Partie de campagne (1936)




Director: Jean Renoir

Duración: 40 minutos

País: Francia

Elenco: Sylvia Bataille, Georges D'Arnoux, Jane Marken, André Gabriello, Jacques B. Brunius, Paul Temps, Gabrielle Fontan, Jean Renoir, Marguerite Renoir, Pierre Lestringuez, entre otros.

" La familia del propietario de una tienda parisina decide pasar un día en el campo. La hija se enamora de un hombre en la posada, donde determinan pasar el día."

Poco divulgada y frecuentemente infravalorada por considerarla un proyecto inconcluso, esta película es para mí, una de las mejores, y probablemente, la mejor obra de su autor y una de las más hermosas y tristemente poéticas de la historia.
Tal vez se trata de la obra cinematográfica impresionista por excelencia, no tanto por las locaciones o los encuadres, que remiten de manera muy directa a Pierre-Auguste Renoir (padre de Jean), como por conseguir apoderarse del gran sueño de los impresionistas: aprisionar la fugacidad del tiempo, o de la vida en sí misma. 
Porque todo el relato trata sobre una cuestión muy humana: aquella que examina el hecho de que la mayoría no vivimos nuestras vidas tal y como nos piden nuestros instintos y nuestra esencia, sino que decidimos entregársela a las personas más cercanas que nos influencian y encuadran en sus convencionalismos y proyectos sin sustancia; la consecuencia de ello es que después nos pasamos los años recordando lo maravilloso de lo que fuimos las pocas veces que actuamos con valentía, de manera arriesgada y saliéndonos de los caminos trazados, y lamentándonos por no haber vivido conforme a lo que nos pedía nuestra propia naturaleza y nuestras más profundas emociones.
También es cierto que lo que puede pretender preguntarse es porque los hombres solemos distanciarnos de la naturaleza. En una escena se observa a unos sacerdotes pasando enfrente de las mujeres, y no pueden reprimir echar un vistazo ante tal deleite visual, no pueden reprimirse, deben mirar. Su naturaleza se los indica, pero el líder del grupo regaña a uno por hacerlo. ¿Por qué ir en contra de lo que nos dicta nuestra naturaleza? 
En ese mismo sentido, el río para Renoir es la vida, la ramificación de todo lo demás. Es la metáfora adornada para la ocasión, que además ya aparecía en la literatura de hace varios siglos, donde el río es como la vida que va a dar directamente al mar. Los personajes están en constante movimiento sobre el río, sobre la barca. Es un personaje más, aparece difuminado como un óleo a lo largo de los cuarenta minutos del metraje a modo de núcleo.
Hay una enorme síntesis de temas en esta cinta, que algunos consideran un mediometraje y otros un corto. En poco menos de 40 minutos aparecen hombres idiotas, esposas, hijas y aprendices. Una pequeña burguesía de comerciantes perseguida por sus propias falsedades en cuanto a la sensualidad y libertinaje de jóvenes con sombreros de paja. 
La vitalidad de los cuerpos y las plantas se mezcla entre tormentas imprevistas (para el propio director), con tremendo vendaval de juncos, ramas y brizna de agua. 
En cuanto a los elementos cómicos de la cinta, no creo que tengan más valor que una interpretación en clave festiva del relato que consigan, llevando al terreno de la caricatura el realismo de la prosa, ofrecer una abreviación visual que ofrezca el mismo punto que Maupassant.
Los planos, acurrucándose encima de los cuerpos como en la escena del columpio, el beso o la barca con dos extremidades remando, perfilan ese naturalismo poético, su impresión fugaz de clima, insectos y cielo suprimido. La comedia de la naturaleza del amor en fuga. Los cuerpos y el sudor, el antebrazo moldeable y la renuncia que lleva implícita. Y luego el sueño, la nostalgia hablando a los recuerdos en condicional.
Lo habitual es que el cine que parte de una creación original literaria lo desaproveche o se aparte de su sentido. En cualquier caso, que decepcione. Esta excepcional película de Renoir, basada en un relato de Guy de Maupassant, no sólo perfecciona su valioso contenido sino que lo potencia con formidable visión cinematográfica; lo ensancha, profundiza e ilumina.
El relato es puro naturalismo, un texto sensorial, pegado al suelo, sin derivar jamás a lo contemplativo. Está tejido con percepciones, deseo y palpitación. El director, dándole vida a cada plano, multiplica de tal forma la energía de ese microcosmos del cuento de Maupassant que, aun siendo considerable la capacidad de sugerencia de sus páginas, parece un esquemático y pálido plano junto al despliegue íntegro y sinfónico de las imágenes.
Entre los excursionistas las mujeres, madre e hija, sin alegres, vitales; los hombres, el ferretero y su empleado y aspirante a yerno, son lentos, bobos y groseros. En varios pasajes de la narración se comportan simplemente como el Gordo y el Flaco. Comen y beben. Los hombres, borrachos, duermen la siesta, tosen y hasta sufren de hipo. Las mujeres no. Los remeros, con sus camisetas a rayas, se deciden a conquistarlas de una manera casi técnica. Una de las fugaces parejas, la que disfruta el baile y la risa, es simbolizada por la imitación de la naturaleza con una simple flauta. La otra, melancólica y tímida, por el maravilloso canto del ruiseñor. 
Es curioso como el amor sueñe ir acompañado de tristeza y melancolía. Quizás para que sea más hermoso, más auténtico, debe ser breve y guardar dicha esencia en el recuerdo y no desgastarla con el transcurrir de los días.
Una película sobre los árboles sujetos en la orilla del río, la lluvia y los corazones preparándose para los compromisos contradictorios y las pulsiones de la sangre. Como una rama que el viento mece en esta extraña oportunidad. Sin distinguir a veces muy bien qué tendrán los domingos para ser tan diferentes de los lunes. Qué tendrán las afinidades para ser a veces tan distintas de las elecciones.

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