Des hommes et des dieux [2010]




Director: Xavier Beauvois

Duración: 122 minutos

País: Francia

Elenco: Lambert Wilson, Michael Lonsdale, Olivier Rabourdin, Philippe Laudenbach, Jacques Herlin, Loic Pichon, Xavier Maly, Jean-Marie Frin, Abdelhafid Metalsi, Sabrina Ouazani, Abdellah Moundy, Olivier Perrier, Farid Larbi, Adel Bencherif, Benhaissa Ahouari, entre otros.


" A finales del siglo pasado, en un monasterio situado en las montañas del Magreb, ocho monjes cistercienses viven en perfecta armonía con sus hermanos musulmanes. Pero una ola de violencia y terror se apodera lentamente de la región. A pesar del creciente peligro que los rodea y de las amenazas de los terroristas, los monjes deciden quedarse y resistir."

Este proyecto de Xavier Beauvois habla de hombres y de dioses, de la fe, la ideología y las personas. Filma con sumo cariño la rutina y rituales de unos monjes franceses que viven en un monasterio de la Argelia convulsa, una acción arriesgada que muchos describirían como poco cinematográfica. 
La película transcurre entre cánticos y diálogos enriquecedores, y el director trata a sus personajes con respeto, con la misma tolerancia y comprensión que demuestran los monjes: ellos, reunidos en una mesa de formas bíblicas, deciden y votan uno a uno si, tras una serie de asesinatos por parte de radicales musulmanes, deben abandonar o no sus tierras y volver a Francia.
Al contrario que el grueso de las cintas basadas en hechos reales, esta obra no se conforma con la simple reconstrucción de los hechos y aprovecha para hablar de algo más. Su tema es la fidelidad a las creencias, a la comunidad y a los amigos.
A cada hora que pasa el tiempo de los monjes se agota, ellos bien lo saben, mas no se apresuran y respetan el orden habitual de sus ritos, reservando el diálogo para su reunión semanal. E incluso entonces no ceden a la urgencia y aguardan su turno.
En sus oraciones y sus himnos se oyen palabras sobre el sacrificio y la fe y al final ha llegado el momento de demostrar, de olvidarse de los instintos animales de supervivencia y hacer prevalecer el raciocinio, algo puramente humano. Los que se plantean marcharse se preguntan qué harían después, entonces se dan cuenta que sus compañeros de orden también son sus amigos, parte esencial de su existencia y que, desde el momento que se hicieron monjes y se marcharon a ese apartado lugar, ya entregaron su vida, que no llegaron a ese lugar porque fuese lo más cómodo, así que permanecer con la gente del pueblo y los demás monjes es una consecuencia directa de sus elecciones.
Admirable como no se incurre en golpe bajo alguno. No se utiliza ninguna escena sensiblera (ya saben, por ejemplo una niña enferma que exprese lo evidente y les agradezca que se queden porque son sus amigos) que multiplique artificialmente la emoción y genere una falsa impresión de impacto.
También renuncia a crear suspenso mostrando cómo se desarrollan las intrigas político-religiosas. A excepción de aquella escenas donde aparecen unos croatas, el punto de vista no se desvía de los monjes y el peligro se desarrolla en elipsis.
Esta historia es sobre su entereza y su coraje, no sobre la situación del país: No cabe duda que Beauvois decidió cubrirse con el hábito y mantener el rigor del planteamiento y no ceder a las demandas de la comercialidad. En ese sentido, el único reproche que se le puede hacer es que caiga en algún contraste efectista y empalme una escena que empieza con un golpe seco después de otra silenciosa.
Aún así, que nadie se equivoque, esta película no es un filme religioso. Ni religioso, ni catequizador, ni adulador, ni mucho menos una película critica o fiscalizadora. Se trata, única y sencillamente de una película con un profundo y sincero mensaje humanista. Una cinta que, más allá de analizar las actitudes o las reacciones conservadoras de los islámicos, tan sólo pretende mostrarnos con toda la honestidad del mundo el punto de vista de unos monjes que en su día decidieron dedicar su vida a los menos favorecidos. Con sus dudas, sus miedos y sus contradicciones. 
Un punto de vista que se afianza en ese parsimonioso ritmo narrativo que toda cinta contemplativa o reflexiva necesita en mayor o menor grado y que, gracias a las sobrias y convincentes interpretaciones de Wilson y Lonsdale, adquiere un brillo de veracidad y discreta heroicidad absolutamente conmovedora.
Son tiempos duros como para creer en ideales en un mundo material. Tal vez sea tiempo de llorar y emocionarse en una última cena al ritmo de "El lago de los cisnes". Tal vez sea el momento de pensar en un mundo que dejó de creer en algo más importante que dioses invisibles y omnipresentes. En un mundo que dejó de creer en los hombres y, por lo tanto, en sí mismo.

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