Distant Voices, Still Lives (1988)




Director: Terence Davies

Duración: 85 minutos

País: Reino Unido

Reparto: Freda Dowie, Pete Postlethwaite, Angela Walsh, Dean Williams, Lorraine Ashbourne, Sally Davies, Nathan Walsh, Susan Flanagan, Michael Starke, Vincent Maguire, Antonia Mallen, Debi Jones, Chris Darwin, Marie Jelliman, Andrew Schofield, entre otros.

" La acción se desarrolla en Liverpool en el seno de una familia obrera. El padre ha muerto y, delante del ataúd, su esposa y sus tres hijos empiezan a recordar el pasado. Reviven anécdotas insignificantes, pequeñas alegrías y episodios dolorosos."

Esta obra es un drama británico de los exquisitos, filmado con actores de primera categoría, como Pete Postlethwaite que está monumental, y que está realizado con esa manera única que tienen los cineastas ingleses de detallas historias cien por ciento emotivas sin hacerte sentir que te están manipulando para que te emociones de manera simple, como hacen algunas veces los enigmáticos italianos o algunos de los aburridos de los estadounidenses.
El título original no sólo es muy poético, sino que además resulta bastante descriptivo para lo que vamos a escuchar y a ver, lo cual es literalmente 'voces distantes y vidas tranquilas'. 
En la primera mitad de la película nos encontramos propiamente con la infancia de los protagonistas en la que entre otras cosas viven bajo el yugo de su autoritario padre, experimentan directamente los horrores de la guerra, padecen todas las carencias de la pobreza y sin embargo, ya desde ese momento, lo único que los pone de un humor alegre es cantar.
En la segunda mitad, cuando ya todos son adultos, se casan, tienen hijos y en general se dedican a vivir. En ese punto todos son bastante infelices ya que parecen vivir unas existencias que a la distancia se antojan sumamente aburridas e insatisfactorias. 
Por partes, la cinta es una auténtica obra de arte, con una buena cantidad de secuencias que se encuentran al borde de la perfección y una banda sonora que repasa casi todo lo mejor que ha dado la música inglesa antes de los años 50, tanto clásico como contemporáneo. 
La cinta tiene algunas virtudes: el uso de la música popular como acompañamiento y complemento de la historia, la abundancia en detalles con el fin de darle veracidad al relato, el ir y venir en el tiempo, que es el ritmo propio de la memoria, incluso de la vida.
Me doy cuenta como el director trata a sus personajes como sujetos reales, que entran y salen de la lógica que va construyendo el espectador, como si su vida continuara fuera de la imagen registrada por la cámara. Y también percibo que, construyendo de esa forma la película el director consigue que detrás de cada escena se vislumbren, acumulándose, los recuerdos, los sueños y esperanzas olvidados, el odio y el amor y el dolor fugaces. Toda la vida que ya ha sido vivida y que impulsa a los personajes y les provoca celebrar u olvidar, reír o llorar, acompañando la risa o el llanto muchas veces con el canto.
Aunque no, no es un musical en sentido estricto, es decir, no es que canten como parte de los diálogos, sino que cantan de verdad. Cantan en todo momento, desde melodías muy conocidas hasta lo que supongo que son cantos regionales, coplas tradicionales de su tierra. Y las letras de las canciones son algo así como: "Vi a mi tía Molly en el parque y tenía un sombrero rojo; los pájaros cantaban y la tía Molly estaba sentada en una banca."
Y claro, resulta extraño para esta parte del mundo. Porque nosotros somos más de letras con carácter jocoso y que muchas veces esta a punto de rebasar el limite de lo vulgar. Así que las historias de la tía Molly no resultan muy entretenidas, ni nada cercano a ello. Resulta un poco raro ver a la gente en una boda cantando esas cosas, pero más todavía cuando te las cantan en un funeral. Por lo menos, impacta.
Y lo que no parece alcanzar a comprenderse es por qué cantan tanto, porque entre melodía y melodía el padre de familia les brinda unas palizas de antología. Y luego, cuando se siente angustiado, contrario a lo esperado les pide que le canten algo. 
Como sea, lo relevante es que al observarla en muchos momentos me sentí como si visitara la última sala de un enorme museo. Estoy saturado de música, detalles y más que cualquier otra cosa de vidas que siento ajenas a mí. Y al final del camino encuentro un cristal sin puertas que me deja ver, pero no tocar. Ochenta minutos después, siento a esa familia más unida y real que al principio, pero tan distante como nunca.

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