The Year of Living Dangerously (1982)



Director: Peter Weir

Duración: 115 minutos

País: Australia / Estados Unidos

Elenco: Mel Gibson, Sigourney Weaver, Linda Hunt, Michael Murphy, Bill Kerr, Noel Ferrier, Bembol Roco, Paul Sonkkila, Ali Nur, Dominador Robridillo, Joel Agona, Mike Emperio, Bernardo Nacilla, Domingo Landicho, Hermino De Guzman, entre otros.

" Un joven periodista australiano trata de sobrevivir en Indonesia mientras navega por la agitación política del país, durante el gobierno del presidente Sukarno y lo consigue con la ayuda de un fotógrafo diminuto."

Había olvidado lo que es ocupar toda la pantalla, habitar en ella. Había olvidado lo que significa estar inmerso en un mundo en el que los personajes no solo viven toda clase de experiencias, sino toda una variedad de sensaciones que se encuentran simplemente a su disposición. Tan simple como sentir una corriente de aire o el calor abrasador.
Peter Weir, en esta que debe ser su mejor etapa profesional, me lo recuerda de nuevo. Esas imágenes de Yakarta, una verdadera selva de la humanidad llena de pasiones y de crueldad, el director las presenta desde un punto de vista en el relato que logra comunicarle al espectador nada más dos cuestiones innegables: alienación y miedo.
Cuando el par de personajes de piel blanca se aventuran a conocer el interior de los barrios bajos del lugar en donde la gente vive en completo hacinamiento, la miseria humana los atrapa para abrazarlos simplemente con los brazos flacos de la inmundicia. Y esto lo realiza no sólo con el propósito de documentar alguna opinión, ni tampoco en el nombre o por el bien de un discurso político, sino que lo estiliza para que se convierta en una experiencia destinada a agitar asuntos en el alma.
Esto también, en algún sentido, demuestra las limitaciones de Weir; es probable que para algunos dichas imágenes sean de mal gusto, incluyendo por supuesto aquellas que involucran a la aristocracia salvaje y a los enanos mágicos.
Con todo esto en mente, la película es una gran experiencia para mi, si se toma por ejemplo como si de un viaje espiritual se tratara. Sin embargo, si esto fuera cierto, la interrogante que aparecería es la siguiente: ¿un viaje, pero hacia donde?
Un enano es nuestro guía a través de este periplo, un ser omnipresente que parece estar creando la historia que estamos apreciando, una especie de avatar de la conciencia del cineasta. Él nos narra la llegada de nuestro protagonista, después le hace ver sus propios límites, ofreciéndole desde su locura, el deseo de una historia exclusiva.
En ese sentido, habría que destacar una conmovedora escena al inicio de la película, en la que exhibe las sombras de unos peculiares títeres que sostiene con sus manos ante una pantalla de tela, él le revela al periodista un principio fundamental del pensamiento budista: Como el deseo nubla el alma, de tal manera que la realidad se vuelve hueca.
Por supuesto, el relato no es perfecto, Peter Weir no es un director que alcanza profundidades que si consiguen otros realizadores. Nuestro héroe finalmente renuncia a la gran primicia para perseguir el amor, sin embargo no todo es tan sencillo como parece, el amor lo obtiene después de haber sido víctima de una violencia directamente perpetrada hacia su persona, en lugar de haberlo conquistado después de la realización personal que aparece después de haber experimentado toda clase de fantasías en la mente (tema que otros desmantelan brillantemente en sus cintas). Así que, después de sus desgracias, medio tumbado en una sucia cama en algún lugar en Yakarta, recuerda las sabias palabras sobre como el deseo deslumbra el alma, pero el hombre no se ha vuelto más sabio.
Él no renuncia voluntariamente a nada, es decir, ni siquiera si su preciosa grabadora (el instrumento mediante el cual registra el mundo, en busca de la verdad) le es arrebatada en el aeropuerto en el último momento, simplemente este hombre ha perdido todo lo que tenía por dentro, esencialmente ya no lleva cargando nada en su interior.
Tal vez esto sea el punto más alto de la creación de Weir, que ante el caos y la violencia que se mantiene por mucho tiempo y que les termina revelando lo insignificantes y diminutos que son, meros granos de arena en la playa cósmica, los personajes de la cinta de manera obstinada siguen siendo los mismos, tomando en cuenta dicha experiencia solamente como una emocionante aventura, una inocente escapada al interior del lado oscuro.
El clima refleja ese caos en las películas de Weir, actuando como un agente de fugacidad, a través del cual se muestra al mundo y al modo en que siempre se encuentra en movimiento y en un flujo constante del mismo. Pero a los personajes poco les importa todo eso, ansiosos por seguir sus deseos y anunciar sus extensos discursos carentes de significado. Es por ese motivo, que cuando de repente un aguacero tropical llueve sobre ellos, se ríen y juegan mientras terminan empapados.
El hecho de que insista de manera inequívoca en sumergir a sus personajes en esos mundos impenetrables que desafían la comprensión, en donde la única recompensa que existe es vislumbrar un pequeño instante del alma en peligro espiritual, significa que dicha visión es recompensa suficiente, porque para ese momento la realidad aparente se despega y nos permite una mirada en un enorme universo más allá de nuestra comprensión.

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