecer entre el protagonista y su entorno. Un enfoque que, lejos de ser frío y distante por esa inequívoca escasez de afección o sentimentalismo, no hace más que describirnos sobria y ponderadamente esa constante lucha por superar las adversidades con las que se irá encontrando Redmond Barry a lo largo de su periplo vital por la Europa del antiguo régimen. Un periplo narrado como le gustaba a Stanley: sin prisa pero sin pausa. Tomándose su tiempo. Consiguiendo que el tránsito vital entre el Barry triunfador, libertino y jugador, y el Barry perdedor, mutilado y abandonado a su suerte, vaya calando en el espectador con la misma intensidad emocional y dramática con la que esa omnipresente danza lenta de la sonata de Haëndel nos penetra hasta el tuétano.
Un auténtico festín, en suma, para el sentido y la senbilidad de cualquier cinéfilo que se precie de serlo. No diré que es la que más me ha gustado de Kubrick porque cuando un cineasta atesora en su filmografía grandes obras como Paths of Glory, 2001: A Space Odyssey, o A Clockwork Orange cuesta mucho decidirse por alguna de ellas, pero bueno, de lo que sí estoy seguro es que este proyecto es otra obra maestra del cine del genio. El genio, ese gran genio al que siempre estaré agradecido y que ya forma parte de mi vida, de mi alma, de mi forma de pensar.
Simplemente increíble, una obra de arte de gran belleza que sonríe, amarga y conmueve. Única.

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