Mad Max 2 (1981)




Director: George Miller

Duración: 95 minutos

País: Australia

Elenco: Mel Gibson, Bruce Spence, Michael Preston, Max Phipps, Vernon Wells, Kjell Nilsson, Emil Minty, Virginia Hey, William Zappa, Arkie Whiteley, Steve J. Spears, Syd Heylen, Moira Claux, David Downer, David Slingsby, entre otros.

" Tras el holocausto nuclear, la gasolina se ha convertido en un bien escaso y muy codiciado. Mad Max, héroe solitario, inicia una lucha sin cuartel para ayudar a una colonia de supervivientes constantemente atacada por un grupo de violentos guerreros que intentan arrebatarles un tanque de gasolina. Max decide ayudar a los defensores del tanque."

Se suele decir que segundas partes nunca fueron buenas, yo no comparto esa afirmación. Y ejemplo más claro, es esta segunda película del personaje Mad Max.
La primera entrega de la saga australiana y esta segunda, podrían ser historias independientes. Porque en esta secuela tenemos a Max, quien fuera en el pasado un joven policía, idealista, intrépido y representante de la ley y el orden; convertido ahora en un hombre solitario, un sobreviviente que no se compromete con nadie y que sigue las leyes de la selva de asfalto, la jungla en la que se ha convertido el mundo. Ya no hay civilización, todo lo que el Hombre creó, él mismo lo ha destruido, ahora solo queda la lucha frenética de los afectados por obtener el poder, es decir, el petróleo que queda en la tierra.
Max, como todos los sobrevivientes, es una sombra. Una figura vestida de cuero, armada hasta los dientes, independiente, un hombre que arrastra tras de si como su única compañía un perro sarnoso, feroz compañero, y un antiguo Interceptor, símbolo de tiempos mejores. Se han quedado atrás cualquier nostalgia o lamentación por los tiempos pasados, ahora en la selva solo cuenta seguir vivo, seguir en la carretera.
Esta cinta es un western post apocalíptico (si tuviese que ser clasificada), donde el hombre sin nombre no es en absoluto un héroe, ni un protector, sino una figura despiadadamente individual, que puede ayudar a una comunidad, pero jamás va a integrarse en ella. Con una fotografía crepuscular totalmente ochentera, y una mágica voz en off, se nos narran las peripecias de dos grupos de supervivientes. Uno de ellos compuestos por seres pacíficos que intentan sacar adelante una refinería de petróleo. El otro, compuesto por sanguinarios asesinos motorizados que quieren ese petróleo a toda costa. Ninguno de los dos grupos es representado como totalmente positivo o negativo, pues ambos bandos se enfrascan no solamente por sobrevivir, sino por conservar el poder, lo cual enriquece la historia, nada de maniqueismos. En medio de ambos mundos, va a caer Max, solitario, sin nombre. Sólo desea huir de todo lo que huela a civilización, sin embargo no le va a quedar más remedio que meterse en esa guerra.
George Miller no es un gran realizador, solo que con las dos primeras piezas de su saga apocalíptica, reflejó a la perfección ese mundo desesperanzador, donde da la impresión de que ya no queda nada de lo que nos caracteriza como seres humanos 'racionales'. Esta segunda entrega, es casi una obra independiente, y no una secuela realizada por motivos puramente comerciales (como sí lo sería esa tercera entrega) sino porque de verdad quedaban algunas cuestiones que contar. En la primera entrega asistíamos al final de la civilización como se conoce, aquí acompañamos a los protagonistas a algo mucho peor, el retrato duro y cruel de una serie de desarraigados y supervivientes matándose entre sí por devorar los últimos restos del poder que, precisamente, fue la causa de su destrucción. Todo ello metido en un elegante envoltorio de película comercial ochentera.
Por otro lado, las secuencias de acción siguen siendo buenas, especialmente la final. Y la ambientación de una Australia desolada por la guerra nuclear, resulta atrayente. Diría que incluso va un paso más a lo que se refiere a la devastación que en la primera cinta, en ese caso al menos seguía existiendo algo de civilización: habia bares, policía, talleres y gente más o menos 'normal'. Sin embargo, aquí todo ese entramado ha desaparecido.
George Miller fue un absoluto visionario al escribir un guión sobre la relación directa que existe entre nuestra civilización y unos productos totalmente agotables que simplemente quemamos, sin vuelta atrás. 
Una cinta que se convirtió en la gran referencia para un buen puñado de obras que le siguieron y que se inspiraron o copiaron directamente el poderoso estilo visual de la misma. No es posible que caiga en tópicos o lugares comunes, ya que cuando se estrenó (yo todavía no nacía) esta pelicula fue toda una revolución. Un auténtico baño de originalidad que la convirtió en un verdadero filme de culto, imprescindible en la filmoteca particular de los buenos amantes de este género.
En realidad, si se mira con frialdad la película cualquiera se puede dar cuenta que en manos de cualquier inepto habría sido algo cercano a la mayor parte de la ficción nacional, pues el guión no da para mucho. Sin embargo, Miller saca adelante este trabajo imprimiéndole una calidad que salva al producto final. Incluso hay momentos en el que la música que emplea o los encuadres convierten una secuencia banal en un momento épico.
Ya lo quisieran otros. ¿Qué ha sido de ti, George?

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