Sunday Bloody Sunday (1971)



Director: John Schlesinger

Duración: 110 minutos

País: Reino Unido

Reparto: Peter Finch, Glenda Jackson, Murray Head, Peggy Ashcroft, Tony Britton, Maurice Denham, Bessie Love, Vivian Pickles, Frank Windsor, Thomas Baptiste, Richard Pearson, June Brown, Hannah Norbert, Harold Goldblatt, Marie Burke, entre otros.

" Alex Greville, una mujer de mediana edad, y el doctor Daniel Hirsh mantienen un romance por separado con la misma persona, el escultor Bob Elkin. Ambos lucharán por su amor."

Esta cinta resulta una clara imagen de los problemas e inquietudes en los que se vería sumida la cinematografía norteamericana en la década de los 70.
La asfixiante censura de los años previos, que empezaba a diluirse, y el comienzo de la denominada Revolución Sexual dieron de sí, entre otras obras, la genuina cinta de John Schlesinger. La problemática social cayó, en esta ocasión en un drama sexual de exquisitas proporciones, precedida por la impetuosa Midnight Cowboy que planteaba una sexualidad americana que ya comenzaba a abrirse.
Aunque ciertos cineastas y cierta parte de la audiencia se dieran cuenta de que la basura y los conflictos formaban parte de ellos mismos y de su sociedad, no quiere decir de ninguna manera que esta película sea una visión malintencionada y cruel de la homosexualidad. La mirada de Schlesinger es mucho más compleja que eso. No se nos habla de un homosexual atormentado ni de sus amores masculinos; se nos narra la triste historia de un hombre maduro confundido y de una mujer de mediana edad aún más confundida, ambos enamorados de un cautivador artista joven, un muchacho alrededor de los 20 años que llena las existencias de ambos de vitalidad, pasión y esperanza.
Por lo tanto, no se trata de un drama homosexual, ni heterosexual (aunque el aspecto sexual es importante) sino sencillamente, un drama humano. La falta de información, el tabú, el temor al rechazo, llevan a los dos protagonistas a una encrucijada que les provoca vivir en una terrible desesperación. Se aferran obsesivamente a una manzana recién engendrada y a su espíritu de amor por la vida y por vivir.
Ambos se vuelven a sentir jóvenes, abrazados dulcemente por todo aquello que ansiaron cuando ellos mismos tenían 20 años y que por distintas razones les fue negado.  
Y es que no todo se trata de mostrar esas relaciones formales, sociales, sexuales, sino de mostrar cómo viven íntimamente esas relaciones dichos personajes, especialmente Alex y Daniel. En ese sentido, el gran logro del director es no quedarse solo en la historia, sino de describirnos los sentimientos de los personajes. Sentimientos que una sociedad inglesa, con lo que tenía de hipócrita y falsa, son muy difíciles de mostrar a la luz para que los demás los conozcan. 
Es cierto que en aquella década Inglaterra estaba dando un gran cambio, de alguna manera influenciados por la libertad que los americanos siempre mostraban en sus relaciones, pero dada la edad de los protagonistas, la que suponemos ha sido su educación, es muy probable que resultara embarazoso demostrar a los otros sus afectos.
Así que ya son personas mayores, se acercan cada vez más al final, y contemplan asombrados la luz creciente de la nueva década, y quieren formar parte de ello. Esa ilusión cegadora se torna enfermedad. Nadie quiere compartir su tesoro, y mucho menos tratándose del manantial de la vida eterna. La triste solterona Alex y el solitario Daniel darán comienzo a una sutil batalla de propiedad, peleando por el único antídoto a sus vidas miserables, la delicada manzana llamada Bob Elkin.
La fría mirada del director a semejante drama humano quizá haya quedado un poco desfasada con los años, aunque es precisamente ese refinamiento en la forma la que genera que nos quedemos clavados en la red emocional que representan sus personajes.
No hay grandes peleas, gritos desgarradores, ni asesinatos embrollados con persecuciones por alguna ciudad, todo es más sutil, como una melancólica sonata de piano: dulce, pero triste. 
Los protagonistas se sumergen de lleno, seguramente, en los mejores y más fascinantes personajes de sus carreras, logrando un éxito artístico total. El guión, ágil y tremendamente inteligente, culmina a su vez en una dirección intuitiva y evocadora.
Lo que más me gusta de esta obra es ese ritmo perfecto, como si de una puntuación cinematográfica se tratara. Me refiero a como todo ocurre como si marcara las comas, y los puntos y seguido de una escena, y como utiliza la pantalla en negro como punto y aparte. Es una lección de relato cinematográfico. Muy simple, pero bien estructurado de forma que cualquier espectador puede seguir perfectamente la historia.
Un ejemplo de ese dominio del lenguaje cinematográfico nos lo ofrece el director en la ceremonia de la sinagoga y en la fiesta que se produce a continuación. Los planos están estudiados, el encuadre, el tiempo, la amplitud, la ambientación, prácticamente todo, de tal manera que parece que estamos en esa misma escena como verdaderos invitados a la celebración.
 Muchos dicen que se trata de una alegoría de la bisexualidad, contra la obligación de definirse, otros creen que es una metáfora del cambio drástico social y artístico que empezaba a transformar América. Personalmente, creo que esta cinta es eso y mucho más.

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